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Publicado el 09 de diciembre, 2015

Las izquierdas y sus identidades flotantes

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner
Sí, estos son tiempos complicados para las izquierdas y su futuro; para su diversidad y su no-buscada, no-querida y aún no-plenamente-aceptada responsabilidad de hacerse cargo, periódicamente, de la responsabilidad de administrar y reformar (¡en la medida de lo posible!) el capitalismo.
José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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La identidad de las izquierdas se halla en entredicho no solo en Chile si no en toda América Latina y más allá. ¿En qué consiste ser de izquierdas hoy? ¿Meramente en declarar una postura anticapitalista o en proclamar un nuevo cielo y una nueva tierra, como a veces ocurrió a lo largo del siglo 20? ¿O equivale a aspirar a un capitalismo con rostro humano, benefactor y distributivo, a la manera deseada por los socialdemócratas? ¿Basta tomar posición contra el neoliberalismo, el capitalismo financiero y los vouchers para ser reconocido como de izquierdas?

O bien, ¿es lo mismo ser de izquierdas que asumir el populismo como filosofía política? En concreto, qué es estar a la izquierda en Venezuela, ¿favorecer el ‘capitalismo de amigos’ del chavismo o defender la democracia liberal amenazada precisamente por ‘amigos’? Y en los países de la ex URSS, ¿significa estar a favor o en contra de los antiguos camaradas del PC? El PC de la Republica Popular China, ¿está a la izquierda, al centro o a la derecha del capitalismo y los mercados en el espectro ideológico-práctico? La guerrilla fusionada con los narcos en  Colombia, ¿es de izquierdas o simplemente un conglomerado criminal? La ‘tercera vía’ socialdemócrata que está de regreso en algunos países europeos, ¿es de izquierda o qué?

I

Los dos criterios, uno mayor (igualdad/desigualdad) y uno menor (libertario/autoritario) con los cuales Norberto Bobbio, el filósofo político italiano de la dicotomía izquierda/ derecha, creía posible –a fines del siglo 20– describir y ordenar todo el espacio político, no parecen ya dar cuenta de las nuevas formas ideológico-políticas de comienzos del siglo. Especialmente en el caso de las izquierdas.

Decía Bobbio: “Si se me concede que el criterio para distinguir la derecha de la izquierda es la diferente apreciación con respecto a la idea de la igualdad, y que el criterio para distinguir el ala moderada de la extremista, tanto en la derecha como en la izquierda, es la distinta actitud con respecto a la libertad, se puede distribuir esquemáticamente el espectro donde se ubiquen doctrinas y movimientos políticos, en estas cuatro partes”: (i) en la extrema izquierda estarían los movimientos a la vez igualitarios y autoritarios, tal como el jacobinismo decía Bobbio o, agrego yo, los ‘socialismos reales’ de tipo soviéticos; (ii) en el centro-izquierda,  la combinación igualitaria-libertaria, representada por formas de ‘socialismo liberal’ o por los partidos socialdemócratas; (iii) en el centro-derecha las posiciones a la vez libertarias y no igualitarias, típicas de partidos conservadores democráticos y (iv) en la extrema derecha, las doctrinas y movimientos antiliberales y antiigualitarios, como el fascismo y el nazismo.

Tan nítido y simple esquema –suficientemente abstracto además como para funcionar a una alto nivel de generalidad– es probable que diga poco a los ciudadanos del siglo 21.

Por lo pronto, concede el mismo Bobbio comentando a otro de sus colegas italianos (Dino Cofrancesco), hay temas claves del análisis político e ideológico que “no son por sí mismos ni de derecha ni de izquierda, ya que pertenecen a las dos partes, incluso en su esencial contraposición que no queda anulada por dicha pertenencia: el militarismo, el laicismo, el anticomunismo, el individualismo, el progreso técnico, el recurso a la violencia”. Esos temas, comparten nuestros dos autores italianos, marcarían diferencias no-esenciales, al contrario de lo que ocurre con la dicotomía izquierda/derecha que sí sería esencial al envolver inspiraciones ideales, intenciones profundas, mentalidades contrapuestas. Los primeros apuntarían a valores instrumentales, esta otra a valores finales.

