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Publicado el 18 de septiembre, 2017

Los mercenarios digitales asaltan al electorado

Consultor de empresas Osvaldo Schaerer
Los rituales que definen a la democracia están en peligro. Esta vez el asalto viene desde las redes sociales.
Osvaldo Schaerer Consultor de empresas
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Facebook acaba de reconocer en una declaración oficial al Congreso de los Estados Unidos que un total de 470 usuarios registrados invirtieron cien mil dólares en comprar cerca de tres mil avisos promocionados con contenido político. Estaban destinados a amplificar las divisiones sociales y políticas de los norteamericanos, en plena campaña electoral por la Presidencia el año pasado. Lo singular de estos 470 usuarios es que sus perfiles se han rastreado hasta la agencia rusa Internet Research Agency, conocida por emplear miles de cuentas falsas en Twitter y Facebook para generar contenidos favorables a las políticas del Kremlin. Su objetivo: crear la ilusión de que ciertos contenidos gozan del respaldo masivo de la población o, alternativamente, que determinados personajes o ideas son completamente aborrecidos por la opinión pública.

Estos 470 mercenarios digitales son los que fue posible identificar. No cabe duda de que donde exista una elección, habrá otros varios miles de combatientes digitales encubiertos, operando en los campos de batalla por las ideas y emociones. La Comunidad Europea tiene abierta una investigación sobre el mismo tipo de influencia ejercida por cuentas de Facebook y Twitter en el referendo en que sorprendentemente ganó el Brexit.

Sin duda puedo afirmar que “el genio ya salió de la botella”. Cualquiera con dinero disponible puede planificar y ejecutar este tipo de influencia sobre el electorado. Con mínimos recursos y con cualquier intención. El receptor estará probablemente indefenso para utilizar su sentido crítico al evaluar cada mensaje recibido, que bien puede haber sido diseñado solamente para él.

En unas semanas más Chile tendrá una elección importante, del Presidente y Poder Legislativo, un ritual imperdible para que ataquen estos mercenarios. Hasta junio de 2017 había 12,3 millones de usuarios chilenos mayores de 13 años registrados en Facebook. De éstos, el 75% se encuentra en el rango etario de 18 a 44 años. Es muy probable que el resultado de esta próxima elección se decida por la intención de voto de estos mismos ciudadanos. Los menores de 18 no votan; los mayores de 44 ya no cambian de opinión política.

Esto no debería sorprender a nadie. Cualquiera puede crear cuentas en la red social y desde ahí contratar publicidad o contenido patrocinado. Esa es una de las principales razones del impresionante crecimiento de Facebook, que durante el año pasado recaudó cerca de veintiocho mil millones de dólares solamente por este concepto.

Lo relevante de este reconocimiento oficial de Facebook no es la confirmación que desde otro país se ejerció una sustancial influencia en el resultado de la pasada elección presidencial norteamericana. Lo más preocupante es que, en todos los países, cualquiera que tenga acceso a recursos técnicos y económicos puede intentar hacer lo mismo, en forma simple, directa y legal.

Es importante reconocer que los mecanismos de la publicidad comercial no pueden ser aplicados en forma idéntica a las elecciones. Un atributo esencial de la propaganda política es que debe ser transparente, su naturaleza política debe ser obvia. Todos deben poder identificar que se trata de avisos políticos y quién los emite. Este requisito es fundamental en varios países occidentales, en los cuales la ley obliga a los candidatos a aprobar personalmente cada mensaje y hacerse responsables por su contenido.

Nada de esto es aplicable a Twitter, Facebook o Instagram. Un usuario interesado en hacer promoción puede generar micro campañas dirigidas con “filo de navaja” a ciertas audiencias identificadas como especialmente influenciables, entregando mensajes que tienen una corta vida y que posteriormente son prácticamente imposibles de rastrear y analizar.

Estas acciones constituyen un asalto masivo sobre uno de los pilares de la democracia. No es posible descartar que el clima de desconfianza sobre el sistema político y sus representantes sea un fenómeno que, aunque tenga precursores legítimos, esté fuertemente estimulado por estos intereses no auditables ni visibles.

 

Osvaldo Schaerer de la Vega, consultor

 

 

PRODUCCION: SANDRO BAEZA/AGENCIAUNO

 

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