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Publicado el 2 marzo, 2021

Alejandro San Francisco: Los 90 años de Mijaíl Gorbachov

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Un día como hoy, pero de 1931, nació uno de los grandes líderes del siglo XX. El mismo que gradualmente llevó a cabo reformas en una desgastada Unión Soviética, las que terminaron por poner fin a la era comunista y a la Guerra Fría.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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El 2 de marzo de 1931 nació Mijaíl Gorbachov, durante la férrea dictadura comunista de Stalin, en años marcados por la reforma en el campo –que significó millones de muertes– y la consolidación de la Revolución de Octubre de 1917. Con el tiempo, se convertiría en militante comunista, líder de la Unión Soviética a partir de 1985 e impulsor de los mayores cambios en el régimen desde su fundación.

En breve plazo, el nuevo gobernante del Kremlin inició un proceso de reformas que pronto se convertiría en el comienzo del fin del régimen comunista, en la década final de la Guerra Fría y ante la incomprensión o rechazo de muchos de sus camaradas que no estaban abiertos a cambios como los que representaban la Perestroika y la Glasnost, que significaron una verdadera revolución en el anquilosado sistema de la Unión Soviética.

El gran biógrafo del líder soviético, William Taubman, ha afirmado que “la clave del final de la Guerra Fría es Gorbachov, no Reagan” (entrevista en revista Letras Libres, 9 de noviembre de 2018). Sin duda puede parecer exagerado, así como resulta claro que se conjugaron una serie de factores para terminar con el conflicto que tuvo al mundo en vilo durante décadas. De lo que no caben dudas es que una de las dos grandes potencias mundiales del conflicto experimentó un cambio decisivo en la década de 1980, que esa transformación fue liderada por Gorbachov y que sin ella no habría existido ni el fin del comunismo ni el término de la Guerra Fría tal como los conocemos, aunque los problemas internos de la Unión Soviética vinieran desde antes.

Al cumplir 90 años de vida, vale la pena recordar la figura de Mijaíl Gorbachov, uno de los hombres más importantes del siglo XX.

La formación y el ascenso de un comunista

 Los Gorbachov eran una familia campesina de Stávropol (al suroeste de Rusia), donde nació el pequeño Mijaíl, quien durante sus primeros años colaboraba con su padre en el trabajo en el campo y pasó varios veranos ayudando con la operación de una cosechadora. Paralelamente empezó a destacar en los estudios y “comenzó a identificar el éxito en la vida con la lectura y la reflexión, y también con desplegar sus dotes de mando”, como señala William Taubman en Gorbachov. Vida y época (Barcelona, Debate, 2018), una completa y documentada biografía sobre el líder soviético.

A los 18 años vivió uno de los momentos decisivos de toda su existencia. Después de haber participado en la Komsomol –la organización de la juventud del Partido Comunista de la URSS– decidió pedir la militancia comunista, el 5 de junio de 1950. Para ello escribió una sentida nota: “Sería para mí un gran honor ser miembro del Partido Comunista de los Bolcheviques, una organización que está a la vanguardia, auténticamente revolucionaria. Prometo, por una parte, ser fiel a la causa de Lenin y de Stalin, y dedicar mi vida entera a la lucha del partido en pro del comunismo”. En apoyo a su postulación, la directora de su instituto se refería a él como uno de los mejores alumnos, así como lo calificaba de “moralmente sólido e ideológicamente firme”. El comité local de la Komsomol agregaba que tenía buena formación política: es decir, entendía de manera correcta la política del partido que habían liderado Lenin y Stalin.

Por esos días se trasladó a estudiar Derecho a Moscú, donde aparte de aprender la carrera, conoció a dos personas que fueron determinantes para su vida: Zdeněk Mlynář, futuro ideólogo de la Primavera de Praga, y Raisa Titarienko, quien se convertiría en su mujer. En esos años, además, se produjo un momento decisivo en la historia de la Unión Soviética, cuando falleció el dictador José Stalin, a comienzos de 1953: Gorbachov hizo fila toda la noche para rendirle un último homenaje. Tres años después se realizó el famoso XX Congreso del Partido Comunista de la URSS, en el cual Nikita Kruschev pronunció su discurso de “autocrítica”, que en realidad era de distanciamiento del antiguo jerarca, en la llamada desestalinización.

