Los resultados electorales pueden leerse siempre en dos direcciones; en dirección de las victorias o de las derrotas. Ambas lecturas son necesarias, aunque suele preferirse a aquella sobre ésta. De hecho, se dice que las elecciones nunca se pierden; se explican. Es un error. Pues como indica Maquiavelo (traducido por José Antonio Viera-Gallo), el Príncipe debe leer la historia y “reparar en las acciones de los hombres excepcionales” examinando “las causas de sus victorias y de sus derrotas, para evitar éstas e imitar aquellas”.

Aquí me interesa entender qué enseñan las derrotas, y los derrotados, de las elecciones primarias del pasado 18 de julio y cuál es su significado. En esta ocasión nos ocupamos solamente de los sectores de izquierda; más adelante haremos un balance de las pérdidas en la derecha.

I

La derrota más resonante, por ausencia, la experimentó la centro izquierda, Unidad Constituyente, el progresismo heredero de la Concertación o la ex Nueva Mayoría. El mero hecho de no haber siquiera llegado al torneo representó, por sí mismo, un descalabro; la culminación de sucesivos fracasos que llevaron a este infortunio: ineptitud de los líderes partidarios, vacilaciones en la conducción de los dos partidos principales —PS y DC—, deterioro del ánimo societario entre los miembros de la coalición, persistencia de dinámicas centrífugas, confusión ideológica, abandono del propio pasado e identidad, equivocadas interpretaciones de las circunstancias.

Los competidores dentro del sector ganaron por walkover. Y los efectos de esta derrota in absentia se dejaron ver de inmediato en las calles y las pantallas de TV. El hasta ayer principal bloque político-ideológico del país, ya menguante desde hace varios años, confirmaba su progresiva desaparición y actual insignificancia. Con sus ejércitos diezmados y su oficialidad en desbande, deberá ahora encarar la batalla electoral decisiva: presidencial, de parlamentarios y CORE, el próximo 21 de noviembre.

Este reto crucial, el descontento dentro de las propia filas y el riesgo inminente de desaparecer para siempre, empujan a la falange y a las huestes socialistas, y a los demás grupos asociados, a reorganizarse para entrar, tardíamente, a competir por su subsistencia. La tarea no es fácil. Incluso en la situación extrema en que se encuentra, la centro izquierda aún no logra erigir un liderazgo y buscará hacerlo, a última hora, mediante una primaria en casa. Es un riesgo forzado por errores propios. El mensaje de absoluta inefectividad y desidia transmitido por este impasse, que resuena desde hace varios meses, hace dudar de la gobernabilidad de este bloque; más aún de su capacidad para asegurar una gobernanza de los cambios hacia los cuales se encamina el país. Quienes nos identificamos con su pasado y trayectoria sentimos verdadera desazón; cuesta imaginar que así, perdido entre sus propias sombras, pueda atraer a las nuevas generaciones.

Agréguese a esto que persiste en la centro izquierda un relativo desorden estratégico. ¿Dónde espera situarse en un campo de batalla donde los ejércitos victoriosos del 18-J convergen desde la izquierda y la derecha hacia un mismo electorado en disputa? ¿Cómo evitará que su propio electorado se desprenda y decante hacia una de las dos candidaturas victoriosas, Boric y Sichel? ¿Y cómo competirá contra la legitimidad que ambos consiguieron al imponerse dentro de sus respectivos sectores? ¿Con qué ideas y estandartes procura diferenciarse y a la vez convocar?

II

La otro derrota de gran envergadura, esta vez por exceso (hubris) más que por ausencia como la anterior,  es la experimentada simultáneamente por el precandidato del PC, por este partido y por su estrategia hegemónica rupturista desplegada durante el  último tiempo. Es la simultaneidad de la derrota en esos tres frentes lo que explica su magnitud. El candidato era dado  por vencedor, y él mismo actuaba como tal, hasta el momento mismo de comenzar a contarse los votos. De jefe comunal había sido proyectado a líder de las izquierdas, dentro de un cuadro estratégico donde el PC venía planteando hace rato su pretensión hegemónica, la que creyó asegurada con el deterioro de la ex Nueva Mayoría y su asociación, en calidad de parte principal, con el Frente Amplio.

Tanto así que el propio precandidato y la dirección del PC, en un error que quizá a la postre revele haber tenido  proporciones históricas, desahuciaron expandir el ámbito de sus alianzas hacia la centro izquierda, en el momento de máxima debilidad y confusión del progresismo socialdemócrata/socialcristiano. Dejaron escapar así la oportunidad, si no de fagocitar a sus competidores, a lo menos de reducirlos definitivamente al status de socios minoritarios.

Esa autocomprensión del PC como fuerza hegemónica de una nueva izquierda, dotada de un potencial liderazgo presidencial, que incluía además una alianza con el FA como hermano menor, llegó a proyectarse como un proyecto capaz de imponer su propio designio a la política chilena.

¿En qué consistía aquel? En la conformación de un bloque donde debían converger: (i) la legitimidad de la revuelta social, el estallido del 18-O, que —según el discurso que acompañaba a este designio— (ii) daba lugar a una asamblea popular, la Convención Constituyente, la cual (iii) conducida desde dentro por la convergencia PC+FA+Lista del Pueblo+mayoría de pueblos originarios e independientes compañeros de ruta, y rodeada y desbordada desde fuera por la agitación del enojo, desembocaba (iv) en una ruptura institucional que, a la vez, culminaba en (v) un doble triunfo —presidencial y parlamentario— en noviembre próximo, con (vi) la instauración de una plataforma radical de cambio rápido y en profundidad hacia alguna forma (no explicitada) de capitalismo popular de Estado o socialismo del siglo XXI.

Cuán definitiva haya sido la derrota de este planteamiento estratégico que el PC venía gestando desde el 18-O, o si solo asistimos a su interrupción temporal y postergación o, alternativamente, a su readaptación a las condiciones creadas por el triunfo de Boric y el FA, es algo que irá aclarándose en el transcurso de los próximos meses.

Deberán decantar, por un lado, los motivos de la triple derrota del planteamiento PC: de su candidato presidencial, el intento de hegemonizar a las izquierdas y el camino de una  ruptura institucional en la estela del 18-O. Por el otro, el diseño político de Boric y del FA para redefinir—ahora desde una más sólida posición de poder—los términos de su alianza con el PC, su relación con las fuerzas de la centro izquierda y, sobre todo, su propia visión de los cambios que buscaría impulsar por la vía institucional.

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