Lo anterior suena bastante acomodaticio y podría conducir a una discusión interesante sobre cuáles son los valores finales, esenciales, que caracterizan a las derechas e izquierdas en diversos contextos y momentos históricos determinados. Por ejemplo, ¿cuál es el valor rector de las izquierdas chilenas hoy? ¿Es efectivamente la igualdad, la cual el propio Bobbio insiste debe ser cuidadosamente distinguida del igualitarismo? ¿O es, más bien, el comunitarismo, el no-abuso, la liberación, la fraternidad, el mérito, la diversidad, la legitimidad de las diferencias o la inclusión? ¿Cómo saberlo? ¿A qué criterio recurrir?  Y si se acepta el hecho, de suyo evidente me parece a mí, de que existen múltiples izquierdas, ¿no corresponde a cada una un núcleo distintivo de valores?

Lo mismo dicho en el párrafo anterior, ¿ no cabría predicarlo igual de las derechas, exploración que no podemos  avanzar aquí por no corresponder al foco de nuestra reflexión?

En seguida cabe observar, observación derivada también del clásico texto de Bobbio, la importancia clave que revisten los contextos ideológicos y de economía política en que se plantea la dicotomía izquierdas/derechas. En efecto, según sostiene Bobbio, ella puede plantearse como oposición entre sistemas o regímenes de economía política, a la manera de una contraposición entre socialismo y capitalismo, o bien radicarse dentro del horizonte del capitalismo, como una crítica de la desigualdad y una afirmación de la libertad. Con lo cual retornamos a una visión socialdemócrata de la izquierda.

En verdad, lo que sucede con el arribo del sigo 21 es la desaparición de la dicotomía izquierdas/ derechas como modos alternativos y excluyentes de organizar la economía, la sociedad, la política y la cultura para dar paso a la diferenciación, infinitamente más complicada y entreverada, de izquierdas/derechas dentro del horizonte del capitalismo mundial, o de los mercados globales.

Ahora todos los términos que anteriormente parecían estar en las antípodas unos de otros, como liberalismo y autoritarismo, jacobinismo y fascismo, tradicionalismo e innovación, servidumbre e innovación, etc., se hallan próximos entre sí y suelen tocarse, combinarse, entremezclarse, dando lugar a constelaciones hasta ayer inimaginables. La pureza aparente de las categorías políticas da paso a su polución y contaminación, reduciendo las fronteras y volviéndolas más permeables.

De aquí deducen algunos que las ideologías se hallan en crisis o, incluso, que habrían desparecido. O bien que las diferencias ideológicas habrían sido superadas por aproximación y entrecruzamiento no pudiendo hablarse ya de un clivaje izquierda/derecha. No comparto ese diagnóstico.

Hay, en cambio, nuevos mapas emergentes, con rutas conceptuales  antes desconocidas, fronteras más borrosas, espacios ideológicos por descubrir, zonas híbridas, espacios que recién comienzan a aparecer.

II

Por el momento las izquierdas se sitúan incómodamente dentro de estos nuevos mapas.

De entrada porque deben aceptar que no poseen un modelo o paradigma de sociedad  completa y radicalmente distinto al imperante. No hay dos Chiles, uno real y otro latente, uno burgués y otro popular, uno capitalista y otro –sin nombre aún–que sería su reverso: fraternal, igualitario, comunitario, libertario, solidario, confiado, ecológico, horizontal, participativo, acogedor, inclusivo. Solo hay uno: capitalista, de mercado, desigual, competitivo, individualista, egoísta, desconfiado, de poderes asimétricos e innovaciones que destruyen.

Es decir hay un Chile capitalista y democrático –igual como hay una región latinoamericana con similares características– donde caben diversas posturas de izquierda o, si se quiere, una pluralidad de izquierdas. Es bien probable que cada una gire en torno a un núcleo de valores axiales y haga uso de diversas combinaciones de instrumentos de política pública para construir, dentro de ese horizonte, lo que cada una define aspiracionalemte como la ‘buena sociedad’ o, en términos relativos, un ‘mejor orden social’.

¿Donde residen las diferencias –dentro del horizonte del capitalismo–entre esas diversas posturas de izquierda?

Hay una diferencia bien decisiva que está en la portada de los diarios en estos días, luego de las derrotas del kirchnerismo en Argentina y del chavismo en Venezuela. Es la diferencia entre países gobernados por izquierdas socialdemócratas como Brasil, Uruguay y Chile por ejemplo, y países gobernados por izquierdas populistas como Argentina y Venezuela, por ejemplo, y otros como Bolivia y Ecuador.

Efectivamente, el populismo es una versión de las izquierdas que tiene arraigo y diversas proyecciones en Latinoamérica.

