El secretario general de las Naciones Unidas António Guterres ha desplegado por estos días lo mejor de la diplomacia, de raíz portuguesa, para intentar contener el conflicto más grave desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Su viaje a Moscú y a Kiev, pasando primero por Ankara, son de por sí la manifestación del mundo multipolar en que nos encontramos inmersos. Turquía ya es un actor clave, en donde las delegaciones de más alto nivel de ambas partes beligerantes se han reunido en un proceso de paz que aún no ve una nítida salida, aunque el diálogo entre rusos y ucranianos no se ha detenido en ningún momento.

El paso de Guterres por Moscú fue una gran lección de diplomacia. En la conferencia de prensa que dio en conjunto con el canciller ruso Sergey Lavrov, dio cuenta que él representaba a la ONU en su postura en contra de la invasión unilateral rusa de un país soberano, lo que contraviene la Carta fundacional de la organización, en oposición a la postura rusa y su operación especial para proteger a las dos repúblicas prorrusas que luchan hace ocho años por su autonomía del régimen de Kiev. La intención del diplomático global era clara, en términos del aislamiento ruso, y relevar la importancia de la Asamblea General con sus resoluciones en pos del fin de la guerra y la condena a Moscú por contravenir el derecho internacional. 

Pero no sólo Guterres fue a remarcar los principios onusianos a Rusia, sino que a buscar incidir en los acontecimientos de forma muy concreta, en cuanto a la guerra y sus consecuencias se refiere, procurando que la ONU sea un actor presente en el terreno, con capacidad de maniobra para perseguir sus propios objetivos. Pero un buen diplomático sabe de antemano el marco por el cual puede operar, alcanzando los objetivos planteados por mínimos que sean, dadas las adversas circunstancias; y este fue el caso de Guterres, plenamente consciente de la debilidad de la ONU en cuanto a poder intervenir en la guerra, pero que tenía un discurso y capacidad para apuntalar a la organización en materia humanitaria, creando las condiciones para la cooperación entre las partes en cuanto al rescate de cientos de civiles presentes en la zona de conflicto. Concretamente, se produjo una exitosa operación de evacuación de civiles desde la acería Azovstal de Mariupol, coordinado por Naciones Unidas, antes de la continuación de los combates en ese estratégico puerto ucraniano.

Las Naciones Unidas así participan del devenir del conflicto, aunque sea tangencialmente, y Guterres logra reinsertarse como un actor relevante, pese a que los bombardeos de Kiev, mientras se encontraba allí, pudiesen haber generado un manto de duda a su real capacidad de injerencia en los acontecimientos. Pero él hizo bien en encapsular el fracaso en parar la guerra en el Consejo de Seguridad, puesto que al fin y al cabo son los propios miembros permanentes del Consejo los encargados de lidiar con la estabilidad del sistema internacional; es decir, son las potencias las que deben ponerse de acuerdo entre sí, y no se le puede pedir a la ONU el papel que nunca ha tenido a lo largo de su historia.  

Para América Latina es crucial una ONU funcionando, que haga valer su presencia en las zonas de conflicto. Y al respecto es interesante la manifestación diplomática de Brasil que, siguiendo la mejor tradición portuguesa, expresa los nuevos tiempos multipolares para seguir el propio interés nacional. Por eso Brasil se abstuvo en la resolución en la que la Asamblea General suspende a Rusia del Consejo de Derechos Humanos y rechaza de plano la marginación rusa de la próxima cumbre del G20 a realizarse en noviembre en Indonesia. Por ello Brasil expresa, al igual que México, la voluntad de las potencias latinoamericanas de no alinearse ciegamente a la postura occidental en la guerra europea, y mantener la necesaria equidistancia en función de salvaguardar su propia posición global; que en el caso brasileño pasa por no descuidar foros multilaterales que expresan el nuevo orden internacional, como son los BRICS. Es en este nuevo contexto, con múltiples intereses entrecruzados y polos emergiendo, que destaca todavía más el papel de un político como Guterres, quien aún consciente de sus limitaciones, no vacila en hacer lo mejor de la diplomacia, dónde y con quién sea.

* Jaime Pinto Kaliski es doctor en Ciencia Política.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta