Hace unos días, 21 de noviembre, se celebró el Día Mundial de la Televisión instituido por la ONU en 1996. En la ocasión Faride Zerán, presidenta del Consejo Nacional de TV, recordó que aun si la televidencia ha caído en los últimos años, un 76% de los chilenos mira cotidianamente la televisión abierta. Como se ve, la televisión no está en crisis, lo que sí muestra decadencia es el aparato televisor (“la caja idiota” como los críticos le llaman desde hace décadas), que ya no es el tótem del hogar en torno al cual se reunía la familia. Otros aparatos hoy se diseminan por la casa y por doquier, emitiendo sin cesar, obsesivamente, información y entretención.

Pero la televisión se transmuta, compelida por internet y sus terminales (celulares, tablets,
notebook), lo que nos obliga a examinarla más allá de la pura tecnología, a verla como un conjunto de modos sociales. Si antes la TV era una forma unitaria y se consumía más o menos de manera uniforme, hoy debemos reconocer la multiplicidad de pantallas y la posibilidad del usuario de realizar su propia parrilla. Sin embargo, la televisión sigue allí, nos hace ver que existe, como una presencia obcecada que aún cautiva. Según un estudio del año pasado (de Kantar Ibope) los chilenos pasan un promedio de 6 horas y 8 minutos frente al televisor, repartidos entre TV pública y privada (cable, satelital y streaming); cifras que aumentaron durante el confinamiento de pandemia Covid.

Otro aspecto llama nuestra atención: la caída de la confianza del público en los medios
tradicionales, aunque la radio mantiene un mayor grado de credibilidad. Se les cree más a los amigos y desconocidos del whatsapp, de twitter y Facebook que a la televisión y diarios. Es un fenómeno mundial, que en Chile se acentuó más durante el estallido social, cuando la atención pública hizo que muchos escrutaran los medios con mirada hipercrítica y en un clima de general escepticismo. Aun así, la televisión influye de otras maneras en la formación de opiniones y valores, mediante películas, series y programas de entrevistas y pláticas informales, los llamados talk show en donde los animadores “conversadores” exhiben no solo obviedades sino acabados juicios morales y últimamente políticos, dejando atrás años de cuidadoso apoliticismo y sumándose oportunamente al ambiente generalizado de crítica social.

Hubo un señor John Reith que fue el primer director de la BBC (1924-1938), la televisión pública inglesa. Él definió la función del servicio público con tres verbos: educar, informar, entretener. De estos tres reconocidos cometidos de la TV en el mundo, en la televisión pública chilena echamos de menos el primero, sospechamos del segundo y reprobamos el tercero. Entendámonos, cuando hablamos de educar no pensamos en modelos totalitarios ideológicos o religiosos, ni tampoco en programas didácticos masivos; pensamos en contenidos de cultura cívica, de conocimiento general, de ciencia y difusión de saberes de la comunidad nacional. Consideremos solamente algunos meritorios momentos de la televisión de antaño, como los espacios de divulgación científica de Hernán Olguín o aquellos del dibujante Jorge Dahm. No hay parangón con programas que hoy nos llevan a culturas e historias de Chile y el mundo de la mano de conductores que hacen de su simpatía personal, y de las bufonadas, el principal ingrediente de espacios que llenan el obligatorio horario que los canales chilenos deben dedicar a la parrilla cultural, y que (publicidad obliga) no debe ser “fome”, aunque sea solo relleno de las largas tardes dominicales.

La información, punto doliente de cualquier régimen o gobierno, debe mantener la pluralidad propia de las democracias y sociedades abiertas. No es fácil lograr el equilibrio entre neutralidad y tendencia de gobiernos que nombran a las principal dirigencia del canal estatal, solo el control parlamentario y las vías ciudadanas pueden evitar, o al menos limitar, la parcialidad de la información y comentario noticioso. Pero cuando se omite o se acentúa una noticia, siempre habrá una opción editorial a la cual estar atentos, leer y buscar interpretaciones confrontando la diversidad de medios que afortunadamente existen en Chile. La televisión pública debe tener un rol que empeñe a los ciudadanos y les involucre en el debate público, entregándoles herramientas para su participación consciente y con cada vez mayor competencia y manejo de argumentos, una imperiosa necesidad de superior aptitud para la toma de decisiones democráticas. No se trata de forzar consensos para la acción y políticas gubernamentales, y menos adoctrinar según las matrices ideológicas de tal o cual ministro o alto dirigente público. Se trata de compartir y legítimamente convencer, no inducir con astucias y maniobras comunicacionales.

Cuando pensamos en la entretención nos preguntamos por qué debe ser banal o derechamente estúpida, como un reflejo de los creadores y guionistas que se miran en el espejo de lo que consideran “popular”, para algunos sinónimo de vulgar, básico y pueril, tres propiedades que vemos en tantos programas, especialmente aquellos de horarios de alto rating. Naturalmente, el teatro, los conciertos y el cine de buena factura están excluidos de la entretención televisiva. Con ello se discrimina a un público que se considera minoría elitaria, pero también se priva a los más de conocer y, ¿por qué no?, apreciar formas de arte más elaboradas, más profundas y de alta belleza.

En estas tres funciones del medio, hablo de la televisión pública, sobre aquella privada mantengo una mirada similar, suministra iguales o peores desechos culturales para gente que libremente los consume; pero aparte de la normativa que regula contenidos y formas, y que entrega herramientas de fiscalización al CNTV, no hay mayores posibilidades de intervención pública, so pena de erosionar los derechos de expresión de medios que operan en democracia, y que pueden jugar un rol esencial en la crítica al poder.

En cuanto a la televisión estatal, estimo que el error inicial que ha facilitado la pendiente hacia abajo de la calidad de la televisión pública en Chile fue la decisión, a comienzos de la democracia recuperada, de buscar la autonomía financiera del canal nacional, pensando que al no depender de recursos públicos se rompería o debilitaría la dependencia de los gobiernos de turno y su consecuente manipulación. Es decir, se puso a TVN en la arena de la competencia económica con los demás canales privados o corporativos, cuya única subsistencia depende de los índices de audiencia y de la publicidad pagada. Esa lógica de estrecho mercado no podía sino conducir al cuadro que someramente he delineado aquí. Consecuentemente, propugno un canal público enteramente financiado por el Estado, quizás mediante algún impuesto específico, con una administración racional de los recursos y una programación de altos estándares culturales y cívicos.

Ante todo, debemos considerar la televisión como un formidable instrumento cultural, que forma saberes y consumos colectivos. Es tan importante como la educación y formación de las personas. A nadie se le ocurriría cobrar a los padres por la educación que reciben sus hijos en establecimientos fiscales, con el fin de autofinanciar este y otros servicios públicos, como la salud o la asistencia social. Esos gastos no son pérdidas ni fatídicos “números rojos” de la contabilidad y administración estatal, son inversiones que toda nación moderna, incluso aquellas más pobres, realiza para beneficio y calidad de vida de sus pueblos. La cultura es un derecho de la ciudadanía televidente, y es un deber del Estado entregarla, cuidarla y mejorarla.

Fredy Cancino es profesor.

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