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Publicado el 21 de febrero, 2017

La política vista desde el nogal

Tal vez la copa de este sólido árbol es una campana protectora hasta la cual no llegan los ruidos de la política, la mediocridad del Gobierno, las disputas entre líderes y partidos.
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Hemos sido secuestrados por la política. Nos domina. Aunque la clase política reciba hoy en Chile la peor evaluación desde que disponemos de encuestas fidedignas, no podemos huir de la discusión, la odiosidad y la polarización que genera. Aunque deseemos refugiarnos, como Epicuro, en un jardín apartado de la política, esta viene por ti con sus tentáculos de pulpo, te arrastra y hasta puede engullirte. Pero no es sólo la clase política en general la que nos llevó a este extremo. También lo ha hecho, y en él radica a mi juicio la mayor responsabilidad, el decepcionante gobierno de Michelle Bachelet.

En etapas como esta, en que desconfiamos de todo y todos, en que casi no queda institución bien parada -con excepción de Bomberos, las policías y las Fuerzas Armadas- y en que nos dividimos como chilenos, es cuando uno más necesita de un Gobierno inteligente, efectivo e inspirador, capaz de gestionar bien las cosas y, sobre todo, de unir a las personas. Por el contrario, hoy no nos sentimos orgullosos de nuestra república, muchos tienden a distanciarse de la historia del país y cunden la división y la polarización, y la incapacidad para vernos como millones que vamos sentados en el mismo bote y a los cuales -nos guste o no- nos espera un destino común. Este Gobierno no enfatiza lo que nos une ni logra indicarnos un camino viable en un mundo cambiante e innovador, cada vez más complejo y riesgoso. Este Gobierno aparece en rigor por ausencia: cuando quedan en evidencia sus falencias y escándalos, su desorientación, sus contradicciones, su pasividad, su pérdida de voz y sus venenosos ataques a quienes se le oponen. Pocas veces nos hemos sentido tan huérfanos de liderazgo como bajo esta administración, que exhibe un rechazo popular que ni siquiera anima ya a sus adversarios más enconados.

Se acaba febrero y con él nuestras vacaciones de verano, época en la que millones de compatriotas -como nunca antes- salen a recargar las pilas, se alejan de sus plazas de trabajos y lugares de residencia para gozar el tiempo libre, la familia y las amistades, o para conocer nuevos paisajes dentro o fuera de Chile; pero igual la política no nos suelta. Y además nos agobia. Cerca del 80% de los chilenos piensa que vamos por mal camino, el gabinete está por el piso y el futuro se mira con mucha inquietud. Es un mal momento para Chile. Pero es verano, sólo nos quedan unos días para marzo, mes implacable en gastos, y uno quisiera ver el horizonte despejado. Nadie sabe cuánto mal espiritual y anímico, cuánto estrés y agobio, cuánta ansiedad y frustración causa en las personas un Gobierno con la evaluación del actual.

Intento rebelarme transitoriamente contra ese sentimiento que nos acosa por doquier. Me digo que la política no puede secuestrarme y agriar mi alma, que existen otros ámbitos más allá de la política coyuntural. Busco refugio por ello en viajes, paisajes, amistades y familiares, films y libros, pláticas en torno a un café, una copa de vino, un almuerzo o una cena, pero siempre volvemos a caer en la política. En los setenta, un poeta cubano me decía que los buenos Gobiernos son aquellos de cuya existencia sus gobernados no se acuerdan. Los peores, en cambio, son aquellos en que el líder y sus ministros están a diario en la boca de todos. ¿Alguien sabe el nombre de los líderes de Suiza?, preguntaba el poeta. Nadie. Sin embargo, todos saben quién gobierna en Cuba, Corea del Norte, Rusia o (ahora, por razones obvias) en la Casa Blanca.

Escribiré, entonces, sobre algo que no tiene que ver con la materia que nos agobia, asedia y atormenta. Escribiré sobre el modo en que celebraré hoy mi cumpleaños: lo haré de forma tranquila, junto a mi mujer (despedí ayer el año que cerró con amigos y familiares bajo el parrón de Epicuro). Almorzaré hoy algo que nutra mis nostalgias (a estas alturas es bueno lanzar una mirada hacia el pasado, no sólo el futuro) y después me tenderé en un viejo catre hippie bajo el nogal que planté más de dos decenios atrás con mi padre (QEPD) y mi hijo Ignacio.