En cuanto a sus estudios, la Universidad de Moscú, imbuida en una “atmósfera [que] estaba saturada de ideología”, tenía con una enseñanza que parecía un “lavado de cerebros jóvenes” y donde los estudiantes y profesores vivían “bajo una estricta vigilancia”,  como recordaría el entonces joven alumno de la prestigiosa casa de estudios. Entonces era muy esforzado y dedicaba largas horas a la lectura y el aprendizaje, como recordaba un compañero: “Estudiaba, leía, hacía todo lo que estuviera en su mano para ponerse al mismo nivel que los moscovitas” (citado en Taubman, Gorbachov). No era el mejor alumno de su clase, pero sí se distinguía, además de tener cualidades para el teatro; en materia política era más un hombre práctico que un teórico.

Sus primeras destinaciones partidistas fueron en Stávropol, donde continuó su ascendente carrera. En 1971 llegó al Comité Central del PCUS, y regresó posteriormente a Moscú, una gran distinción para un hombre joven en un país entonces gobernado por Leonid Brezhnev. En 1978 fue elegido secretario de Agricultura del Comité Central y dos años después se produjo su ingreso al Politburó, es decir, al máximo organismo de gobierno del Partido. Gorbachov era el miembro más joven del órgano: para entonces tenía 49 años. A fines de 1982 recibió uno de los consejos más importantes, de parte de Consejo de Yuri Andrópov (había sido director de la KGB, y luego el líder de la Unión Soviética que sucedió a Brezhnev, estando durante 15 meses en el cargo, hasta febrero de 1984): “Mijaíl, no se restrinja usted solo a la agricultura. Intente impregnarse de todos los ámbitos de la política. Actúe como si pudiera llegar alguna vez una época en que deberá usted asumir toda la responsabilidad. Hablo en serio”. Gorbachov, casi en la cumbre del poder, no olvidaría el consejo.

La hora del poder y la Perestroika

Para llegar a lo más alto del Partido Comunista de la Unión Soviética, en el caso de Gorbachov se sumaron dos circunstancias. La primera fue la sucesión de liderazgos gastados y ancianos –una verdadera gerontocracia– en la Unión Soviética, líderes sucesivos que fallecieron al poco tiempo de gobernar. La segunda fue la irrupción del propio Gorbachov como una de las figuras principales del PC, que le permitía ser considerado para asumir el liderazgo máximo de la superpotencia comunista.

Tiene razón Tony Judt cuando describe a Mijaíl como un aparatchik, reformista pero no radical, que había compartido los sentimientos de los comunistas de su generación: “le habían afectado y perturbado enormemente las revelaciones de 1956, pero después le habían defraudado los errores de la era Jruschov y decepcionado la represión y la inercia de las posteriores décadas de Brezhnev” (Posguerra. Una historia de Europa desde 1945, Madrid, Taurus, 2012, 7ª edición).

Si bien Mijaíl tenía ambiciones personales, en 1985 no sabía si asumir todavía porque no estaba seguro de su preparación para liderar la Unión Soviética. Por otra parte, también quería realizar cambios importantes, por lo cual no estaba dispuesto a ostentar un cargo si iba a estar amarrado a la hora de realizar un programa reformista. Sin embargo, el 11 de marzo de 1985 se alinearon las voces a su favor dentro del Politburó, como declararon muchos dirigentes: Gromiko dijo que tenía una “energía creativa sin límites”; Ponomariov certificó que tenía una “profunda comprensión de la teoría marxista-leninista”; Sheverdnadze afirmaba que era “humilde, modesto y responsable”; mientras otros valoraban que había ido creciendo como figura política (Rízhkov), que era un hombre con “hache mayúscula” (Rusakov) y que era la voz del pueblo (Chebrikov) (las referencias en Taubman, Gorbachov). Sin disidencias, fue elegido: en sus primeras palabras, rápidamente hizo un llamado a la unidad, reafirmó la necesidad de una política leninista y señaló que la sociedad requería mayor dinamismo. El Comité Central lo confirmó como Secretario General, con lo que se iniciaba una nueva era en la Unión Soviética.

“No podemos seguir viviendo así”, le había manifestado a Raisa antes de ser elegido, lo que ilustraba su visión sobre un régimen gastado, que no crecía económicamente y en el cual sus promesas distaban mucho de la realidad cotidiana de los millones de habitantes del imperio. Entre sus ideas destacaba la necesidad de cambios, ser más activos en política exterior, la necesidad de volver a Lenin (el tema estaría presente en muchos de sus discursos), así como una cierta ética del poder y de la sociedad (que incluía la lucha contra el alcoholismo y la corrupción). A esto se sumaba un nuevo estilo político, más directo, cercano y abierto, que tendría repercusiones políticas. Y, por cierto, estaba el factor generacional, que significaría una ruptura menos traumática con el pasado y un claro mayor dinamismo en la acción gubernativa.

