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Publicado el 31 de julio, 2018

Lo malo de los “buenos”

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

Estamos ante tiranuelos de “la moral” que, atrincherados en aquellos aspectos de nuestra realidad a los que la sociedad democrática no supo dar un cauce y solución apropiadas, violentan las relaciones sociales sin vergüenza, miedos, ni culpas. ¿Quiénes son, cuál es el origen y qué consecuencias políticas comporta la emergencia de esta nueva casta política?

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma
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Definitivamente el ambiente social ha cambiado en nuestro país. Los temores y la desconfianza siempre presentes están en período de floración. Nadie sabe quién será el próximo en caer o qué nuevo aspecto de la vida común sucumbirá ante la horda de nuevos justicieros que se apropian de los espacios públicos. Ellos, los “buenos”, son los que levantan su dedo inquisidor y lo apuntan, sin piedad, en contra de quien consideren un fugitivo de sus reglas. Ya se han levantado varias voces en un intento por devolver la discusión pública a los cauces del respeto a derechos fundamentales, como la libertad de expresión, la presunción de inocencia y el debido proceso. Pero nada parece poder contener a estos nuevos Savonarolas, creadores de hogueras ya no de vanidades, sino de todo aquello que se resista a un “deber ser” impuesto por ellos.

El “deber ser” de estos “buenos samaritanos” es bastante peculiar. No les importa que las vidas de miles de mujeres corran peligro cuando se trata de imponer una ley como la del aborto en tres causales a instituciones que, evidentemente, por su carácter religioso, no pueden comulgar con ella y, al mismo tiempo, seguir existiendo en la sociedad. Tampoco les importa que la violencia se manifieste atentando en contra de una libertad que jamás fue pensada para los adherentes al discurso políticamente correcto, sino justamente, para resguardar el derecho a expresarse de los disidentes. Ni qué decir de su participación en funas y juicios colectivos en contra de personas a las cuales les dañan sus vidas y las de todos sus seres queridos desde la más absoluta injusticia e impunidad. Estamos, en suma, ante tiranuelos de “la moral” que, atrincherados en aquellos aspectos de nuestra realidad a los que la sociedad democrática no supo dar un cauce y solución apropiadas, violentan las relaciones sociales sin vergüenza, miedos, ni culpas. ¿Quiénes son, cuál es el origen y qué consecuencias políticas comporta la emergencia de esta nueva casta política?

Lo primero que podríamos decir de ellos es que su origen se encuentra en instituciones democráticas débiles que no sólo han dado respuestas pobres a problemas sociales importantes como el acoso, sino que, además, se muestran impotentes para defender los derechos humanos frente al embate de dictadorcillos empoderados por el miedo y la apatía de la sociedad civil. Así, el terreno fértil de su floración abarca desde leyes mal hechas hasta instituciones que niegan la manifestación de diversas perspectivas en sus espacios.

Pero una cosa son las condiciones de floración y otra, los nutrientes que sirven al fortalecimiento de la flor venenosa que luego siembra su semilla en el resto de nuestra sociedad. Dichos nutrientes son una síntesis de dos fertilizantes que fortalecen la emergencia del poder incontrarrestable detentado por nuestra casta de jóvenes tiranos. El primer fertilizante es una sensación de ser víctimas de ”algo”, de la que se sigue su eximición de todo deber de entendimiento de la realidad, de contemplaciones hacia el prójimo o de responsabilidad por sus palabras y actos. El segundo, lo observamos en su alta intuición para crear condiciones que exacerban el darwinismo social. Usan la extorción emocional, disfrazan a quien piense distinto de villano -como si ellos fuesen arcángeles de la creación-, y establecen exigencias tiránicas a la vida emocional de los sujetos que, hasta ahora, habían escapado del ámbito político. Sí, sépalo bien: ni en el totalitarismo nazi se obligaba a las personas a empatizar con otras. Cuidadosamente mezclados, estos fertilizantes sintetizan la infinita capacidad tiránica de entrar en las conciencias humanas y exigir que se experimenten determinados sentimientos. En otras palabras, la política ya no se trata de la creación de instituciones que resuelvan los problemas de convivencia común, sino de lo que debemos sentir para ser legítimos interlocutores en el espacio público. En este contexto: ¿cuál es el castigo para la disidencia?

Quien se opone a la tiranía sentimental de estos sofistas emocionales caerá bajo los castigos de la exclusión y el escarnio público, viendo afectada desde su participación en el mercado hasta su vida social e íntima. Hace ya tiempo que Tocqueville nos advirtió sobre este tirano que emerge de la sociedad civil que bajo “el gobierno absoluto de uno solo, el despotismo, para llegar al alma, hería groseramente el cuerpo, y el alma, escapando a esos golpes, se elevaba gloriosa sobre él. Pero en las repúblicas democráticas no actúa así la tiranía; deja al cuerpo y va derecha al alma”. De ahí que no pueda llamarnos la atención que en medio de esta selva de plantas venenosas el triunfo de líderes extremos sea su más directa consecuencia. Y es que ellos encarnan el dolor del alma de quienes han guardado silencio e impostado actitudes y emociones con el único fin de sobrevivir. Sólo entonces, cuando al gobierno llegan esos “mártires”-representantes de la sensación de liberación que tantos anhelan-, dispuestos a decir lo que nadie más se atreve, a tener menos vergüenza, miedo y culpa que la casta de tiranos de lo correcto, vemos germinar la semilla del mal plantada por ellos; los “buenos”: una planta más poderosa que ha aprendido a sentir desprecio por las víctimas, sin importarle si éstas verdaderamente lo son o si sólo han llegado a dicho estado psíquico porque era el modo de acceder al poder.

Vanessa Kaiser, directora de la cátedra Hannah Arendt, Universidad Autónoma de Chile

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