Se ha hecho usual referirse a las “dos almas” que cohabitan en el gobierno de Gabriel Boric. Hay varias razones para objetar esa denominación, porque no es ni exacta ni verídica. En primer lugar, la doctrina marxista es básicamente atea, concibe al universo como una eterna evolución de materia gobernada por leyes físico-químicas inexorables e increadas. Esa concepción mecanicista y materialista asegura que no existe en los seres humanos un alma inmortal, de modo que, de existir algo así, solo sería un estado especial de la materia y desaparecería con la muerte del individuo. Esas doctrinas materialistas y ateas existen desde los propios metafísicos jónicos y siempre ha habido filósofos que la han continuado y ampliado. 

El materialismo siempre tropieza con el problema ético. Si no existe trascendencia, no puede existir un código moral que le dé destino a nuestras vidas. Si no existe premio ni castigo, ¿qué sentido tiene el “buen comportamiento” juzgado con la vara de preceptos éticos grabados en esa alma tan mortal como el propio cuerpo? Las respuestas a esa pregunta siempre han sido inventos un poco exotéricos. Para Platón y sus derivados, la norma ética es un bienestar, o sea que el ser humano tiende hacia el bien porque le produce placer, lo que es la esencia del llamado epicureísmo.

La doctrina de Marx adopta como padrón ético la simple conveniencia política. Está bien lo que es útil a la causa y está mal todo lo que la entorpece. Y como la causa es la creación de una sociedad en la cual se elabora un “hombre nuevo”, todo lo que facilite ese logro es éticamente correcto. Por eso es que, para el verdadero comunista, la mentira, el engaño, la traición, la deslealtad, la crueldad pueden ser virtudes en determinadas circunstancias. De esa manera, el comunista de fuertes convicciones se autodefine como un “desalmado”, entendiendo la palabra etimológicamente como un ser sin alma. Yo sé que el vocablo tiene, generalmente, una connotación peyorativa, por lo que me apresuro a asegurar que no la utilizo en tal sentido sino que como la exacta descripción de esa carencia de alma que el mismo afectado esgrime. Y, como es lógico, un conjunto de “desalmados” no puede, por definición, traspasarle un alma a un gobierno.  De esa manera, el gobierno de Boric, apoyado esencialmente por marxistas, es literalmente un gobierno de desalmados, o sea es un régimen en que lo ético es lo útil para sus propósitos. Ese concepto es el que subyace en las honestas declaraciones del ministro Jackson cuando aseguró, con verdad,  que ellos se atienen a otros valores que los que recibieron con la mamadera.

Se podrá argumentar que la otra coalición de partidos que apoya a Boric no cabe dentro de la definición de “desalmados”, puesto que hasta contiene partidos que se definen con doctrinas completamente distintas. Pero, si analizamos la historia reciente de Chile, vemos que esos partidos (como el PS, el PR, el PPD y hasta algunos DC de los que ya se olvidaron completamente del cristianismo) nunca han podido resistir lo que podría llamarse “vértigo del extremismo de izquierda” que siempre los termina convirtiendo en competidores de extremismo de sus socios marxista–leninistas cuando se unen a ellos. Ocurrió con el Frente Popular, ocurrió con la Unidad Popular y ocurrió con la Nueva Mayoría, de modo que no cabe más que esperar que vuelva a ocurrir con Apruebo Dignidad. La consecuencia es que tampoco ese componente de apoyo está en condiciones de traspasarle un alma al gobierno Boric.

Si en verdad no existen dos almas, ¿qué es lo que antagoniza a los dos roques políticos que apoyan el gobierno? La respuesta es simple: es solo una cuestión de forma y de oportunidad. Ambos desean ignorar lo que la gran  mayoría del pueblo chileno expresó el 4 de septiembre recién pasado. Ambos desean la modelación de una democracia cautiva de sus consignas. Ambos desean el estado omnipotente capaz de ahogar toda iniciativa particular. Ambos buscan que la burguesía chilena sea nada más que la “vaquita lechera”, que les entregue recursos para acomodar a sus huestes bajo el alero del estado. Ambos desean que las prioridades legislativas y constitucionales obedezcan a sus problemáticas y no a las de la mayoría ciudadana. Por fin, en resumen, ambos desprecian al pueblo que dicen representar porque lo consideran susceptible de tragarse todas las mentiras y las promesas irrealizables con que lo transforman en su base de sustentación.

No, no hay dos almas en el gobierno de Boric, porque lo que hay es un pacto político todavía no consolidado que pretende una segunda oportunidad tras el fracaso de la primera que fue la de la Convención Constitucional. En el gobierno no existe ni un solo personaje que haya optado por el “Rechazo” en el plebiscito del 4 de septiembre, de modo que es un gobierno de perdedores que no se resignan a su condición de tales y que, por supuesto, no tienen ninguna intención de traducir el 62% de los sufragantes chilenos en modificaciones a su objetado programa de gobierno.

En medio de ese desolador panorama político, a la mayoría sensata del pueblo chileno no le queda otra opción que acelerar la penosa tarea de movilizarse para obligar a la creación de condiciones en que el Estado se aboque a solucionar los gravísimos problemas prioritarios que la afligen. Tomará tiempo, tomará esfuerzos, tomará sacrificios, pero finalmente emergerá un gobierno con alma, con la misma alma que alentó a O’Higgins, a Prat, a Baquedano y a tantos otros que han hecho a Chile y que ciertamente no dejará que los marxistas la destrocen.

*Orlando Sáenz es empresario.

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