Tampoco diré una novedad, pero quizás sea necesario considerando que la discusión constitucional ha impedido tomarle el peso: las normas de la Convención no fueron novedosas y el Apruebo ganó mucho más de lo que se cree.

Desde el primer día la Convención estuvo en primera plana. Esto aumentó cuando se empezaron a presentar, discutir y votar normas: absurdas, peligrosas o detallistas. Pero que la Convención y los convencionales hayan sido novedosos, no significa que las normas también lo fueron.

No se trató de un semillero de ideas geniales, ni provocaron un asombro por regular de forma creativa materias como el reino fungi. No inventaron la rueda. Fue el producto de años de activismo judicial, académico, comunicacional, legislativo y cultural. Desde estos lugares se elaboraron los argumentos y las estrategias, y lentamente comenzaron a calar e instalarse en la sociedad.

En el Congreso se discuten proyectos de ley, presentados antes, durante y después de la Convención, de un contenido similar a las normas de los convencionales; en el Ejecutivo, las declaraciones del Presidente y sus ministros no revelan una renuncia a sus proyectos refundacionales, y si lo hacen es por razones de conveniencia, pero no de convicción; en el Poder Judicial, muchos jueces aplican perspectivas, pero no derecho; en las universidades y colegios, pareciera que se adoctrina más que se enseña. Y esto ocurre en Chile desde hace décadas.

Un caso concreto es el del avance del aborto en el Congreso. Fue una norma polémica en la Convención, que influyó en los votantes para el plebiscito de salida, pero para nadie es un secreto que lo que el feminismo busca es el aborto libre, seguro y gratuito.

Entre 1990 y 2020, se presentaron más de una veintena de proyectos de ley que buscaban legalizarlo, adquiriendo notoriedad el aprobado en 2017, que permitía abortar en tres causales, y el rechazado en 2021, que despenalizaba el aborto hasta las 14 semanas. Entre 2021 y 2022, la Convención revisó cerca de 10 iniciativas (populares, convencionales e indígenas) sobre la misma materia y 3 de ellas mencionaban explícitamente el aborto libre, pero el derecho fundamental al aborto libre fue rechazado en el plebiscito de salida. Increíblemente, y menos de un mes después del plebiscito de salida, la Ministra de la Mujer y Equidad de Género anunció que el Gobierno presentaría un proyecto de ley que permitía el aborto sin causales.

Por último, dentro del acuerdo para un segundo proceso constitucional se incluyó el derecho a la vida como una de las bases constitucionales. Pero si bien se excluye la mención explícita al que está por nacer, los sectores proaborto lo consideran una piedra de tope para su agenda, mientras que otros sectores más moderados prefieren guardar un cómodo silencio.

Con la apertura de un nuevo proceso constitucional, que busque una Carta Fundamental “mínima, liberal y neutra”, es previsible que la protección del no nacido se deje a la ley. Cabe dudar que existe una férrea defensa a su inclusión, pero no así con la inclusión de los nuevos eufemismos para el aborto.

Es decir, se demoraron 25 años en abrir una fisura a la prohibición del aborto, siempre argumentando que eran casos excepcionales y no la regla general. Pero en cinco años esa grieta pudo haber roto el dique si ganaba el Apruebo. Aunque el Rechazo funcionó como un tapón provisional, es uno que se suelta cada vez más.  

Las ambiciones de los refundacionalistas siempre tendrán como norte las normas rechazadas de la Convención y volverán a ellas empujando poco a poco y por distintas vías. La derecha liberal con su silencio se convierte en cómplice de esta refundación.

El plebiscito de salida no se trató de una derrota definitiva del Apruebo. Por un lado, la izquierda radical jamás desistirá de tener una Constitución que se adecúe a sus gustos, y si no, acudirán al eslogan que tantos frutos dio: el proceso y la Constitución vienen con candados: expertos designados y con derecho a veto; bases constitucionales como un límite infranqueable y nula participación popular.

Por otro lado, porque en cierto sentido sí hubo una victoria del Apruebo. La campaña del plebiscito se centró en sus normas más polémicas (pensiones, autonomía indígena, Senado, aborto, etc.), pero esto tuvo dos consecuencias.

Primero, hubo normas que también tenían aspiraciones refundacionales, pero con un alcance más limitado, y que no se discutieron o que se discutieron muy poco, por lo que fácilmente se pueden englobar en la frase “no era completamente mala” o “sí tenía cosas buenas”.

Segundo, el debate respecto a las normas más polémicas fue en un marco de discusión prefijado por la izquierda radical, lo que en algunos casos significaba conceder implícitamente ciertas premisas esenciales. En el caso del aborto, se discutió si había o no límites y si le correspondía a la Constitución o a la ley establecerlos. Pero quedó instalado el absurdo de que los derechos sexuales y reproductivos, el aborto entre ellos, sí son un derecho humano. Un verdadero caballito de Troya.

Esto ocurrió en mayor o menor medida con casi todos los temas. Al conceder implícitamente esas premisas, se planta una semilla que dará sus frutos, quizás más temprano que tarde, y que aplica al resto de las materias, tanto las más discutidas como las que pasaron inadvertidas y que entraron al mundo de lo políticamente correcto. 

Por ello, el Apruebo si ganó algo, y quizás en el plano en el que se manejan mejor, que es el de plantear de antemano el marco de una discusión. Agendas, candados y caballitos de Troya se volverán a repetir en este segundo proceso constitucional, y nada asegura que las bases, o quienes dicen que las defienden, tengan la solidez para detener a los apruebistas.

*Roberto Astaburuaga es abogado de Comunidad y Justicia

Roberto Astaburuaga

Abogado de Comunidad y Justicia

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