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Publicado el 30 de junio, 2015

¿Lectura equivocada del país o demagogia?

Bajo las actuales circunstancias políticas y económicas y con un gobierno dividido y con numerosos flancos abiertos, es legítimo preguntarse quién apoya hoy a Bachelet y qué impacto tendrá su orfandad sobre el rumbo de Chile hasta el 2018.
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Lo que ocurre estas semanas en la política, particularmente en el oficialismo, lleva a recordar unas palabras de Fidel Castro en los años noventa, cuando respondía a quienes –desde el exterior– le exigían que aceptara críticas al régimen. Con pasmosa seriedad, el caudillo respondió que no era solamente el primer dirigente de la vanguardia revolucionaria, sino también el primer crítico de la revolución. A su juicio, él encarnaba al gobierno y la oposición, era el protagonista y el antagonista, la síntesis dialéctica perfecta de la dictadura que inició en 1959, y que siguen admirando partidos de la Nueva Mayoría. Su estrategia fue notable: monopolizó la acción política y también la crítica. Como domino el enjuiciamiento del error, me eximo de culpa.

El diputado socialista Osvaldo Andrade, que felicitó hace un tiempo con indisimulada emoción a Raúl Castro en La Habana, impresionó a todos esta semana, en el programa Tolerancia Cero, por varias críticas al gobierno de Michelle Bachelet. Pocos en la oposición han sido tan precisos y han mostrado tanta sangre fría para clavar banderillas en el lomo de La Moneda. Mientras hablaba no parecía oficialista, sino opositor. Tras escuchar a Andrade, a integrantes de la Democracia Cristiana y del PPD, así como del PC, surgen varias preguntas, entre otras la de ¿quién apoya ahora entonces al gobierno?

Sorprende la crítica de Andrade, pero azora que utilizase el libreto opositor para ejercerla. Todo lo que planteó en televisión lo viene sosteniendo la Alianza desde el inicio de la administración. En estos 16 meses hemos leído la crónica del fracaso anunciado por una oposición que, aunque desdibujada, no falló al pintar el futuro que esperaba al país bajo la Nueva Mayoría. Andrade criticó la incapacidad de La Moneda para emitir señales de autoridad, la tardanza con que reparó que, por la desaceleración económica, no recaudaría recursos suficientes para financiar los cambios, y la proliferación de reformas simultáneas. Corresponde, en cambio, a su cosecha personal la demanda de que salgan del gobierno aquellos que “boletearon” de forma non sancta, así como la sugerencia de que no se pague a los maestros en paro, algo que justificó con la lógica de un pequeño empresario: se paga a quien trabaja, no a quien no trabaja.

Pero la crítica más radical del ex presidente del PS –también manifestada hace meses por la oposición- es la de que quienes elaboraron el programa no supieron leer correctamente la subjetividad de la ciudadanía, la que no estaría por desmontar el modelo, sino por corregirlo y exigirle una porción mayor de la riqueza que genera. Andrade hizo suyo algo que se afirma por doquier: la Nueva Mayoría confundió las demandas de “la calle” con el sentir de las personas, es decir, equivocó el diagnóstico. Lo planteó diciendo que el mismo día en que 100 mil estudiantes desfilan por la Alameda, 200 mil chilenos entran a consumir a un par de malls en Santiago.

Que un líder oficialista sostenga que el diagnóstico del gobierno está equivocado son palabras mayores, porque de paso implica un cuestionamiento de la medicina prescrita -las reformas- para vencer a la enfermedad. Hablar de un diagnóstico fallido implica admitir el divorcio del gobierno con las personas y sugerir que las reformas no resuelven el problema. La visión de Andrade se vuelve más sombría si uno la asocia al llamado de la presidenta del PS a priorizar las reformas y a reconocer que faltarán fondos para ellas, y si la vincula además al incipiente escepticismo que aflora en las huestes oficialistas respecto al gobierno.

Si bien atribuir los problemas del programa de Bachelet a una lectura “equivocada” del país suena a autocrítica, uno también puede suponer que se trata de una inteligente excusa para eludir una pregunta más comprometedora para el oficialismo: ¿Qué tal si los actuales problemas no se deben a una “lectura equivocada” sino a que se cocinó livianamente una oferta demagógica para asegurar electorado? ¿Qué tal si, aun a sabiendas de que no podrían satisfacerse todas las demandas exigidas por la calle, se dijo lo contrario con el propósito de evitar el surgimiento de una alternativa a la izquierda de la Nueva Mayoría? ¿Es creíble que la candidatura se equivocase tanto en el cálculo financiero del programa, o se optó por incorporar contenidos demagógicos de los cuales conviene hoy distanciarse atribuyéndolos a la “lectura errónea”? ¿Son tan diletantes estos políticos, asesores y economistas que gobiernan Chile prácticamente desde 1990?

Esta interrogante puede quedar para la especulación académica, pero pesará en la próxima elección presidencial. Lo que está quedando de manifiesto es que la Nueva Mayoría ofrece programas ambiciosos que a poco andar resultan irrealizables. En todo caso, bajo las actuales circunstancias políticas y económicas y con un gobierno dividido y con numerosos flancos abiertos, es legítimo preguntarse quién apoya hoy a Bachelet y qué impacto tendrá su orfandad sobre el rumbo de Chile hasta el 2018.

Para los partidos de la Nueva Mayoría, resentidos porque fueron marginados de la elaboración del programa y la campaña de Bachelet, resulta hoy fácil desmarcarse de ella. Tienen además legitimidad para hacerlo. La Presidenta, en cambio, sufre bajo el fuego amigo y el opositor, y el de organizaciones sociales que en un inicio fueron sus aliados. La Presidenta contempla hoy el complejo panorama desde su soledad y su silencio, acusada por unos de conciliar ante el adversario y por otros de haberse radicalizado, y mantiene presencia en inauguraciones y el camarín de La Roja triunfante. Cuando termine esta hasta ahora bastante dulce Copa América, vendrá la amarga copa de la realidad.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO.

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