Increíble cómo pasó el tiempo. El nogal me llegaba al hombro. Lo plantamos entre los tres, bromeando sobre un tiempo futuro en el que uno después de otro ya no estaríamos, y el árbol seguiría creciendo y brindando nueces. Y así ha comenzado a ser. Como decía Heráclito, todo está en movimiento y estamos condenados a reintegrarnos a la materia. Es una maravilla tenderse, después de una copita de orujo o mezcal, bajo esas ramas de follaje espeso, disfrutando el fresco que regala hasta en los días de calor extremo, y abandonarse en la sombra verde al recuerdo de tiempos idos o al ensueño sobre el porvenir. Dicen por ahí que uno es joven cuando tiene más planes que recuerdos, y viejo cuando tiene más recuerdos que planes.

Bajo ese nogal de íntimo sentido familiar y filosófico uno no puede mentirse a sí mismo. Aún tengo más planes que recuerdos, aunque los recuerdos van en aumento y se van tornando cada vez más nítidos. Quizás las memorias -o la ficción- permiten esa cita entre los recuerdos (que nutren muchos libros) y el plan de escribir algo nuevo. En algún punto se topan la memoria, la imaginación, la fantasía y la ficción. Recordar es viajar por la memoria, es convertirse en el Ulises que navega por aguas que conoció y revisita. Con el paso de los años pocas experiencias resultan más gratificantes que recordar. ¿A eso se deberá el éxito de las emisoras que transmiten “oldies” en el mundo? ¿Será que los baby boomers están exigiendo su derecho a su memoria específica?

¿Y será que el novelista escribe usualmente sobre algo que ocurrió y modifica, a veces sin reparar en ello, emparentándose así con el cronista o el historiador, y que es muy diferente al político, porque este brinda (al menos retóricamente) soluciones mientras el novelista siembra dudas, suposiciones, presagios, fantasías, y rara vez certezas o soluciones? ¿Será por eso que es difícil hallar a escritores que sean políticos, o a políticos que sean escritores? Una vez se lo pregunté a Mario Vargas Llosa, y me respondió que al intervenir en la política peruana había conocido la inmundicia que reina en la política, a menudo inimaginable para un novelista.

Tal vez la copa de ese sólido nogal es una campana protectora hasta la cual no llegan los ruidos de la política, la mediocridad del Gobierno, las disputas entre líderes y partidos, las irritantes nuevas sobre fondos públicos mal manejados, las huelgas que -más allá de la discusión de si son justas o legales- dañan gravemente a Chile como destino de cruceros o bien su competitividad de largo plazo como productor de cobre, el desatino del Gobierno para conducir la lucha contra los recientes incendios forestales.

Habrá que aprovechar esta última semana de febrero para cargarse de energías positivas, de un espíritu político crítico, pero constructivo, de buenos sentimientos que contribuyan a la unidad nacional, que nos permitan reencontrarnos e impulsar esta nave en una dirección consensuada, donde seamos capaces de apartarnos de visiones ideologizadas y unirnos en la diversidad, de ser fuertes en la diversidad, de contar con un sueño inspirador del que todos formemos parte y nos lleve al  reencuentro y hacia un futuro mejor.

De alguna manera este nogal de las tres generaciones me protege este verano y regala energías para enfrentar este año decisivo para el país en un mundo cargado de interrogantes, incertidumbres, amenazas y riesgos. Nadie sobra en Chile, no llevamos un país de repuesto en el maletero y no estamos para más experimentos ni populismo. Tal vez queremos políticos que nos digan la verdad. Ojalá recuperemos la amistad cívica, el debate respetuoso, las ansias de alcanzar un país más libre, justo y digno. Ojalá marzo traiga aires frescos y también la posibilidad de imaginar entre muchos un Chile mejor, viable y plausible.

Pienso en todo eso este febrero del 2017 bajo el espeso follaje del nogal plantado con mi padre y mi hijo justo cuando regresaba la democracia a Chile.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

 

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