Desde hace algún tiempo se instaló el discurso de que la desigualdad social, es decir, la diferencia de ingresos entre ricos y pobres era -y es- el principal problema de Chile. Algunos decían que fue una de las causas más importantes del 18 de octubre y que los últimos 30 años habían contribuido a ese problema.

Si bien ese diagnóstico muchas veces cae en el simplismo y en la monocausalidad, sí podemos decir con certeza que la desigualdad como problema político se instaló. Por ejemplo, la encuesta Bicentenario de la Universidad Católica les preguntó a las personas sobre la desigualdad: ¿cuál es a su juicio la igualdad que se debe alcanzar en el país? El 2012, un 25% de los encuestados dice que todos tengan lo mismo; el 31% dice que no haya mucha diferencia entre unos y otros; y, un 44% dice que todos puedan progresar en sus proyectos sin importar las distancias entre unos y otros. 

Estas opiniones cambiaron radicalmente en el 2021, porque el 71% de los encuestados elige la opción de que todos tengan lo mismo; solo el 7% dice que no haya mucha diferencia; y, apenas un 23% dice que esas diferencias no importan. En otras palabras, los chilenos sí recogieron este discurso y opinión política y lo hicieron propio.

Esta realidad puede provocar que muchos políticos que ven estos datos intenten hacerse cargo exclusivamente de la opinión mayoritaria de la ciudadanía, pero les puede pasar que se olviden que la política no solamente está para hacer lo popular, sino también para no perder de vista las cosas importantes de la vida en sociedad. En otros términos, no se trata simplemente de navegar la ola de la opinión pública, sino que se debe contribuir a generar opinión pública para que se vuelva a poner el foco en las cosas que consideramos importantes.

Uno de esos problemas es la pobreza. Por ejemplo, la última encuesta CASEN revela que la pobreza aumentó desde un 8,6% en 2017 a un 10,8% en 2020, recogiendo en parte los efectos de la pandemia. Esto significa que aproximadamente 2,1 millones de personas se encuentran bajo esta línea. Sin duda una realidad que nos llamar a la acción.

A pesar de la información que vemos, seguimos viendo cómo la política sigue ensimismada en sus propias causas y convicciones, y no en las de la ciudadanía. Transmitiendo una y otra vez su visión del problema y no palpando la realidad agobiante que viven muchas familias. La discusión no se agota en qué prioridad damos, si a enfrentar la pobreza o la desigualdad. Sin embargo, en cualquier escenario, especialmente el actual, parece inconcebible abandonar la pelea contra la pobreza, aunque el discurso contra la desigualdad esté en su auge de popularidad.

*José Francisco Lagos es director Ejecutivo del Instituto Res Publica.

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