En su libro “La Civilización del Espectáculo” Mario Vargas Llosa ha criticado a una sociedad cada vez más preocupada de la imagen y menos de la libertad y de los valores de fondo que llevan a las personas a forjar sus proyectos de vida y vivir en países que progresan y conforman un mundo mejor. Lo superficial y lo entretenido prevalece sobre lo profundo; la búsqueda de lo bueno y lo bello se reemplaza por nuevos cánones en que prima lo masivo, lo que está de moda, e incluso un cierto feísmo.

Gabriel Boric llegó al poder en Chile a base de consignas, criticando la sociedad chilena, oponiéndose a sus instituciones, pero sin plantear soluciones a los problemas denunciados, sino solamente delineando una cierta ideología identitaria, cuyos ejes son el indigenismo, el feminismo y el decolonialismo. El problema es que, en su debut en el gobierno, con pocos días transcurridos, ha saltado inmediatamente una falencia de su proyecto: el esquema conceptual ha sido aplicado a una sociedad que es distinta a la que ellos imaginaron.

Ello los lleva a cometer errores. Tener como eje al indigenismo en un país que tiene un 10% de población indígena (Bolivia tiene más del 60%) es tolerable mientras la base de las políticas para ese sector sea simbólica y no signifique un desmedro evidente para el resto de la población. Pero sistemas de justicia distintos para los pueblos indígenas, con perjuicio para quienes no lo son, es otra cosa. Más aún si en la región de la Araucanía, asolada por grupos violentistas que mal usan la causa mapuche para lucrar en negocios ilícitos, la mayoría de la población rechaza las políticas de izquierda que representa el Frente Amplio.

Pero el choque más grande con el sentido de realidad ha sido pensar que las comunidades capturadas por los violentos iban a acoger a las nuevas autoridades, encabezadas por la ministra del Interior Izkia Siches, con los brazos abiertos. La recibieron con balas. Ellos no quieren al Estado presente en “sus” territorios, pues así puede continuar impunemente con sus negocios ilícitos, traficando droga, robando y matando. No se trata aquí de montar un espectáculo; se trata de gobernar y solucionar problemas. La pretensión de dialogar con ellos sin una estrategia y un plan es casi infantil.

Como infantiles son las respuestas de la vocera de gobierno, Camila Vallejo, quien reacciona a estos hechos diciendo que ocurren bajo un estado de excepción, para insinuar que esa podría ser la causa de la violencia. El problema, ministra, es que ustedes ahora gobiernan y si no les gusta el estado de excepción porque no calza en su molde teórico, deben proveer otra solución que permita a la ministra del Interior desplazarse por el territorio nacional sin ser recibida con balazos. Tampoco es explicación para retirar las querellas por ley de seguridad del Estado a los insurgentes decir que el saqueo no afecta la seguridad del Estado. La ministra del Interior no lo hace mejor diciendo que el incidente no alterará sus planes, entre ellos, atender a las demandas de presos políticos mapuche. No hay presos políticos mapuche, ministra, y es grave que lo asegure la autoridad encargada del orden público.

Otros ejemplos de esta falta de sentido de la realidad son agravios gratuitos e innecesarios. Ningún empresario invitado a la ceremonia del cambio de mando cuando se necesita confianza para que se siga invirtiendo. Reproche del presidente Boric al Rey de España porque habría llegado atrasado a la misma ceremonia, lo que obliga a la monarquía española a desmentirlo, señalando que siguieron en todo momento las instrucciones del protocolo chileno. Agravio del mismo presidente a los obispos Ezzati y Errázuriz, por supuesto encubrimiento de delitos de abuso a menores, sin que la justicia los haya procesado por ello; retiro de la invitación a colaborar con el gobierno en materia de campamentos al sacerdote Berríos, por ser amigo de Renato Poblete, acusado de abuso sexual y de poder.

Claro, ni los empresarios, ni la monarquía ni el clero son bienvenidos a la matriz identitaria que, siguiendo a los teóricos de la Universidad de Columbia o la vieja escuela de Frankfurt, han construido los nuevos gobernantes de Chile. Pero un mínimo sentido de realidad debiera llevarlos a reconocer que ellos existen y representan sensibilidades que en Chile y el mundo tienen seguidores y no es conveniente ni razonable cancelar. De no moderar sus impulsos de construir un país desde cero, las nuevas autoridades de Chile seguirán brindándonos un espectáculo en vez de gobernar; y lo que es peor, un espectáculo para niños.

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