La elección en que los chilenos, por una clara mayoría -del orden de 10% de los votos- y una alta participación, decidieron elegir a Gabriel Boric como presidente de la república ha sido calificada por moros y cristianos como la más importante desde la vuelta a la democracia. La diferencia estuvo en la connotación que las fuerzas políticas en disputa dieron a la elección.

Los ganadores vieron en ella una oportunidad para dejar atrás, mediante una refundación del Estado, un período de alta conflictividad social y retroceso económico que se aceleró a partir de octubre de 2019, pero que venía gestándose ya desde mediados de la década pasada y que ellos, equivocadamente, atribuyeron a los últimos 30 años.

Quienes perdieron, en cambio, pretendían que la reforma de un par de cuestiones centrales -a saber, la inusual violencia que campeaba en nuestras calles y el evidente deterioro de la economía que estaba afectando fuertemente a los hogares- era la receta para salir del estado de malestar que cundía en nuestra sociedad. La votación demuestra que ello fue insuficiente y que la promesa de cambio no convenció al electorado en la magnitud necesaria para ganar.

Con todo, el desafío para la sociedad chilena y el próximo gobierno a partir de ahora es formidable y el camino, difícil. La economía se ha debilitado fuertemente, pero además las altas expectativas de la población requieren un gobierno con un programa de transformaciones certeras y efectivas, y ese programa no existe. Hay consenso entre los especialistas en que la candidatura de Gabriel Boric no fue capaz de elaborar una propuesta económica viable y que, con su programa, Chile arriesga el comienzo de un ciclo de decadencia aún más fuerte de nuestra economía.

Lo que queda por verse, entonces, es cómo va a enfrentar Gabriel Boric la difícil responsabilidad de gobernar Chile. Ello porque, pese a su clara victoria, el espíritu del 18 de octubre, que llegó a tener una mayoría de 78% en el país cuando se realizó el plebiscito para la convención constituyente, retrocedió fuertemente producto de sus propios excesos y de la violencia que instaló en el país; como también del sentido común que introdujo la candidatura de José Antonio Kast. La insensatez mostrada por buena parte de los convencionales contribuyó también a este cambio y lo cierto es que hoy el país está dividido en dos bloques, uno más grande que el otro es verdad, pero ambos muy significativos y será difícil gobernar pasando la aplanadora al 45% de los votantes que se inclinaron por el candidato de la derecha, y en cerca de un tercio de las regiones del país.

Esta circunstancia aconseja al presidente electo no insistir en la refundación, pues ello nos haría continuar con la espiral de polarización y desencuentro entre los chilenos y de desconfianza entre los inversionistas. El Boric que ganó es el de la segunda vuelta y si él quiere ser fiel a la voz de la gente debiera intentar reformar el país en la dirección de eliminar privilegios, como es su declarada intención; pero sobre la base de acuerdos con quienes representan a los que en tan importante número han discrepado de él. Ese es el proyecto posible para Boric y el que legítimamente debiera tratar de llevar adelante, con la colaboración leal de la oposición cuando se trate de resolver problemas graves de los chilenos (sin que ésta deba renunciar a su derecho a proponer variaciones a las propuestas gubernamentales con el sentido de lograr mejores soluciones). El proyecto posible de Boric requiere de su parte un gran liderazgo para resistir las presiones de los más afiebrados, de aquellos que desean la muerte de Kast y Piñera o que creen que es importante quemar un microbús, o incluso todo el reino. Tendrá que moderar también las pretensiones de muchos convencionales que van contra el sentido común imperante en la segunda vuelta, si quiere colaborar al éxito del cambio en la Constitución.

José Antonio Kast, con su alta votación, se ha ganado una opción para liderar a la derecha. Pero ese Kast no es tampoco el de las posiciones valóricas que desvalorizan opciones personales diferentes a las suyas, sino aquel que se mostró dispuesto a tolerar que las personas lleven adelante distintos proyectos de vida.

Los partidos de Chile Vamos, por su parte, deben a Kast parte de su favorable resultado en las elecciones parlamentarias, y deben reconocerlo. Pareciera estar quedando atrás la era de Lavín y Piñera en la derecha, que logró, en su momento, aumentar la votación del sector, pero causó un perjuicio a las ideas de la libertad y el orden por su excesiva claudicación, en los dichos y los hechos, ante los avances de la izquierda que interrumpieron el progreso del país e incluso pusieron en riesgo nuestra democracia. No es por supuesto éste un liderazgo fácil, pues no consiste simplemente en atrincherarse en la derecha, sino que intentar atraer a más votantes del centro y, amparado en el respaldo popular, ganarse un lugar en la discusión pública que sea reconocido incluso por sus adversarios. Algo difícil de conseguir que requiere generosidad en la derecha, aunque no imposible; pues la ciudadanía finalmente debió elegir entre dos opciones moderadas y quien sea fiel a ese espíritu lleva las de ganar en el futuro.

La responsabilidad cívica exige algún grado de optimismo, aún en la derrota. En nuestro caso, creemos que el Boric de la segunda vuelta, que se parece más a los vilipendiados 30 años que al líder revolucionario de la primera vuelta, tiene una oportunidad de sacar al país del ambiente tóxico de los últimos años si interpreta bien a la gente. No serán tiempos fáciles para nuestro país, pero todos debemos intentar hacerlos más soportables.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta