Aunque a algunos les cuesta reconocerlo, las elecciones tienen consecuencias políticas. La del 4 de septiembre, por lo categórica y masiva, marcó un cambio relevante en el orden político (o la distribución del poder, si se quiere ponerlo más claro) en la sociedad chilena. Después de una semana de negación en que el Partido Comunista a través de Teillier y Vallejo tuvo el rol protagónico al sostener la absurda idea que el gobierno no cambiaría su programa, el presidente Boric emergió con sus frases sin contenido y una serie de actuaciones erráticas y caprichosas que no hablan bien de su futuro político.

En lo retórico, su afirmación de que hay que avanzar, con mucha decisión, con gradualidad, pero sin renunciar, refleja muy bien lo que tiene pensado: nada. La contradicción en los términos que contiene su frase supera a la ya conocida de Michelle Bachelet del “realismo sin renuncia” que sabemos en qué terminó: el fracaso de ese gobierno y el comienzo de una crisis institucional. 

A esto se agregan actitudes incomprensibles, cuando no infantiles, como la negativa a recibir las cartas credenciales del embajador de Israel; su calificación de la parada militar como “acto de subordinación del poder militar a la sociedad civil”; su acusación, en el foro de las Naciones Unidas, al gobierno de Piñera de violar los derechos humanos durante el estallido; y el montaje coreográfico de un homenaje a Salvador Allende iniciado en la ONU y continuado en otros actos en su visita a New York. Si alguien cree en las invocaciones a la humildad de Boric y en su frase vacía de que “nadie puede sentirse derrotado cuando el pueblo se pronuncia”, tiene en estas actuaciones un categórico mentís. Su insistencia en dividir a los chilenos en torno a hechos ocurridos hace cincuenta años significa que no entendió nada de lo que ocurrió el 4 de septiembre de 2022 y de lo que realmente preocupa a los chilenos. Ello augura que en el futuro próximo él puede ser parte del problema y no de la solución.

El poder, como la energía, no desaparece, sino cambia de lugar o se transforma. El que ha perdido la coalición Apruebo Dignidad se ha desplazado a quienes hicieron una apuesta más certera de lo que ocurriría el 4 de septiembre. Han ganado la moderación, el sentido común y el respeto a las tradiciones que conforman la nación chilena. También una nueva ilusión: “queremos una nueva constitución, pero no esta”, afirmaba la franja televisiva del Rechazo.

Una nueva oportunidad para la política, pero con la nueva correlación de fuerzas que mandata la elección con más votantes en la historia de Chile. La pretensión de Boric, antidemocrática, de que un triunfo del Rechazo llevaría a sucesivas convenciones, conformadas de la misma forma que la primera, a proponer nuevos textos es ahora impronunciable. Lo único mandatorio es proponer al país un nuevo texto que debe ser ratificado por un plebiscito. Lo demás está entregado a una negociación que está radicada fundamentalmente en el Congreso y las fuerzas políticas emergentes y que, por una cuestión de realismo y eficacia política, debiera reflejar lo más fielmente posible la expresión de la ciudadanía el 4 de septiembre.

¿Convención elegida, de expertos o mixta? Ninguna tiene un derecho preferente. Los políticos deben intentar reflejar las preferencias de la población en cuanto a la forma, que están disponibles, conciliándolas con consideraciones prácticas como el tamaño de una eventual convención. También definir los “bordes” a la propuesta, acerca de los cuales hay encuestas que revelan preferencias. ¿Alguien se atreverá a sugerir la inclusión de la plurinacionalidad? El PC quizás, pero las reglas no las pueden imponer los perdedores. ¿Los tiempos y las urgencias? El Servel ha expresado algunas opiniones técnicas a considerar, los partidos, alcaldes y parlamentarios tendrán otras. La prudencia indica que no debe haber pies forzados ni menos fechas simbólicas que traten de obtener ventajas, poniendo en riesgo la prolijidad del proceso; pero que tampoco es conveniente prolongarlo mucho hasta minar la credibilidad en la real voluntad de cambiar la constitución por una que nos una (en ese sentido debe evaluarse la conveniencia de un nuevo plebiscito de entrada). Todo ello deberá realizarse sin paralizar al gobierno ni al Congreso, que tienen otras tareas importantes que realizar en beneficio de la ciudadanía.

El gobierno parece carecer de las competencias y convicciones para dirigir este proceso. La clase política tiene una nueva oportunidad para proponer una constitución, que si repite las desmesuras de la anterior por ignorar el sentido del 4 de septiembre, fracasará. Las expresiones más moderadas deben prevalecer; los chilenos ya expresaron su sano escepticismo respecto a lo que debe contener una nueva constitución. Gabriel Boric, a quien le gusta tanto evocar a Salvador Allende, debe ponderar el riesgo que significa quedarse con el fracaso político que Allende encarnó, sin salvar siquiera la dignidad por la apostura que al final demostró.

*Luis Larraín es economista.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta