El Presidente sabe que no tiene la mayoría para aprobar sus proyectos en el Congreso. Lo natural sería negociar con la centroderecha. Así funciona la política. Se ceden posiciones propias en busca de una compartida en aras del bien común.

Pero, ¿qué hace Gabriel Boric? Acusar que la oposición se atrinchera, que no da su brazo a torcer para subir “las miserables” pensiones y no acoge el pacto tributario (que es una “propuesta” solitaria del Ejecutivo) para darle los recursos para solucionar los problemas del país.

El viernes le pidió a los dirigentes de Chile Vamos no mimetizarse con los republicanos. Cree que puede meter la cuña en la oposición, distinguiendo entre derecha no democrática y la democrática, como intentó antes el gobierno, o entre los malos y los menos malos, pero no cede en absoluto sus propias posiciones. Insistir en sus propuestas previsionales y tributarias sin tener los votos es tensar. No cede en que de los 6 puntos en que se elevarían las cotizaciones, 4 vayan a reparto, es decir, que nunca más se sepa de esas platas que pertenecen a los trabajadores, como ya pasó en el pasado. E insiste en estatizar esos 4 puntos porcentuales, sin considerar que en el proyecto de Sebastián Piñera, la propuesta que aprobó la Cámara (con el voto de Boric en contra) era de 3 y 3. Y que eso fue anterior a que se duplicara el esfuerzo estatal con el pilar solidario creando la PGU que, respecto a la Pensión Básica que existía antes, es mucho más generosa y tiene cobertura casi universal.

Es que extremar, polarizar, le permite victimizarse y deslindar responsabilidades ante la falta de resultados. Desde Europa emplazó a la oposición, acusándola de “oponerse a absolutamente todo y tratar de desestabilizar al gobierno de manera permanente”.

Lo que ocurre es que Gabriel Boric se ha dado cuenta que en su administración hará poco, porque negociar, lo que es propio de la política, significaría traicionar a su tribu del 28-30%. Y también entiende que no podrá aplicar su programa, porque éste fue derrotado en las urnas cuando el 62% rechazó el plebiscito constitucional que lo contenía. Lo único que le queda, entonces, es continuar insistiendo en conversar fórmulas que la mayoría rechaza (apenas el 2% aprueba que sólo 2 puntos del alza de cotización vayan a las cuentas individuales), para después emplazar a los interlocutores que no ceden. Sacarlos al pizarrón, ¡polarizar!

¿O alguien piensa que se fue de boca cuando acusó que uno de los fundadores y líderes de Renovación Nacional, Sergio Onofre Jarpa, había muerto en la impunidad tras haber sido cómplice de la dictadura?

No, Boric no tiene futuro, no aprobará su programa, y por eso está obsesionado con mirar el pasado, los 50 años del golpe, para lo cual le sirve escindir al país. Lo mismo que antes hizo antes Salvador Allende. Esto no ocurrió ni para los 30 ni los 40 años desde 1973, ocasiones en que prevaleció un espíritu unitario. 

Está preparando una cocción para que estalle el mismo 11 de septiembre, con él convertido en otro Allende-víctima, esquivando que antes que víctima, su líder fue protagonista de la destrucción de la democracia. Bien le haría al Mandatario releer la historia y entender que cuando el Presidente, el comandante en jefe, la Iglesia y el entonces titular de la DC hablaban de la inminencia de una guerra civil, ninguna opción podía ser buena.

Hoy él es parte de una minoría sobrerepresentada en el gobierno y, gracias al sistema electoral, también en el Congreso. Eso es lo que tiene asumir para abandonar su trinchera y dejar de lado la táctica de polarizar con imprevisibles consecuencias para Chile.

Deja un comentario