El piedrazo dirigido al Presidente Gabriel Boric en su visita a La Serena afortunadamente no dio en el blanco. Pero hay buenas razones para creer que esta no será la última vez que esto le ocurra a él o a otras autoridades de la república. A menos que como sociedad rechacemos la violencia en todas sus formas, la cotidianeidad de piedrazos y otras formas de agresión en las manifestaciones sociales se expandirán a otras dimensiones de las interacciones públicas. 

Parece irónico que, ahora que es Presidente, Boric sufra las consecuencias de esa actitud tolerante hacia la violencia en el espacio público que él mismo desplegó cuando era diputado. En algunas de las manifestaciones posteriores al estallido social de 2019 lo vimos intentar detener lo que él consideraba eran actitudes impropias de violencia por parte de Carabineros hacia los manifestantes. Nunca lo vimos haciendo lo mismo cuando los manifestantes atacaban a Carabineros. Es más, la trayectoria política de Boric ha dejado en claro que él no ve con el mismo rechazo la violencia ejercida por aquellos que comparten sus visiones de mundo. La lamentable fotografía de Boric posando con una camiseta que se mofaba del asesinato del senador Jaime Guzmán refleja que no toda la violencia le resulta repugnante. Es verdad que Boric posteriormente pidió disculpas por esa fotografía, pero hay varias otras ocasiones en las que el ahora Presidente dejó en claro que, cuando se trata de violencia contra la autoridad, él no la denuncia con la misma vehemencia. 

El problema no solo es de Boric. En general, los líderes de izquierda, y en particular los del Frente Amplio, han normalizado por años la violencia que ejercen los manifestantes contra la autoridad, especialmente aquella que va dirigida contra funcionarios de Carabineros. No basta con alegar que la violencia que ejerce el Estado a través de sus agentes contra la ciudadanía es más intolerable. Aquellos que de verdad quieren una sociedad en que rija el estado de derecho debieran rechazar toda forma de violencia, especialmente aquella ejercida desde la posición de ventaja que da la sorpresa o, muchas veces, el anonimato. Lamentablemente, en sus años como líder estudiantil y político, Boric nunca tomó decididamente la bandera de la condena a toda forma de violencia. Para él, la violencia de las manifestaciones ciudadanas es tolerable, o al menos no igualmente condenable que otras formas de violencia. 

Esa relativización de la condena a la violencia ha llevado a muchos a creer que se justifica usar la fuerza o atacar a piedrazos a la autoridad. Pero en democracia, los votos reemplazan a las piedras como mecanismo de expresión popular. Cada vez que se producen hechos de violencia, la democracia pierde un poco de fuerza. Cuando la gente cree que tiene derecho a usar la violencia para expresar su descontento, la sociedad es menos segura y se debilitan los espacios de deliberación y expresión popular.

En los últimos años, especialmente después del estallido social, el país ha visto un aumento en los niveles de violencia. En particular la violencia asociada a reivindicaciones políticas se ha hecho más común. Los ataques terroristas en el sur de Chile, la destrucción de propiedad pública y privada en las manifestaciones callejeras, y los ataques a personas que intentan defender su propiedad de la horda destructiva en muchas manifestaciones se han hecho parte de la cotidianeidad del país. Nos hemos acostumbrado a la violencia.

Pero una sociedad donde la violencia reemplaza a la deliberación y donde los piedrazos quitan protagonismo a los votos va cuesta abajo en la rodada hacia la inestabilidad y el caos. Para que haya estado de derecho, la gente debe sentir que tiene las garantías de circular por la vía pública sin temer recibir piedrazos. Cuando el presidente de la república, con todo el aparato de seguridad que lo rodea, debe estar preocupado de no recibir piedrazos mientras camina por la calle, difícilmente el resto de los habitantes del país podrá sentirse seguro. Una sociedad que no garantiza la seguridad de sus habitantes no tiene buen futuro. Peor aún, el presente de la población asustada y temerosa es también malo. Cuando el presidente recibe piedrazos en sus visitas oficiales el resto de la sociedad debe tomar nota de que nadie está seguro. 

Boric necesita tomar el liderazgo en la política de tolerancia cero a la violencia. Para ser creíble, Boric deberá dejar en claro que cualquier ataque a Carabineros o a funcionarios públicos será penalizado con el mayor rigor de la ley. Es más, Boric debe iniciar una campaña que restablezca el respeto al cuerpo de Carabineros. Si no se apura en tomar esas medidas, los piedrazos se harán la norma de su gobierno y la sociedad comenzará a acostumbrarse a crecientes niveles de violencia política y social. 

*Patricio Navia es sociólogo, cientista político y académico UDP.

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