El acuerdo constitucional alcanzado esta semana hizo a muchos celebrar y a otros tantos lamentarse. Lo cierto es que hay varias interpretaciones de este acuerdo. No hay un consenso  claro, ya que las opciones de resultados son variables y poco certeras. 

Para poder entender esta doble reacción hay que comprender cuáles son las reales razones para hacer una nueva Constitución, las que ciertamente no son las mismas en todos los sectores.

Si somos honestos Chile no necesitaba una nueva Constitución objetivamente -el texto existente funcionaba y dio certeza jurídica por mucho tiempo y permitió el crecimiento país. Es cierto que el relato instalado convenció a muchos que era absolutamente imperante un nuevo texto constitucional para mejorar y avanzar como país. La izquierda radical odia el texto ya que éste representa su fracaso en el haber perdido el poder tras haberlo logrado democráticamente.

No pudieron instalar la revolución que supuestamente era algo que científicamente solo podía avanzar. El fracaso económico e institucional del gobierno de Salvador Allende llevó al quiebre institucional del país y al golpe militar. El nuevo régimen para reconstruir el país creó una base institucional nueva, que les guste o no, sirvió para levantar al país y permitirle cambiar de la pobreza al modelo de progreso. Es por esto que la extrema izquierda ve en este texto su fracaso y la piedra de tope para avanzar en la transformación del modelo económico, “terminar con el neoliberalismo” y con eso cambiar la sociedad.

Ellos buscan refundar. Quieren resetear al país y llevarlo hacia un nuevo camino. Buscan un texto parecido a lo presentado por la “delirante convención constitucional”. Este sector nunca ha sido democrático, sino que se sirve de la democracia para lograr su objetivo y no quieren simplemente una nueva Constitución, sino “su Constitución”, la que les sirve para instalar su estado socialista totalitario.

Por otra parte la izquierda democrática y el centro quiere un nuevo texto para terminar con la “Constitución de Pinochet” y así saldar este capítulo de  división de Chile, cosa que es imposible ya que la izquierda ultra, nunca cederá sino hasta lograr lo que ellos quieren. La derecha por su parte quiere que les dejen de identificar como “pinochetistas”, por lo que está dispuesta a renunciar a sus propias creencias. 

Teniendo esto en cuenta, hay que comprender que son “las ovejas y el lobo” los que negocian, cosa que evidentemente tiene un peligro mortal, ya que el lobo aunque se disfrace de oveja, es lobo. La posibilidad de que se quiera comer a las ovejas son totales y certeras. Las ovejas están tranquilas ya que aseguran se “garantizaron los bordes” que impedirán replicar la convención 1.0. Esta convención  o como quieran llamarle, será moderada y logrará una “nueva y mejor constitución”.

Lo cierto es que ya se ve que eso no será así, a un día de la firma del acuerdo, Comunes, uno de los firmantes del acuerdo, considera extremos los bordes y anuncia querer extenderlos, es decir derribarlos en la medida de lo posible. Tras esto anuncian que hay cosas no zanjadas que deberán verse en el debate legislativo. Buscan “bypasear” lo establecido. El resto de los partidos firmantes instan a cumplir la palabra. 

Ciertamente los bordes ayudan a imaginar un nuevo texto menos radical que el anterior, pero hay cosas no definidas de modo preciso en estos bordes. Desde ya la propiedad privada queda garantizada, pero nada se dice respecto a las expropiaciones y de la necesidad de pago adelantado, en efectivo y a valor de mercado que cubra el real daño patrimonial causado, lo que puede permitir abusos en esta materia. Para qué decir respecto a la libertad de enseñanza que aunque se garantiza, no se reconoce el derecho preferente de los padres a la educación, cosa que puede abrir puertas a interpretaciones lejanas al espíritu del borde mismo.

Para mí lo más preocupante es que en el afán de marcar la diferencia con el texto anterior y para innovar en muchas cosas, se propondrá no necesariamente un mejor texto, sino que ciertamente uno peor. El texto actual es muy bueno y prudente en muchas cosas, la innovación forzada es desde ya un peligro y una garantía de un nuevo y peor texto.

Por eso, esto no es en sí un logro, dependerá de cómo se desarrolla el proceso. Lo cierto es que los peligros son abundantes y las posibilidades de real mejora, escasas.  Por lo mismo, no es un real logro, sino simplemente lo que hay. 

Magdalena Merbilháa

Periodista e historiadora

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