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Publicado el 18 de marzo, 2019

Luis Felipe Sauvalle: ¿Las estamos matando?

Licenciado en Historia Luis Felipe Sauvalle

Temo que de facto el feminismo se propone renegar primero y aborrecer después al género que está llamado a ser su contraparte. Esta maniobra la lleva a cabo blandiendo los mismos estereotipos que se dice proscribir: los roles de género, la existencia características y comportamientos inherentes a cada género al margen de los comportamientos adquiridos, la sexualidad como una categoría en vez de un continuo. En última instancia el feminismo no se trata de erradicar la jerarquía en vigor, sino de invertirla.

Luis Felipe Sauvalle Licenciado en Historia
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Durante buena parte de los dos últimos siglos la noción de la historia como progreso marcó el pensar de las élites ilustradas. En su Fenomenología del espíritu, Hegel identificó el motivo de la historia como el de la conquista de la libertad. Sin embargo, el movimiento feminista proclama que lo que estaría en vigor en occidente sería una jerarquía patriarcal opresiva (y no mucho más que eso). Vista a través de la lente que el feminismo impone, la historia sería la conquista de la libertad por parte de los hombres a expensas de las mujeres. Ya en la Atenas del siglo V a.C. un grupo de hombres habría intentado perpetuar por la vía institucional su dominación de género. En esta pugna el hombre sería un explotador, de la misma manera que la mujer sería una explotada. Este antagonismo, aunque real en apariencia, es falaz, y enmarca los términos del debate de una manera imprecisa, e incluso nociva.

Sabemos que el feminismo ha llegado con ganas de cambiarlo todo («alerta machista, qué todo el territorio se vuelva feminista», exigía uno de los gritos de la marcha del pasado 8 de marzo). Lo masculino, cargado de agresividad, entrañaría un elemento tóxico, elemento que -a medida que se permeen las fronteras tradicionales entre lo masculino y lo femenino- se iría disolviendo. Tal como decía una conocida humorista en su breve paso por el Festival de la Canción de Viña del Mar, los hombres habrían pasado de moda. Da para preguntarse, ¿es así realmente?

Recordemos que esas ansias de abarcarlo todo mediante discursos épicos son más propias de regímenes totalitarios (e.g., el Estalinismo) que de las democracias representativas. La voz de la mayoría no debe ahogar a las minorías; incluso si quienes propugnan las distintas variantes del feminismo constituyeron una mayoría, ello no implicaría que cooptaran al resto. Un elemento de imitación está presente en este afán de totalidad. La identidad individual no sería más que un derivado de la identidad grupal, la que no se construye, sino que se adopta, por la mera adscripción, es decir, imitación. El sujeto es colectivo, permeable, ofrece respuestas simples, light, fáciles de entender e incorporar.

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Pese a que los estudios de género carecen de una ontología y de una metodologías propias, que les permita establecerse como disciplina, una gran cantidad de universidades en Francia y en Norteamérica han enarbolado sus banderas, brindándole un barniz de respetabilidad intelectual. Las escuelas de antropología han saltado a la palestra, ofreciendo una marcada división cualitativa en distintos tipos de ordenamiento social: serían las sociedades patriarcales primitivas, compuestas de cazadores, quienes habrían conducido los primeros sacrificios humanos, cosa que no ocurría en las sociedades matriarcales primitivas, sustentadas en el cultivo de la tierra, con su culto a la fertilidad. Así las cosas, las manos del hombre estarían manchadas de sangre desde tiempos primordiales, desde que el hombre de las cavernas se halló frente al altar sacrificial.

Las escuelas de letras también han decidido militar: todo suma, desde la búsqueda de reivindicar la presencia de autoras en el canon literario, o de personajes femeninos dentro de las obras; hasta la –ya destemplada– deconstrucción de la literatura. Ya no se trataría de leer por gusto o por afán de conocimiento, sino de leer para desnudar las relaciones de poder vigentes. Con ello la crítica busca simplemente encontrar las “infracciones” cometidas voluntaria o involuntariamente por el autor, infracciones que en mayor o menor grado contribuirían a perpetuar y vigorizar la estructura patriarcal. Quien incurra en este pecado debe expurgar sus males mediante lapidación intelectual.

El fenómeno no es nuevo. Ya a fines del siglo XIX Henry James advertía –con una sonrisa en los labios– de los riesgos que una radicalización feminista acarrearía para la literatura, en particular para la novela. Esta última, debido a sus características –la existencia de personajes, su subsecuente toma de posición– sería la primera en ser puesta en entredicho. James describía así la miopía feminista: “era heroica; era sublime; la historia moral completa de Boston estaba reflejada en sus gafas desplazadas”.

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En los último años esta batahola no está confinada a las aulas, sino que se ha transformado en un verdadero fenómeno de masas, que disfraza carencias de otra índole. La problemática de la postmodernidad –con el exitismo, el culto a la imagen, el destierro de la identidad individual, la elección de la cáscara por sobre la sustancia– está inextricablemente ligada al feminismo como fenómeno de masas. Dado que la postmodernidad rechaza la idea de un eje conductor, no hay centro (donde ubicar al sujeto) ni periferia donde ubicar lo accesorio. El ideal renacentista al que tanto le debemos ha caído en el descrédito: el ser humano ya no es la medida de todas las cosas. Tal como en los gremios medievales, prima la identidad corporativa a la que se llega por adscripción (antes eran los hilanderos, los cerrajeros, los costureros; hoy son los animalistas, los indignados, los ciclistas furibundos). La búsqueda de identidad ha quedado obsoleta: las respuestas están dadas. Tenemos por ejemplo la ya mencionada identidad por adscripción a las grandes causas, cuyas banderas son fáciles de blandir; reivindicaciones de clase, de raza, de opción sexual, o de género: esta última las incluiría a todas.

De la mano de las redes sociales esta situación de perpetua crispación (aunque cambiante en su foco) solo puede recrudecer. Borges habló de la “eternidad del instante” para describir a un bicho atrapado en la contingencia, y bien podría aplicarse a las y los autómatas de manos sudorosas que suben millones de fotos día a día, que se comparten en Instagram y Facebook las banderas de su tribu, reciben, consumen y reenvían las ideas en boga sin cuestionárselo demasiado, a la velocidad de un tuit: el mundo surgió ayer y se termina mañana. No existe la pausa ni la reflexión profunda. Este es caldo de cultivo para la irrupción de discursos de ambición totalitaria de fácil adscripción como el que nos convoca.

Temo que de facto el feminismo se propone renegar primero y aborrecer después al género que está llamado a ser su contraparte. Gran parte de los carteles de la marcha interpelaban directamente al género masculino: “[Los hombres] nos están matando”, por poner un ejemplo. Esta maniobra la lleva a cabo blandiendo los mismos estereotipos que se dice proscribir: los roles de género, la existencia características y comportamientos inherentes a cada género al margen de los comportamientos adquiridos, la sexualidad como una categoría en vez de un continuo. En última instancia el feminismo no se trata de erradicar la jerarquía en vigor, sino de invertirla. En tiempos revueltos como los nuestros reflexiones como esta, intuitivas y que por lo evidentes no requieren ser sustentadas en andamiajes teóricos, hacen caer al mensajero en el descredito, si bien ante un grupo reducido, pero vociferante.

Estamos ante un movimiento que promete liberar al individuo de las cadenas que la superestructura social le impone, pero que en la realidad solo termina por acrecentar su crispación, su ansiedad, y la desconfianza hacia sus pares de una u otra manera.

FOTO: HANS SCOTT/AGENCIAUNO

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