El 20 de mayo de 2022, el líder de la CAM, Héctor Llaitul, declaró que su organización entraría en una fase de organización de la resistencia armada frente a la decisión gubernamental de reinstaurar el estado de emergencia en la Macrozona Sur.

Esto no es ninguna novedad. En 2012 fue publicado Weichan. Conversaciones con un weychafe en la prisión política (Héctor Llaitul y Jorge Arrate, Editorial Ceibo, 2012), en donde las ideas de Llaitul son expuestas con suficiente claridad. Entre otras cosas, puede leerse esto: “Somos antisistémicos, porque no aceptamos la dominación occidental como modelo de vida y lo hacemos a través de la lucha territorial. Creemos que las vías que el sistema ofrece, sus programas y políticas sociales, resultan funcionales al sistema que nos oprime, no nos sirven. Queremos pasar a otro tipo de práctica: ocupar territorio y controlarlo. Mediante la acción directa, quebrar de alguna manera la institucionalidad que se nos quiere imponer. Llamamos a este proceso ‘experiencias de control territorial, formas embrionarias de autonomía y liberación’” (tomo esta cita de una columna de Bernardo Solís publicada el 14 de mayo de 2022 en el periódico digital Ex-Ante).

Pasajes semejantes abundan a lo largo de todo el libro, que ya tiene 10 años. Desde entonces, las ideas de Llaitul se han radicalizado y el propósito de pasar a la guerrilla directa es lo suficientemente explícito. Frente a esta situación, el presidente Gabriel Boric ha declarado: “Nosotros no perseguimos ideas”. Sin embargo, esta es una afirmación cuya ingenuidad (por no pensar en la mala fe) resulta perturbadora. En realidad, las ideas no tienen fuero y por supuesto que pueden ser discutidas, e incluso combatidas.

No hay una sola calamidad ética o política que no esté precedida por una mala idea. No es posible concebir una acción voluntaria que no sea la culminación de una idea previa. Es tan poderosa la unión entre una idea y la correspondiente acción, que no se puede sino pensar que una idea es parte esencial de la acción, no es algo independiente de ella. Y si podemos condenar una acción por su criminalidad, su crueldad y su infamia, también debemos hacer lo propio con la idea que la antecede y la promueve.

Las malas ideas sí pueden y deben ser combatidas antes de que sean llevadas a la práctica. Renunciar a esta tarea es una irresponsabilidad tanto más grave cuanto más se está a cargo de una alta magistratura. Abstenerse de condenar una mala idea habla más de una complicidad con esa idea que de un respeto a un supuesto derecho humano. Y, digámoslo, las ideas de la CAM son pésimas ideas, en tanto que su concreción implica la ejecución de actos criminales en la clandestinidad. Sólo eso alcanza para denunciar su vileza.

*Jorge Martínez es Doctor en Filosofía y profesor universitario.

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