Fue una semana muy curiosa. Para muchos el gran tema debe haber sido el rechazo del retiro del 10% y del proyecto alternativo del gobierno, o la visita del presidente Gabriel Boric a la Cuarta Región. Otros verán la importancia del comienzo del debate tributario, mientras la Convención constituyente sigue siendo tema y problema, en la medida que avanza la propuesta y persisten las expectativas y los temores.

Sin embargo, la muerte de Juan Antonio Álvarez me lleva a ver las cosas de distinta manera. Muchas veces creemos que una ley, una determinada política pública o una estructura determinada lograrán modificar sustancialmente la sociedad. Es verdad que todo eso puede y debe hacer contribuciones importantes. Sin embargo, a la larga son las personas quienes hacen avanzar o detienen la historia, provocan cambios decisivos y permanentes, logran el progreso social efectivo e impactan de manera decisiva en otras personas.

Conocí a Juan Antonio hace casi tres décadas y nos seguimos viendo después ocasionalmente. Asimismo, y por diversas circunstancias, he conocido a sus hijos –excelentes personas, con gran vocación social y sentido de la vida– y a la Coni Said, su señora. Juan Antonio fue un hombre extraordinario, como pueden atestiguar todos quienes lo conocieron. Generoso y alegre, trabajador y lleno de vida, servicial y profundo, que se marchó demasiado temprano para nuestros estándares, aunque estaba preparado para ir a ver al Dios que amó, buscó y sirvió en esta tierra.

Vi por última vez a Juan Antonio hace solo una semana, el viernes 15 de abril, después de los oficios de Semana Santa. Como solía ocurrir, me saludó como si vernos fuera lo más importante que le hubiera ocurrido en el día. Como somos casi vecinos, luego nos fuimos caminando con él y la Coni por apenas unos cien metros: cuando llegamos a su casa me ofreció llevarme en auto a la mía. Le dije que no se preocupara, que yo vivía solo a tres cuadras. “Sí sé, pero no me cuesta nada, saco el auto y vamos”, me manifestó con amabilidad, siempre pensando en los demás. Le contesté que no se preocupara, que me hacía bien caminar, y nos despedimos. 

El martes 19 por la mañana supe temprano que había tenido un problema de salud. Me avisó mi señora, que estaba con la Coni, también una gran mujer, ambas compañeras de estudios universitarios actualmente. Al poco rato recibí la triste noticia: Juan Antonio había fallecido. Como suele ocurrir en estas cosas, se mezclaba la pena y el dolor, con la incomprensión y la única reflexión que alivia: “Dios sabe más”. Por supuesto, también con la alegría y agradecimiento por haberlo conocido, que deben haber compartido todos quienes tuvieron la posibilidad de compartir con él.

Ese día, la alcaldesa Claudia Pizarro resumió muy bien un aspecto de su vida a través de un tuit: “El 5 de marzo, el Teatro Municipal de La Pintana recibió un regalo: Su piano de cola, que estrenó Valentín Trujillo. Detrás del gesto estuvo Juan Antonio Álvarez, vicepresidente del P. Arauco, quien acaba de fallecer. Gracias por habernos mirado con otros ojos. ¡Descansa en paz!”. Muchas personas podríamos decir cosas semejantes y en las más diversas circunstancias, propias de una generosidad de quien no buscaba ser reconocido, sino simplemente hacer el bien, o cumplir con su deber, como hubiera dicho.

La Parroquia Nuestra Señora de las Mercedes, Los Castaños, estaba atiborrada el jueves 21, día del funeral. El obispo auxiliar Cristián Roncagliolo destacó el efecto que le habían producido las lecturas de Misa del último domingo, como si “previera” que podría marcharse. El presbítero Sergio Boetsch se refirió al sentido familiar y la vida cristiana que había procurado llevar en las más diversas circunstancias de la vida, solicitando oraciones por su familia. Las peticiones fueron leídas por los hijos de Juan Antonio y la Coni, y tuvieron un sentido familiar y una emotiva dimensión sobrenatural. Al finalizar la ceremonia, el hijo mayor –también llamado Juan Antonio– leyó una hermosa carta compartida por todos los hermanos.

En realidad, era una especie de testamento espiritual, que destacó no aquello más visible y público –era un hombre brillante, con cargos importantes y reconocidos–, sino al padre de familia, a la que siempre tuvo como su gran prioridad, su vida interior, el sentido sobrenatural de las cosas y la voluntad de servir. Con especial gratitud se refirió a todos los que habían llenado la iglesia y a quienes les manifestaron su cariño, pidieron oraciones y terminaron todos los hermanos unidos en un abrazo en el que parecíamos estar fundidos todos los presentes. En los días siguientes la Coni y sus hijos han dado las gracias a quienes los han saludado y acompañado, también han seguido pidiendo oraciones: en realidad somos nosotros los que debemos agradecerles por su amistad, ejemplo y generosidad.

Cuando alguien se va tan joven, es muy difícil comprenderlo. Sin embargo, como recordaron todos ese día, solo estamos de paso por esta vida. Por lo mismo, vale la pena gastarla intensamente, servir con pasión, no quedarse en pequeñeces y concentrarse en lo esencial. Recordé por estos días una de las valiosas lecciones de Thorin, en El Hobbit, de Tolkien: “Si muchos de nosotros dieran más valor a la comida, la alegría y las canciones que al oro acumulado, este sería un mundo más feliz”. La muerte de Juan Antonio nos recuerda precisamente que si muchos de nosotros diéramos más valor al servicio, a Dios y a la familia que a esas tantas cosas que a veces nos consumen, este sería un mundo más feliz.

Ese fue Juan Antonio Álvarez: alguien que contribuyó con su vida a hacer un Chile mejor; una persona que procuró buscar a Dios en medio de las realidades más propias de la vida de cualquier persona, como son su familia y su trabajo profesional. Un hombre bueno, que nos hará falta, pero era tan positivo que es mejor dar gracias por todo lo que nos dio en sus 58 años de vida, en vez de lamentar su prematura partida. Un marido, un padre y un trabajador cristiano que, estamos seguros, seguirá siempre con nosotros.

*Alejandro San Francisco es académico Universidad San Sebastián y Universidad Católica de Chile. Director de Formación Instituto Res Publica.

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