El gobierno de Gorbachov tuvo algunas claves que lo distinguieron y lo condujeron al lugar más alto de la política mundial. Desde luego, un lugar preponderante lo ocupa la política internacional, con prioridad por Estados Unidos –dirigido entonces por Ronald Reagan– y del desarme nuclear. Adicionalmente tuvo una vinculación especial con países de Europa Occidental y sus líderes, como la británica Margaret Thatcher, el español Felipe González, el francés François Mitterrand y el alemán Helmut Kohl. Por el contrario, demostró escasa preocupación por Europa Oriental y los países del Pacto de Varsovia, acuerdo impulsado por la URSS décadas atrás.

Sin embargo, las reformas más importantes se dieron en el ámbito interno, en los cambios que comenzaron dentro del régimen comunista y que tuvieron consecuencias para la política mundial. No cabe duda que un momento decisivo fue el XXVII Congreso del PC, que se realizó entre el 25 de febrero y el 6 de marzo de 1986. El discurso de Gorbachov fue extenso, e incluía una reivindicación del marxismo leninismo, un llamado a detener el avance militar y las repetidas críticas al capitalismo y la organización de las sociedades occidentales, frente a la superioridad del comunismo. Sin embargo, también había importantes autocríticas, muy inusuales en la trayectoria del PC soviético: era necesario trabajar de un modo nuevo, había que hacer una guerra al burocratismo y realizar mejores métodos de planificación. En la misma línea se inscribía la ampliación de la publicidad y otras reflexiones muchas veces crípticas o ambiguas (al respecto ver Informe político del Comité Central del PCUS al XXVII Congreso del partido, Suplemento N° 3 de la revista URSS, marzo de 1986).

Sin embargo, estaba comenzando el gran cambio en la Unión Soviética, como reconocería posteriormente su líder. Según Taubman, el secretario general comenzó a ocupar los conceptos Perestroika (reestructuración) y Glasnost (apertura y transparencia) a partir de 1985, aunque sin desarrollarlos. No obstante el propio Gorbachov reconocería tiempo después que los congresos del PC son “hitos de nuestro camino” y que en el caso del XXVII Congreso había sido un encuentro “valiente”, donde se había hablado “sobre las deficiencias, errores y dificultades”, si bien no habían sido capaces de “comprender plenamente el carácter y alcance espectacular del proceso que se estaba gestando” (en su libro Perestroika. Nuevas ideas para nuestro país y el mundo, Buenos Aires, EMECE, 1987).

Gorbachov tenía una noción de cambio gradual, porque consideraba que “el revolucionarismo conduce al caos”. Sin embargo, a medida que comenzó sus reformas, los hechos se precipitaron de una manera incontrolable y ciertamente no en la línea definida por los comunistas en sus distintas instancias. En la práctica la “irreversibilidad de la perestroika” no condujo a la consolidación del socialismo soviético, sino que fue exactamente al revés. La Unión Soviética avanzó hacia una democratización progresiva (entendida en términos occidentales) y, de manera mucho más lenta, hacia cierta apertura económica (a diferencia de lo que había ocurrido en China y que se consolidaría con posterioridad a Gorbachov). Paralelamente se dio una renovación interna en el Partido Comunista, una importante apertura cultural, reivindicación de perseguidos políticos y apertura de archivos y de información histórica. Como suele ocurrir en personajes de estas posiciones y de esta envergadura, lo acusaban de ir demasiado lento o demasiado rápido, pero el cambio se había iniciado y no tendría vuelta atrás: las siete décadas de la Revolución de Octubre tendrían un sabor no de consolidación del proyecto iniciado por Lenin y continuado por Stalin, sino de una nueva historia comenzada precisamente por Gorbachov y que tenía el futuro abierto.

En esos años hubo problemas importantes y de gran repercusión internacional, que no lograron resolverse de manera adecuada al interior de la URSS. Uno de ellos fue el escándalo nuclear en Chernóbil (1986), que tuvo consecuencias tremendas sobre la calidad de vida de las personas y que estuvo rodeada del oscurantismo informativo tradicional de los soviéticos. Otro factor se dio en el plano internacional, con la caída de los socialismo reales en Europa Oriental –en forma escalonada– que tuvo como hito más resonante la caída del Muro de Berlín: de esta manera, terminaban las décadas del Pacto de Varsovia y de dominio incontrastable de la Unión Soviética sobre diversas naciones. El tercer caso fue el problema de las nacionalidades al interior de la Unión Soviética, que se pospuso sin que el régimen tuviera la capacidad de enfrentarlo en su mérito: las autoridades de la URSS parecían estar convencidas que después de varias décadas se había creado una suerte de solidaridad dentro del mundo comunista, con lo cual los problemas atávicos del nacionalismo que rodeaba a Rusia estaría superado: 1991 demostró que no era así y que en tanto se resquebrajó el poder central de inmediato irrumpieron con fuerza numerosos poderes locales que a los pocos meses serían nuevos países, surgidos a partir de la desmembración de la Unión Soviética.

