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Publicado el 13 de agosto, 2018

Luis Conejeros: El programa en el closet

Periodista Luis Conejeros

El análisis político del cambio de gabinete no ha tenido mucha novedad. Los gobiernistas lo consideran correcto y ajustado. Los opositores, insuficiente.

Luis Conejeros Periodista
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Agota esta política en que todo lo mío es bueno y todo lo del otro malo. Los gobiernistas encuentran que Carolina Schmidt es lo mejor, Marcela Cubillos la que más sabe de educación. Para los otros, Schmidt es pro empresa y contra el medio ambiente, Cubillos no es del sector educación y votó contra la ley antidiscriminación. El caso del nuevo ministro de las Culturas, Mauricio Rojas, merece ser dejado fuera del análisis. Los efectos de sus inaceptables declaraciones sobre el Museo de la Memoria y el supuesto “montaje” sobre el atropello de los derechos humanos en dictadura merecen un extenso comentario por separado. La rectificación parece no ser suficiente.

Hubo sin duda errores no forzados que motivaron el cambio. Los más públicos y evidentes, los del ex ministro Varela, reconocidos por él mismo. Más reservados, los problemas de gestión de la ex ministra Pérez. No son los únicos y por eso la oposición pide más sangre y se pregunta si otros ministros llegan a fin de año.

El gobierno no saca completamente del closet su real ideario de derecha y circula sin definirse con claridad entre la agenda de su programa de gobierno y la agenda de la calle y los medios.

Más en el fondo, hay dos factores que desataron esta pequeña crisis y que no se resuelven con el cambio en tres carteras sectoriales. El primero es que el Presidente Piñera tiene más vocación de mayoría que su sector. El segundo, consecuencia del anterior, es que el gobierno no saca completamente del closet su real ideario de derecha y circula sin definirse con claridad entre la agenda de su programa de gobierno y la agenda de la calle y los medios.

Es evidente que los cuadros político-técnicos del gobierno, los partidos y los parlamentarios de la coalición se sienten a gusto cuando hablan de seguridad ciudadana, proponen endurecer penas y bajar la edad de responsabilidad penal. También cuando proponen proyectos para aumentar la empleabilidad juvenil dando más flexibilidad al trabajo (que para el progresismo es sinónimo de desprotección). A la derecha le gusta el “comando jungla”, quiere más recursos para el Sename, más teletrabajo y goza con penalizar a los grafiteros.

Sin embargo, fuera de libreto (como diría Les Luthiers) el gobierno abraza causas como la agenda de género, las mesas de diálogo en la Araucanía, la inclusión de los pueblos originarios, el ministro de Salud anuncia que le pondrá “el cascabel al gato de las Isapres” y Educación se compromete a implementar y ampliar la gratuidad de Bachelet. Son señales de conquista a una calle que es esquiva para la derecha, pero que pareciera ser una mayoría social que podríamos denominar progresista.

Hay un ruido innegable en la comunicación tanto hacia los partidarios como los opositores. Unos no se explican por qué su gobierno no les habla a ellos y los otros no le creen cuando quiere hablar hacia quienes se consideran la mayoría.

El problema es que en esa dinámica el gobierno aparece como no creíble, o al menos sobreactuado, para partidarios y opositores al mismo tiempo. Mientras para el gobierno anterior su programa era la biblia, da la impresión que el gobierno actual rescata el suyo sólo un par de veces por semana. Le recorre una sensación sonrojada cuando de ciñe a él. Hay algo que no cuaja. Un ejemplo lo otorga el Ministro de Hacienda, que no logra tener una versión para el “ajuste” tributario. Otro es el Ministro de Desarrollo Social, que va una semana al mes a dialogar en la Araucanía pero en Santiago no recibe a los funcionarios del FOSIS que llevan más de 10 días en paro.

Al Presidente se le ve cómodo intentando ser ejemplo de una centro derecha popular, una que hace rondas policiales al mismo tiempo que cuestiona con dureza a los obispos católicos. Sin embargo su gobierno claramente no tiene el mismo “juego de piernas”. Está subyacente una visión más conservadora sobre la forma correcta de abordar los problemas del país, una visión que después de la elección quedó escondida en el closet. Hay un ruido innegable en la comunicación tanto hacia los partidarios como los opositores. Unos no se explican por qué su gobierno no les habla a ellos y los otros no le creen cuando quiere hablar hacia quienes se consideran la mayoría.

FOTO:MARIO DAVILA HERNANDEZ/AGENCIAUNO

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