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Publicado el 11 de octubre, 2018

Luis Larraín: Bolsonaro y la incredulidad progresista

Economista Luis Larraín
Mientras el progresismo no respete más a las personas, a sus creencias y a sus temores, continuará perdiendo terreno. La descalificación de sus adversarios y el intento de delimitar lo que es correcto pensar o decir han sido malos negocios para ellos.
Luis Larraín Economista
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Ciertamente hay factores locales en la gran votación de Bolsonaro en Brasil. La corrupción del PT y el desprestigio de la clase política llevaron a los votantes de ese país a apoyar a un candidato con el discurso más políticamente incorrecto que se haya visto, que le llevó a denostar a homosexuales, a negros, a mujeres, y pese a eso obtener una gran votación.

 

Pero éste no es un fenómeno aislado; Trump fue ya un aperitivo indigesto para el mundo “progre”. Italia, Polonia, Austria, Dinamarca, Hungría son países donde grupos de derecha obtienen altas votaciones con discursos políticamente incorrectos, racistas, xenófobos y homofóbicos en distintas dosis. Honestamente, algunos en la izquierda progresista han empezado a preguntarse por esta tendencia y a formularse la pregunta: ¿qué hicimos mal?

 

En su rabia contra el Presidente de los Estados Unidos, esos medios -y en general los “liberals” o progresistas de ese país- no se percatan que cada vez que lo atacan o lo ridiculizan, hacen lo propio con cerca de la mitad de los votantes de ese país.

 

Creo que uno de los factores principales que explican estas votaciones es el profundo desprecio que el progresismo, incluyo en el concepto no sólo a partidos políticos sino a parte de la prensa, muestra hacia la gente y sus legítimas preocupaciones e inquietudes. Estoy convencido que ese desprecio fue un factor decisivo para la victoria de Trump, y capaz que logre la hazaña de reelegirlo. Los principales medios de prensa se disputan el liderazgo de los ataques y denuncias contra Trump, haciéndole el juego a su estrategia de victimización frente a los medios. En su rabia contra el Presidente de los Estados Unidos, esos medios -y en general los “liberals” o progresistas de ese país- no se percatan que cada vez que lo atacan o lo ridiculizan, hacen lo propio con cerca de la mitad de los votantes de ese país.

 

No quiero decir que Trump no dé muchas veces motivo para esos ataques, simplemente constato un hecho. Un populista necesita un enemigo, imaginario o real, a quien echarle la culpa de los problemas de la gente. Pueden ser los inmigrantes, las importaciones desde China, los medios de comunicación o Washington. No importa mucho si ese enemigo es de verdad responsable de las penurias de la gente, lo importante es lo que la gente crea. En Brasil, Bolsonaro tiene como enemigos a los políticos, al PT, a quienes se oponen a una acción más decidida contra los delincuentes y también a la prensa. Sus votantes no pueden ser todos homofóbicos, racistas o misóginos, y si la prensa y sus adversarios políticos los motejan de esa forma, no harán más que facilitarle la tarea de ser elegido Presidente de Brasil por el mismo efecto “desprecio” que hizo ganar a Trump. Es cierto también que la crisis de paradigma de la izquierda empieza a pesar: ¿qué ofrecen como alternativa? Una razón más para que el progresismo sea un poco más humilde.

 

La gente está aburrida de que la califiquen de xenófoba cuando manifiesta una legítima inquietud frente a flujos desbordados de inmigrantes.

 

El hastío frente al discurso políticamente correcto está también empezando a jugar un rol. La gente está aburrida de que la califiquen de xenófoba cuando manifiesta una legítima inquietud frente a flujos desbordados de inmigrantes. Muchos rechazan el apelativo de misóginos porque no se rinden a la pretensión del feminismo radical de agachar la cerviz frente a cada una de sus exageradas demandas o porque están en contra del aborto. Hay muchos progresistas que tildan de fascista a cualquiera que no piense como ellos. 

 

En una reseña publicada hace poco en El Líbero, el académico Juan Carlos Infante se refiere al libro del intelectual liberal americano Mark Lilla, quien hace una despiadada autocrítica a la actuación del progresismo en las últimas décadas, que explicaría parte de este desapego de la gente con ellos. Dice Lilla que esto responde a un giro de hace un par de décadas en que se planteó que la acción política liberal no debía hacerse ya por la justicia y la solidaridad traducida en la defensa de los trabajadores, sino a partir de reivindicaciones de justicia basadas en la identidad (diferenciada) de algunos sectores de la sociedad tales como feministas, grupos de la diversidad sexual, pueblos originarios, entre otros. Esta política de identidad ha llevado a una cultura de protesta y acción a través de campañas, marchas y otras manifestaciones que debilitan las formas institucionales de acción política. Los demócratas en los Estados Unidos han sido incapaces de ganar elecciones. Así, la política de identidad se asemejaría más a una religión que a la política que busca conquistar el poder.

 

Creo que la crítica es muy válida y agregaría que esta acción política va acompañada de una suerte de catecismo “progre” que, amparado en una supuesta y auto atribuida superioridad moral, pretende prescribir los límites de lo que es correcto pensar o decir y desata tormentas de descalificación por redes sociales o medios de comunicación contra cualquiera que ose transgredir esos límites. Cada vez que algún “progre” califica de fascista a alguien que no piensa como él (y que puede estar en las antípodas del pensamiento de Mussolini), mueren varios votos para la izquierda liberal. Las universidades son, paradojalmente, el centro neurálgico de la corrección política y de la censura a la libertad de expresión.

 

Quisiera, por último, resaltar el rol que juega la institucionalidad de los derechos humanos en este fenómeno. Es muy claro en Chile que el Instituto Nacional de Derechos Humanos se inscribe perfectamente en esta desviación que advierte Lilla. El INDH tiene clientes, que no son todos los chilenos sino quienes pertenecen a los grupos identitarios de la agenda progresista. Así, ante un crimen tan deleznable como el del matrimonio Luchsinger – Mackay, dos ancianos que fueron quemados vivos por un grupo de comuneros, el abogado del INDH se sienta del lado de los inculpados para reclamar por actuaciones del tribunal que a su juicio lesionan los derechos de los imputados, porque ellos pertenecen a la etnia mapuche. Quienes supuestamente defienden los derechos humanos también, aquí y en otras latitudes, incluyen dentro de esos derechos el derecho al aborto, prescindiendo por completo que en ese tema está involucrada otra vida, ciertamente más vulnerable que la de la mujer que la lleva en su vientre.

 

Mientras el progresismo no respete más a las personas, a sus creencias y a sus temores, continuará perdiendo terreno. La descalificación de sus adversarios y el intento de delimitar lo que es correcto pensar o decir han sido malos negocios para ellos. Si de verdad la izquierda está buscando razones para explicar lo que está pasando, debiera atender a estas hipótesis.

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