A esto se pueden añadir otras dificultades que acompañaban no solo a Gorbachov, sino que también al Partido Comunista y a la Unión Soviética en general. Entre ellos pueden inscribirse la definición del sentido de las reformas que se estaban llevando a cabo, el ritmo del cambio, así como la relación con el PC y la vieja guardia (lucha contra los conservadores): esto último sería decisivo en la caída de Gorbachov en 1991. Asimismo, se han planteado otros problemas relevantes, incluso contradicciones: ¿la Perestroika era para salvar el comunismo o para matar el comunismo? Quizá fue un proceso, nacido con el primer objetivo y que progresivamente se inclinó hacia la descomposición del régimen ¿Fue un comunista convencido, un demócrata, un traidor o se convirtió en diferentes cosas a la vez? Con seguridad fue evolucionando, desde el comunismo al que había adherido en su juventud, hasta una fórmula propia de las democracias occidentales; desde el estatismo propio del régimen soviético hacia un sistema de mercado que se impuso en el mundo a fines de siglo. Tenía razón la vieja guardia que lo percibía como un traidor, y también sus admiradores en Occidente por los aires de libertad que trajo en el mundo al este de la Cortina de Hierro.

Así resumiría su posición poco después de dejar el poder: “Allí donde no existen las libertades cívicas y políticas, y se implantan los métodos de gestión totalitarios y autoritarios, tarde o temprano se caerá en el estancamiento económico y social. Sin duda, aquí también actúa el feedback: el progreso económico favorece el nacimiento y la consolidación de las formas democráticas y la garantía de los derechos del hombre, uno de los cuales es el derecho a una existencia digna” (“No hay reformadores felices”, en Mijaíl Gorbachov, Memorias de los años decisivos (1985-1991), Madrid, Acento Editorial, 1993). Esta forma de pensar sería sobreviniente, no estaba presente al asumir el cargo, y la mantendría en las décadas siguientes.

El dramático fin de una experiencia política

En 1989 y 1990 Gorbachov convocó a elecciones que, sin ser propiamente democráticas, demostraban un avance parcial en la política soviética. Con todo, el país se encontraba convulsionado, resquebrajado y viviendo una evidente crisis institucional. En el plano internacional, había promovido políticas de desarme con las administraciones norteamericanas de Ronald Reagan y de George Bush (este último había asumido en enero de 1989).

En 1990 Gorbachov recibió el Premio Nobel de la Paz “por el papel protagónico que desempeñó en los cambios radicales en las relaciones Este-Oeste”. Aclamado en el exterior, fue nuevamente criticado e incomprendido en su propio país. Muchos lo consideraron entonces el hombre más importante de la Europa de su tiempo, y una de las figuras políticas más relevantes de todo el siglo XX. En sus palabras preparadas para la recepción del Premio Nobel –que no fue a recibir en persona y que presentó con posterioridad– el gobernante soviético expresó con firmeza: “Hace tiempo tomé una decisión definitiva e irrevocable. Nada, nadie ni ninguna presión, ya sea desde la derecha o la izquierda, me harán abandonar las posturas de la perestroika y el nuevo pensamiento. No pretendo cambiar mi visión ni mis convicciones. Mi elección es definitiva”. Sin perjuicio de ello, la situación había comenzado a cambiar en su país, y así como la transición de la Unión Soviética no tendría vuelta atrás, tampoco lo tendría la devaluación política interna del propio gobernante de una potencia comunista en descomposición.

