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Publicado el 24 de junio, 2017

Los cantos de sirena y el PNUD

Aún falta mucho para alcanzar los niveles de la OCDE, pero Chile ha tenido avances considerables en progreso y bienestar, según el PNUD, “tanto en términos absolutos como en comparación con el resto de los países de América Latina”.
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En los últimos treinta años, Chile ha mejorado de manera notoria en diversos índices de progreso social. Esto, que en muchos casos parece ser negado por algunos, ha sido ratificado por el reciente informe del Programa de Naciones Unidas para el desarrollo (PNUD), el cual sostiene que “para cualquier observador informado, es innegable el enorme desarrollo que Chile ha logrado impulsar en las últimas décadas”.

Esto no ha sido azaroso, sino que se explica en gran parte por la estabilidad política y la mayor libertad económica de nuestro país. Por ejemplo, entre 1985 y 2013, el crecimiento económico de Chile fue en promedio de 5,4% anual, mientras que el resto de América latina lo hizo a tasas del 3,1%. Asimismo, el Banco Mundial destaca que Chile ha aumentado en 543,5% su ingreso per cápita desde 1990 a la actualidad. Estos hechos han contribuido directamente en los indicadores de bienestar de las personas. Entre ellos destaca la salud, donde los chilenos hemos ganado 7,8 años de esperanza de vida entre 1990 y 2015, de 72,7 a 80,5 años. Es decir, la mayor esperanza de vida de Latinoamérica y la segunda del continente, sólo por detrás de Canadá (82,2 años). En otras palabras, y contrario a lo que Beatriz Sánchez plantea de manera irresponsable, un bajo el crecimiento económico sí tiene consecuencias negativas en la vida de las personas, sin importar si son ricas o pobres.

En materia de pobreza, por ejemplo, el PNUD muestra que siete de cada 10 chilenos vivían en situación de pobreza en 1990, mientras que en 2015 la cifra bajó a dos de cada 10. Del mismo modo, datos de la OCDE señalan que la desigualdad de ingresos ha disminuido de 0,521 en 1990 a 0,456 en 2016, según el índice Gini, donde 0 es perfecta igualdad y 1 perfecta desigualdad. Mientras que el PNUD revela que entre los años 2000 y 2015 “los ingresos del decil 1 crecieron en un 145% real, mientras que los del decil 10 lo hicieron en 30%, por lo tanto la desigualdad entre ambos grupos disminuyó”. Considerando que el decil 1 es el más pobre y el 10 es el más rico, es claro que las brechas han disminuido.

El director del Instituto de Economía de la Universidad Católica de Chile, Claudio Sapelli, en su estudio “Chile más equitativo”, patrocinado por FPP en 2016, muestra que de los nacidos en 1950, cuatro de cada 10 terminaron el colegio; en tanto, ocho de cada 10 chilenos nacidos en 1985 terminaron el colegio, llegando al promedio de los países desarrollados. El acceso a educación superior se quintuplicó entre 1990 y 2015, hasta alcanzar 1.150.000 estudiantes. La Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (Casen) demuestra que el alza en el acceso a la educación superior se concentró en los jóvenes de estratos medios y bajos: “En el quintil inferior de ingresos aumentó más de ocho veces, de 4,7% a 42,3%, y en los quintiles 2 y 3 se multiplicó entre cuatro y siete veces.”

Estas mejoras no sólo son de acceso, sino que también en calidad. Así lo demuestra la medición de competencias lectoras del Informe Pisa de la OCDE, donde en 2001 sólo el 48,2% de los estudiantes alcanzaba los mínimos requeridos, mientras que en 2012 la cifra llegó al 68%. Al respecto, el PNUD reafirma que “Chile obtiene el segundo lugar en América Latina después de Costa Rica, y se ubica a considerable distancia de varios países de la región”.

Finalmente, la encuesta PNUD-DES 2016 consultó a los trabajadores chilenos “si el sueldo que recibían cubría sus necesidades”. Luego de una estratificación por nivel socioeconómico y diferenciado por categorías ocupacionales, el informe concluye que “casi un 90% de los trabajadores de las clases medias altas y un 83% de los trabajadores de las clases medias declaran que el ingreso total de su hogar “les alcanza bien” o “les alcanza justo”. Lo mismo ocurre a un 58% de los trabajadores de las clases medias bajas y un 47% de las clases bajas. Por tanto, mejorar la calidad del empleo sin ir en desmedro del crecimiento económico debería ser el enfoque para seguir mejorando las condiciones de vida de los chilenos.

En ese sentido, es un hecho indiscutible que aún falta mucho para alcanzar los niveles del promedio de la OCDE en varias materias, pero también es innegable —y la evidencia así lo demuestra— que Chile ha tenido avances considerables en progreso y bienestar, según el PNUD, “tanto en términos absolutos como en comparación con el resto de los países de América Latina”. Este progreso, que implica “la capacidad de solución para los problemas humanos”, está determinado por instituciones orientadas a la “creación incentivos y oportunidades para promover la energía, creatividad y el espíritu empresarial de la sociedad”, tal como lo explica el economista Daron Acemoglu. Esto se debe tomar en cuenta, sobre todo en época de elecciones, cuando surgen diversos cantos de sirena, marcados por el populismo y la demagogia de algunos políticos que en sus campañas y propuestas, por ignorancia o conveniencia, plantean medidas políticas y económicas de manera irresponsable.

Dado que la evidencia muestra que las nuevas generaciones de chilenos son cada vez más educadas, más ricas y más iguales que antes, ¿qué debemos hacer para continuar la senda del progreso? Deberíamos recordar las palabras de Milton Friedman, premio Nobel de economía, quien solía decir que en “las únicas sociedades que han sido capaces de crear una prosperidad relativa ampliamente extendida han sido aquéllas que han confiado principalmente en los mercados capitalistas”.

 

Víctor Espinosa, asistente de Investigación de Fundación para el Progreso

 

 

FOTO: HANS VON MARTTENS/AGENCIAUNO

 

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