¿Tendremos asegurado el pan para los meses venideros en nuestro país?, ¿dispondremos de adecuado suministro energético? Son dos preguntas muy angustiantes y ante las cuales nadie tiene respuestas convincentes debido a los sucesos en Ucrania. Sólo alguien muy ideologizado, o naïve, podría oponerse al planteamiento que la seguridad energética y la seguridad alimentaria son los dos nuevos grandes ejes de los asuntos políticos, sociales y económicos en todo el planeta. 

Por lo mismo, siempre es bueno recordar, que, paralelo a grandes convulsiones -como, por ejemplo, esta guerra, o una emergencia sanitaria mundial tipo Covid 19 o una disputa de carácter global como la tecnológica chino/estadounidense-, los recursos naturales protagonizan todos los temas. Se toman la agenda, diría un periodista, mientras que los especialistas en estudios prospectivos se refugiarían en uno de sus conceptos centrales, el factor belígeno

Una catástrofe alimentario-energética

Este se desprende de la irrupción casi simultánea de los dos tipos de inseguridad a escala global. Y en el caso particular de Chile, esta simbiosis adquiere características algo ígneas. Quizás suene exagerado, o excesivamente alegórico, pero, así como bruscamente Finlandia desapareció del horizonte chileno en octubre de 2019 para ser reemplazado por Bolivia, estas agobiantes perspectivas en los planos energético y alimentario bien pueden llevar al país a compartir zozobras parecidas a países mucho más pobres. 

La inseguridad alimentaria significa una disminución de la disponibilidad física de alimentos, así como una reducción del acceso económico (producto de la inflación, y otros), además de una inestabilidad en las cadenas de suministro. Por su lado, la inseguridad energética tiene que ver con la incapacidad de un Estado para cubrir la demanda con recursos propios, sea por la vía de la explotación de yacimientos fósiles o instalaciones de energías renovables no convencionales o bien adquiriéndola de países productores. La guerra en Ucrania intersecta ambas. 

El factor belígena de este caso es descrito por Scott Reynolds en Oceans of Grain como una catástrofe alimentario-energética, producto de las grandes sequías e incendios que afectaron a Rusia estos dos últimos años y que llevaron a Ucrania a disputarle la supremacía mundial en materia agrícola, negándose a crear un cártel de granos, como deseaba Putin. La hipótesis de Reynolds es que estamos frente a una guerra climática indirecta. De paso, recuerda que la estrechez alimentaria fue un gran factor belígeno en las revoluciones francesa y rusa.

1.400 millones de personas afectadas

Teniendo a mano estas conjeturas, se puede asumir que la excesiva preocupación por los coletazos humanitarios de la guerra en Ucrania suele dejar al margen el impacto de cuatro asuntos relevantes. Primero, la fuerte dependencia mundial de los fertilizantes rusos. Segundo, que los puertos ucranianos están bloqueados y retienen 25 millones de toneladas de cereales, cuyo no ingreso al mercado mundial provocarán una fuerte inflación. Tercero, que India ha realizado compras masivas de granos para tener stock ante inminentes emergencias. Cuarto, que, por las razones señaladas, la ONU ha cifrado en 1.400 millones el número de personas potencialmente afectadas.

En esta misma línea de razonamiento, también se tira al baúl de los recuerdos que el elemento explicativo central de esa chispa que encendió la primavera árabe fue el alza de precios de productos agrícolas. Y ocurrió cuando un joven se quemó a lo bonzo en Túnez al ser incapaz de seguir viviendo de la venta de frutas y verduras.

¿Qué pasa con Chile?

Varios de estos sombríos pronósticos en materia agrícola fueron analizados in extenso en la última cumbre de Davos, ante lo cual resulta pertinente especular acerca de cómo reaccionará esta angosta franja (de “loca geografía”), que, como sabemos, se encuentra pronta a ser desguazada en 11 entidades autónomas, añadiendo sombrías incógnitas a su devenir. ¿Dispondrán estas entidades autónomas de mecanismos adecuados para abordar las coordenadas de los nuevos imperativos que han surgido, tanto en el entorno regional como en el que emana de las grandes confrontaciones globales? No hay que ser un nostálgico del Chile previo a 2019 para adivinar espesa neblina en los nuevos enfoques que se anuncian.

Escasa claridad también se observa en cuestiones energéticas. Pareciera no haber interés en constatar el carácter estructural de los problemas nacionales. Por ejemplo, que Chile nunca ha poseído cantidades importantes de petróleo o gas, y que parte muy medular -casi condición sine qua non– de los avances registrados en las últimas décadas radica en el carácter globalizado de su economía. ¿Cómo congeniará el nuevo impulso estatizador y de proliferación autonómica con esa realidad tan poderosa en los asuntos internacionales y que S. Waltz resumió en su su clásica sentencia: globalization is shaped by markets, not by governments?

Las tendencias globales en materia energética se ven más que preocupantes. Como se sabe, Rusia es uno de los principales productores de petróleo, gas y carbón del mundo, y que ya le cortó el suministro de gas a Francia, Finlandia, Dinamarca, Polonia y Holanda, así como el 50% a Italia. En Europa ya se asumió que el ducto NordStream se va a cerrar en los meses venideros debido al carácter geopolítico de la disputa en Ucrania. Un dato irrefutable de los impactos tipo bolas de billar es la imposibilidad de la Siemens, por ejemplo, de culminar el mantenimiento técnico a las turbinas, ejecutado en Canadá (y que deben volver a instalarse en territorio ruso), producto de las sanciones. España y Argelia, a su vez, han iniciado un entrevero energético que sólo cabezas muy frías podrían detener. Eso también está impactando de manera negativa en los precios internacionales. Como se ve, todo el tema energético se ha convertido en un mini juego de dominó con un revoltijo de intereses vengativos, cuyo desenlace es demasiado imprevisible. Mirado desde Chile, debería ser primordial no olvidar que el desconocimiento de los compromisos adquiridos puede ser muy nocivo.

Los gobiernos anteriores ya vivieron en carne propia lo que significa imprevisibilidad en materia de aseguramiento de suministro de gas y de precios. Esos elocuentes gestos de amistad con la administración Menem, y la esperanza de que se respetarían los acuerdos, llevaron al país a depender de manera desmedida del gas argentino. Las discusiones que vive hoy Alemania recuerdan indefectiblemente la cruda realidad vivida en este rincón del mundo, donde bastó un cambio de gobierno y un giro sustantivo en las prioridades domésticas de Buenos Aires para provocar una emergencia nunca imaginada. 

Por lo tanto, parecería obvio suponer que el nuevo acuerdo energético que se intenta con Buenos Aires tiene en consideración aquella amarga experiencia. Se habrá asumido que el pasado no es un simple relato, sino una aproximación histórica al servicio de la política y la economía, y que la historia es un elemento auxiliar de interpretación de la realidad.

Estas disquisiciones obligan a pensar en las cualidades deseables en los grandes tomadores de decisión en momentos sumamente complejos e inciertos, con tantos factores belígenos. Kissinger citaba al presidente Bush padre en este sentido. Su ejemplo, dice, demuestra que a veces son más deseables aquellos gobernantes “administradores” y no grandes “innovadores”. Los primeros -advierte- suelen ser más diestros que los segundos en el manejo de las cuestiones con alta carga belígena, como son hoy la energía y la agricultura. Los “administradores”, en cambio, aunque grises y a veces demasiado sobrios, ayudan a que las cosas (“the vision thing”) fluyan por cauces conocidos. Los “innovadores” gustan demasiado de las aventuras. 

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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