El ser humano se distingue de los otros seres por su capacidad racional y su libertad que le permite entenderse como un ser personal y ser dueño y responsable de su vida. Esto que debiera ser algo entendido y practicado es muchas veces olvidado. Los actos humanos son los únicos actos que pueden ser juzgados éticamente. No hay moral de las lechugas, las moscas o los monos. Somos los únicos seres no determinados por nuestra naturaleza, somos nosotros los que forjamos nuestras vidas y somos responsables de ella. Nosotros construimos nuestra historia, nuestra biografía. Nuestras acciones tienen consecuencias positivas o negativas y las consecuencias de esas acciones son responsabilidad individual de quienes las cometen.

Esto que debiera ser evidente, no lo es. Las ideas de diluir las responsabilidades en la masa, en el colectivo están tan instaladas que las culpas que son personales,  son justificadas con un simple “todos lo hacen”, “no tuve otra opción”, “ me presionaron”, “me tentaron”, etc., todas falsas excusas.

Siempre se puede decir que no y optar por el camino difícil, pero correcto. Lo bueno es bueno, aunque nadie lo haga y lo malo es malo, aunque todos lo hagan. Siempre está la opción de hacer lo correcto, lo que pasa es que no siempre es fácil. En un mundo donde se ha eliminado lo trascendente y se rechaza el dolor en búsqueda de incrementar el placer es difícil que muchos estén dispuestos a sacrificios por hacer lo correcto. Se confunde la idea que se puede hacer el bien con un poco de mal, “el fin justifica los medios” y eso nunca es así. El mal, jamás lleva al bien, ni siquiera al final del camino. La línea maquiavélica es el triunfo del mal.

Esto es válido para la vida individual y es más importante tenerlo en cuenta para la vida pública, que implica que las decisiones personales, tienen efectos públicos directos. La vida entregada al vicio siempre destruye al enviciado y salpica a los inocentes. Por eso si queremos una mejor sociedad hay que orientar la vida de las personas individuales hacia la Verdad y el Bien desde las Virtudes.

Son las virtudes los antídotos de los vicios y sólo desde ellas y con ellas hay una mejor sociedad. Es esencial tener esto en cuenta porque quien va a la política y al servicio público debe renunciar a sí mismo, para desde la humildad, servir a otros. Sin esta noción ningún tipo de Estado tiene sentido. Vemos políticos que más que buscar servir buscan servirse, sacar el mayor provecho personal desde lo público. 

La semana pasada se votó una acusación constitucional que en derecho sí tenía mérito. Más allá de eso, las acusaciones constitucionales son herramientas políticas. Se juzgaba a un alguien que ha demostrado su falta de ética en forma constante, que usando la ley para hacer lo que no corresponde, torciendo el espíritu de la ley misma (ley positiva que no condice con la ley natural es inicua).

Lo acusaban de varias cosas, desde la labor de su ministerio, de no “hacer la pega”, no ejecutar los presupuestos de un ministerio esencial para ayudar a las necesidades de las personas carentes. También de “presionar políticamente” para torcer la voluntad  individual de funcionarios para aprobar proyectos específicos a conveniencia personal. De manipular votos, es decir de corrupción. Y eso es exactamente lo que hizo el ministro previo a la acusación constitucional. Manipuló, compró votos a cambio de favores. La Moneda entera, se movió con él. Y ahí estuvieron los políticos dispuestos a venderse por “algunas monedas”. Buscar salvarse de las responsabilidades individuales de las malas acciones propias desde favores políticos. Posiblemente tapar errores personales y de cercanos para comprarles la impunidad y otras posibles  mezquindades poniendo lo personal sobre el deber. 

Esto es lo que tiene destruida la labor política, lo que ha desvirtuado la vida humana misma. El no estar dispuestos a hacer lo correcto porque eso tiene consecuencias que no quieren asumir. Dejar que el mal avance porque “salpicará a otros y no a mí”. El no estar dispuestos a hacer sacrificios y el no entender en rigor lo que es el bien y el mal.

Están tan acostumbrados a justificar las malas acciones que ya no son capaces de distinguir lo que es bueno o malo de modo objetivo. Ya son incapaces de pensar. Esto que es el drama humano en general, es el drama de la política también y tiene que ver con la falta de buenas personas, personas que buscan el bien en la labor política. Es una vergüenza y quienes votaron para “salvar” su pellejo son responsables que el mal avance y que las personas estén peor. 

Ojalá esta columna ayude a comprender y a ser conscientes que para avanzar hacia un mundo mejor el camino personal es difícil y que implica sacrificios, ojalá que los “vendidos” sean capaces del mea culpa y que los partidos que los apoyan tengan la decencia de no aceptar personas inmorales en sus filas. Sin eso, la política y los políticos, ambos necesarios en la sociedad, seguirán en caída mortal. 

*Magdalena Merbilháa es periodista e historiadora.

Magdalena Merbilháa

Periodista e historiadora

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