Según Gino Germani, uno de los padres de la moderna sociología latinoamericana, “el populismo generalmente incluye componentes opuestos, como ser el reclamo por la igualdad de derechos políticos y la participación universal de la gente común, pero unido a cierta forma de autoritarismo a menudo bajo un liderazgo carismático. También incluye demandas socialistas (o al menos la demanda de justicia social), una defensa vigorosa de la pequeña propiedad, fuertes componentes nacionalistas, y la negación de la importancia de la clase. Esto va acompañado de la afirmación de los derechos de la gente común como enfrentados a los grupos de interés privilegiados, generalmente considerados contrarios al pueblo y a la nación”.

Ciertamente puede haber también –y hay– populismos de derecha o, más en general, rasgos de populismo o una aproximación populista a la construcción del pueblo como sujeto opuesto a élites u oligarquías, rasgos que se hacen presentes en variados discursos de izquierda, incluso de la familia socialdemócrata. Por ejemplo, algunos voceros de la administración Bachelet suelen invocar elementos de la matriz discursiva populista para atacar a las élites partidistas y a la élite tecnocrática como ajenas y alienadas del pueblo. También las frecuentes invocaciones a  ‘la calle’ –sus sentimientos, demandas, malestares, reivindicaciones  y rechazos– pertenecen a ese rasgo populista de la administración. Con todo, ésta aparece hasta aquí, esencialmente, como de continuidad socialdemócrata respecto de las cinco anteriores, desde el inicio de la transición democrático en 1990, incluyendo al gobierno Piñera.

Esto último –el gobierno Piñera usando la caja de herramientas socialdemócratas– muestra la fluidez del nuevo mapa ideológico. En efecto, siendo aquel un gobierno de derecha en el sentido de su cosmovisión empresarial del mundo y su estilo de gestión gerencial, sin embargo sus principales políticas sociales fueron netamente de izquierda-socialdemócrata-moderada, marcando una continuidad con aquellas impulsadas durante casi dos décadas por la Concertación. Ésta a su vez, habrá que decirlo también, hizo uso en diferentes áreas de la caja de herramientas neoliberales para diseñar e implementar sus políticas públicas, por ejemplo las concesiones de infraestructura o el financiamiento de la educación superior, la investigación científica y la innovación.

Podría decirse que, en general, un mayor énfasis en un ‘capitalismo de Estado’ dentro de un marco de prebendas y redes clientelares tiende a acompañar a las administraciones populistas, mientras que aquellas de corte más institucional-partidista de centro-izquierda han favorecido un modelo de desarrollo de capitalismo de mercado. Pero también estas últimas administraciones aparecen envueltas en redes de negocios políticos e intercambio de influencias. Todo lo cual mantiene a la defensiva –y bajo sospecha de la opinión pública encuestada– a las distintas expresiones de izquierda en la Región latinoamericana.

Con todo, la crisis de identidad de las izquierdas de la región tiene que ver solo secundariamente con su envolvimiento en malas prácticas y conductas  sancionadas por la ley.

Como hemos procurado mostrar aquí, ella se debe –ante todo– a cambios radicales de contexto y al tránsito desde condiciones donde la izquierda aparecía como una alternativa de sociedad, economía, política y cultura (o sea como legítima portadora de una utopía que estaba siempre al borde de encarnarse en la historia)  a una situación donde sus diversas fracciones deben competir por la atención y el respaldo de una población electoral cuyas preferencias y opiniones fluctúan y cambian.

Es el paso, además, de las izquierdas definidas por una base social relativamente sólida y fácil de identificar (clase obrera, masa marginal, alianza de obreros y campesinos, sectores intelectuales, etc.) a unas izquierdas ‘líquidas’ para usar la famosa metáfora de Zigmund Bauman; esto es, posmodernas, poco arraigadas, movibles, sin un contenedor bien definido, en continuo movimiento, que carecen de raíces y tradiciones. ¿Qué reemplaza entonces a la ‘conciencia de clase’? ¿Qué evita el surgimiento de unas izquierdas más bien oportunistas (en el sentido técnico de la palabra), propensas a formar alianzas para ganar votos, que ya no son partidos de ‘cuadros’, vanguardias intelectuales, factores de organización de las masas si no asociaciones de voluntarios, redes electorales, técnico-profesionales que esperan acceder a funciones públicas?

Sí, estos son tiempos complicados para las izquierdas y su futuro; para su diversidad y su no-buscada, no-querida y aún no-plenamente-aceptada responsabilidad de hacerse cargo, periódicamente, de la responsabilidad de administrar y reformar (¡en la medida de lo posible!) el capitalismo.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

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