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Publicado el 3 abril, 2021

Ladislao Ureta: La Plaza Italia y el General Baquedano

Abogado Ladislao Ureta

Lo que aquí se pretende es mezclar el ideal de mejora en las condiciones socioeconómicas de la clase media y sectores populares, con un eventual desmantelamiento del modelo económico liberal seguido por Chile en los últimos 40 años, y unir esta aspiración política con las reivindicaciones territoriales del pueblo mapuche.

 

Ladislao Ureta Abogado
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El punto de reunión de la protesta en Plaza Italia desde que se inició el movimiento social el 18 de octubre de 2019 ha sido la manifestación de símbolos.

La Plaza Italia en el imaginario de los santiaguinos era el límite que marcaba el término de la comuna de Santiago y el nacimiento de la jurisdicción de la comuna de Providencia, o sea, el inicio del sector oriente de la capital. Esta frontera desde el punto de vista simbólico representó la separación entre el sector poniente y el sector oriente de la capital. Todos quienes vivimos en el corazón de la Región Metropolitana sabemos que el sector poniente históricamente recibió la migración campo-ciudad y en él se asentaron los migrantes campesinos, los obreros industriales y, en general, las personas más desfavorecidas desde el punto de vista socieconómico. El sector oriente, en cambio, fue el asentamiento de las personas más pudientes y que a lo largo del siglo XX fueron expandiendo su espacio físico con la creación de nuevas comunas hacia el este de la ciudad, como Las Condes, Vitacura, Lo Barnechea, La Reina, donde tradicionalmente -en los últimos 50 años- ha vivido la élite de la capital del país.

Y este símbolo -imaginario- de separación entre los que tenían poder adquisitivo y los que lo tenían en menor medida o no lo tenían, llevó a algunos a clasificar a los santiaguinos entre “los que vivían de Plaza Italia hacia arriba (hacia el oriente) y los que vivían de Plaza Italia hacia abajo (hacia el poniente)”. Cabe, por supuesto, aclarar que en términos reales la comuna de Santiago, que constituye ese límite conceptual, no es una comuna de escasos recursos ni mucho menos; ella alberga el núcleo histórico de la ciudad: el Cerro Santa Lucía, la Plaza de Armas, con todos sus edificios históricos, la Casa de Gobierno, el antiguo Congreso Nacional, la Corte Suprema, los ministerios, el edificio de la Contraloría, el Banco Central, los edificios institucionales de las Fuerzas Armadas, la Biblioteca Nacional, las casas matrices de las principales universidades. En pocas palabras, la comuna de Santiago alberga los poderes del Estado y los principales edificios que han marcado la historia del país. Sin embargo, el centro de la capital, en el curso del siglo XX, dejó de ser un sector de habitación residencial para transformarse en un lugar de trabajo, y de residencia de la clase media, lo que permitió crear este simbolismo al que me he referido en el párrafo anterior.

Es necesario destacar que Plaza Italia, en un principio y sobre todo después del retorno a la democracia, en los años 90, se transformó en un lugar de encuentro de los chilenos, de festejo de los triunfos del país. Allí se conmemoró cuando Chile obtuvo la primera Miss Universo, la primera Copa Libertadores, el primer tenista número uno del mundo, la primera y la segunda Copa América. Plaza Italia fue el lugar donde, por así decirlo, los capitalinos, los ricos y los pobres, los del oriente y los del poniente, escogieron para reunirse en la celebración, porque frente a la gloria de un país no había barreras socieconómicas y, entonces, el lugar de encuentro simbólicamente se producía en el límite que separaba en el ideario sociocultural dos sectores económicos.

Sin embargo, este lugar simbólico de unidad, luego de 30 años de democracia y de avance sostenido del país, fue escogido por quienes impulsan ideológicamente los cambios del modelo socioeconómico seguido por Chile, para convertirlo en el ícono de la protesta social, de la lucha de clases, de la división entre los descontentos y la élite socioeconómica. Fue transformado en la zona “cero” del odio social de ciertos chilenos contra los privilegios de otros chilenos. Y no sólo ha sido el mudo testigo del enfrentamiento sistemático de los autodenominados “primera línea” con las fuerzas de orden y seguridad, sino que sus alrededores han sido quemados y destruidos; me refiero al GAM, al Museo Violeta Parra, a la calle Victorino Lastarria, al sector de Torres San Borja, al Hotel Crown Plaza, al frontis de la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica, a la Iglesia San Francisco de Borja.

Pienso que la elección del lugar no es casual, y también estimo que, a pesar de que mucho se ha dicho que el descontento no tiene líderes y ningún partido controla el curso de las protestas -que son los viernes de cada semana-, es evidente que esto no es cierto y que existen ideólogos detrás de este movimiento que instigan el proceso y construyen los símbolos de la memoria colectiva. Al menos visualizo dos claros mensajes que se pretenden instalar como emblemas: el primero consiste en arrasar con el lugar y denominarlo Plaza Dignidad y, el segundo, es mucho más ideológico y tiene que ver con la destrucción de una figura histórica para alentar un proceso revolucionario que está ocurriendo a setecientos kilómetros al Sur de la capital. Este último símbolo ha tenido lugar mediante la destrucción deliberada de la imagen del general Manuel Baquedano como el héroe que dirigió al ejército de Chile en el triunfo bélico en la Guerra del Pacífico, para transformarlo en un militar que asesinó a miembros del pueblo mapuche en la Pacificación de la Aracanía, o sea, convertir a un héroe nacional en un genocida del principal pueblo originario del país.

Este segundo mensaje es absolutamente ideológico y no nace espontáneamente de un pueblo que protesta por mejoras sociales, sino que tiene raíz en la visión histórica de una línea política determinada de chilenos, que hoy se sustenta en un historiador doctorado en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Con esto no quiero decir que él sea el autor intelectual de la quema y destrucción del monumento del general Baquedano, pero sin duda hay un sector político muy concreto que pretende hacer una especie de justicia histórica sobre la persona de un general de la República, destacado en la historia política y bélica de Chile del siglo XIX, para transformarlo en el símbolo de la persecución del pueblo mapuche por la élite nacional.

Hay que atender muy bien sobre todo a este segundo mensaje simbólico porque tiene una relación directa con lo que está sucediendo en la Macrozona Sur del país.

No olvidemos que la protesta social se lleva a cabo en forma simultánea con la consolidación de la guerrilla rural con epicentro en Tirúa y Cañete, sin perjuicio de otros puntos de la Novena Región. Y lo que aquí se pretende es mezclar el ideal de mejora en las condiciones socioeconómicas de la clase media y sectores populares, con un eventual desmantelamiento del modelo económico liberal seguido por Chile en los últimos 40 años, y unir esta aspiración política con las reivindicaciones territoriales del pueblo mapuche, de modo tal de cautelar y amparar, al menos en la memoria colectiva de los chilenos, el desarrollo del terrorismo político y la guerrilla en la Novena Región.

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