El último año de Gorbachov en el poder fue complejo, contradictorio y penoso en muchos sentidos. Después de intentos de golpes de Estado –en especial el de agosto de 1991–, divisiones internas en la Unión Soviética y procesos de segregación de algunas repúblicas, además de una visible pérdida de liderazgo político y manejo de la situación, Gorbachov decidió alejarse del poder. Era un momento en que faltaba la lealtad dentro del propio sistema que dirigía, Boris Yeltsin había emergido como líder de Rusia y competía con Gorbachov en poder y lo superaba en popularidad, mientras los éxitos externos no lograban borrar la pérdida de poder interno del líder de la URSS. Si bien no utilizó la palabra renuncia, en la práctica era un alejamiento del poder que mostraba las contradicciones de uno de los hombres más poderosos del mundo, pero que tenía gran oposición interna. Así lo expresó en su discurso televisado del 25 de diciembre: “Dada la situación creada con la formación de la Comunidad de los Estados Independientes, ceso mi actividad como presidente de la Unión Soviética. Tomo esta decisión por consideraciones de principio. Se ha impuesto la línea de la desmembración del país y de la desunión del Estado, lo cual no puedo aceptar. Además, estoy convencido de que resoluciones de tal envergadura deberían haberse tomado basándose en la voluntad expresa del pueblo (es decir, un referéndum). El destino quiso que cuando me vi al frente del Estado ya estuviera claro que nuestro país estaba enfermo. Hoy estoy convencido de la razón histórica de los cambios iniciados en 1985. Hemos acabado con la Guerra Fría, se ha detenido la carrera armamentista y la demente militarización del país, que había deformado nuestra economía, nuestra conciencia social y nuestra moral. Nos abrimos al mundo y nos ha respondido con confianza, solidaridad y respeto”.

Despedida y legado

El fin de la era Gorbachov fue triste, aunque fue más sentido en el extranjero que dentro de los países de la antigua Unión Soviética. De hecho, la participación política posterior del hombre de la Perestroika no tuvo los resultados y el apoyo que él habría esperado.

Desde luego, mantuvo disputas bastante habituales con Boris Yeltsin, su sucesor, y tiempo después con Vladimir Putin, a quien apoyó en un primer momento. Su aventura presidencial de 1996 terminó con una clara derrota electoral como candidato independiente, cuando obtuvo apenas el 0,5% de los votos, siendo superado por seis candidatos, obteniendo el apoyo mayoritario Boris Yeltsin, con el 35,8% (triunfador también en segunda vuelta). Tampoco le fue bien en su esfuerzo por organizar un Partido Social Demócrata en Rusia, siguiendo las fórmulas vigentes en Europa Occidental.

En otro plano, dedicó gran parte de su acción a lo que fue conocida como la Fundación Gorbachov, cuyo nombre real era Fundación Internacional de Estudios Socioeconómicos y Políticos. La institución tenía un gran prestigio en diferentes continentes, basado principalmente en la presencia de Gorbachov, quien pronunciaba conferencias, organizaba foros y reunía grandes figuras de la política mundial. En los países que visitaba, generalmente era recibido con reconocimiento y aplausos, por haber permitido que su país transitara desde el totalitarismo hacia la libertad, si bien las contradicciones posteriores mostrarían que el problema no estaba resuelto en su totalidad.

Un par de años después de haber dejado el poder, el otrora líder soviético se refirió a dos preguntas de carácter personal, que resumen en buena medida las contradicciones de su tiempo histórico. La primera era si había cambiado mucho como hombre y político después de años de grandes pruebas y trabajo intenso. La respuesta es ciertamente positiva, y en parte cambiaba “al ritmo de la perestroika y del país”. La segunda pregunta era más íntima, y se refería a si se consideraba un hombre feliz y realizado. Si bien afirmaba que había tenido suerte, agregaba que debió trabajar muchas veces al límite de la desesperación, concluyendo con cierta resignación: “no sé de reformadores felices” (“No hay reformadores felices”, en Memoria de los años decisivos).

Gorbachov cambió la historia, aunque no lo hizo solo él. Antes que las personas, fue la vitalidad de las democracias y las economías libres las que demostraron una fuerza superior a su alternativa durante la Guerra Fría: el comunismo. Las ideas del mundo comunista, el marxismo-leninismo –que en algún minuto pareció representar el futuro de la Humanidad– ciertamente decayeron y en los años sesenta demostraron que debían mantener a sus pueblos cercados por murallas “de contención” (en Berlín) o bajo la amenaza de tanques (en Praga). Con todo, no cabe duda que en los años 80 hubo personas que también estuvieron dispuestas a desempeñar un papel histórico decisivo, a cambiar el curso de la historia, a liderar procesos por caminos distintos a los recorridos hasta entonces: Thatcher, Reagan y Juan Pablo II son claros ejemplos al respecto. En esa pléyade Mijaíl Gorbachov emerge con luces propia, inscribió su nombre en la historia, con los claroscuros de su personalidad, las dificultades para comprender la evolución política que él mismo había provocado y cierta incapacidad para crear el mundo nuevo después de la destrucción del comunismo que había tenido siete décadas de vida en uno de los experimentos más notables y dramáticos del siglo XX.

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