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Publicado el 02 de agosto, 2018

La prensa, ¿enemiga del pueblo?

Abogada Elena Serrano
Las investigaciones y editoriales que ha generado el periodismo norteamericano contrario al presidente de Estados Unidos han alcanzado un nivel de profundidad, riqueza de lenguaje y percepción sicológica-política que constituye por lejos la mejor lectura de actualidad a la que podemos acceder.
Elena Serrano Abogada
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“Esta triste, vergonzosa ruina de hombre”, se titula una columna reciente del diario Washington Post. Continúa: “Habla el inglés como si éste fuera un segundo idioma que le enseñó alguien quien a su vez lo aprendió la semana pasada. Tiene esa fascinación banal típica de los hombres débiles que ni siquiera imaginan ser despreciados por los fuertes”. Y otra advierte al día siguiente: “Si trabaja para Trump, renuncie de inmediato”.

Imagino y espero que algún guionista –de esos que se han convertido en estrellas por las magníficas series políticas que nos han brindado– esté muy ocupado tomando nota de los infinitos hechos, investigaciones y editoriales que ha generado el periodismo norteamericano contrario al presidente de Estados Unidos. Porque éstos han alcanzado un nivel de profundidad, riqueza de lenguaje y de percepción sicológica-política que constituye por lejos la mejor lectura de actualidad a la que podemos acceder.

“Como el olor que emana de un pescado podrido, la execrable actuación del presidente en Finlandia se pone más fétida con el paso de los días”, titula en letra muy negra y muy gruesa el mismo diario. Y en la página siguiente, en letras todavía más grandes y más negras, “Trump miente. Y miente. Y miente”.

Soy lo bastante mayor como para haber leído infinitos diarios en lo que llevo de vida, siempre con un intenso interés en saber no sólo lo que ocurre en el mundo, sino también entender las miradas, los matices y las ideologías a través de las cuales se cuentan las historias, quién las cuenta, y cómo se crea el lenguaje que les da vida. Así y todo, me sorprendo constantemente ante la crudeza, la libertad y el coraje con el que algunos medios de Estados Unidos cumplen con la misión de cautelar aquel derecho inalienable de todo ciudadano a ser verazmente informado. Admiro la forma y la fuerza con que aprovechan la libertad que les da la constitución y sus enmiendas para decir la verdad al poder.

Pero no es sólo el Post. En un frenesí de furia (habitual, por lo que sabemos), el Presidente llama al editor del New York Times para hacerle ver lo irresponsable de su periódico al propagar sin disculpas lo que él llama “noticias falsas” (fake news). Lo acusa de haberse convertido en “enemigo del pueblo” por la cobertura negativa de su gestión y cómo esta cobertura “antipatriótica” pone en riesgo las vidas de muchos, no sólo de los periodistas. Su argumento es que no va a permitir que este gran país sea vendido a sus opositores “por la industria moribunda de los periódicos”.

Entonces el editor del NYT hace pública su propia versión del encuentro, argumentando que esa actitud está socavando una de las exportaciones más valiosas de su país: el compromiso con la libertad de expresión y la libertad de prensa. Al día siguiente, la Casa Blanca impide el acceso a la corresponsal de CNN a una conferencia de prensa, ya que “esta gente promueve noticias falsas y me gritan preguntas; no los necesitamos aquí”.

No es gratis para estos grandes diarios llenos de tradición, seriedad y respeto de sus lectores el recibir golpes cotidianos a su versión de la verdad. Pero no piensan rendirse. Al contrario, han reforzado sus equipos, sus columnistas y sus versiones digitales. En el frontis del edificio donde funciona el Washington Post cuelga un enorme letrero: La Democracia Muere en la Oscuridad.

Elena Serrano, abogada

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