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Publicado el 22 de junio, 2015

La mancha de la corrupción

La mancha de la corrupción sobre nuestro sistema político bien podría adquirir tonalidad gris oscura.
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Desde el último trimestre de 2014 que el tema de la corrupción emergió como una coyuntura crítica en el sistema político nacional. El calificativo de coyuntura crítica apela a la generación de un reacomodo y a una rearticulación de las fuerzas políticas como respuesta a la presencia de un shock externo. Inclusive, en otras realidades no tan distantes del ethos de nuestra cultura política, la temática de la corrupción también ha aterrizado de modo incidente, generando un clivaje, o división estructural, que fracciona la contienda política-electoral, donde el campo de disputa ya no sólo opera en coordenadas ideológicas y programáticas, sino que más bien prácticas, testimoniales y vivenciales: los «limpios» versus los «corruptos»; quienes buscan posiciones de poder para servir desde ahí, o quienes buscan servirse del poder. Desde Aristóteles hasta la definición operativa contemporánea, empleada por Transparencia Internacional, conceptualizan a la corrupción como el empleo o distorsión de una función pública para alcanzar un beneficio personal.

En Chile aún no hemos llegamos al uso efectivo del elemento corrupción como recurso de acción política, pero el devenir de los acontecimientos tampoco permite descartar a priori algo por el estilo. Ha sido tal la magnitud del impacto de la triada Penta-Caval-SQM, que estos casos han generado una sensación de vacío de poder y de déficit de conducción política nunca antes visto desde el retorno a la democracia. La corrosión del liderazgo de Michelle Bachelet adquiere estatus de sintomatología crónica y al parecer el staff de consejeros no logra con dar con la receta que aminore sus pesares.

Pero aún hay margen para contener la crisis de legitimidad del sistema. La percepción de corrupción conforme a los datos de la última Encuesta de Corrupción realizada por Libertad y Desarrollo, muestran clara evidencia de un aumento en los niveles de percepción de ésta. Si en el año 2013 los encuestados calificaban con nota 4,14 la percepción de corrupción, donde a mayor nota, mayor percepción de corrupción; en 2014 dicha nota fue de 5,42. Se trata de un alza significativa que nos vuelve a posicionar en los niveles de comienzos de la década del 2000, caracterizados por los casos MOP-GATE y sobresueldos. Sin embargo, lo interesante es contrastar esta alza en percepción con el alza en el involucramiento directo en hechos de corrupción: diferenciar percepción de realidad.

Al respecto, es claro que la percepción excede con creces a los hechos concretos de corrupción, más aún cuando se trata de instituciones directamente vinculadas al poder político, como el caso del Senado o la Cámara de Diputados. Entonces, si Chile fuera un país eminentemente corrupto, la correspondencia entre percepción de corrupción e involucramiento directo en este tipo de actos, sería lineal. Un marco referencial que puede ayudar a explicar este fenómeno es el que ofrece el politólogo Arnold J. Heidenheimer. El autor distingue tres niveles de corrupción: la blanca, que es tolerada por la sociedad y por las élites; la gris, que genera mayor conmoción, discrepancias y ambigüedades a nivel de la sociedad; y la negra, que es considerada inaceptable y en consecuencia, punible.

Como Chile no se auto-percibía como un país corrupto -así lo reflejan sus buenas posiciones relativas en el ranking de Transparencia Internacional-, vivíamos en un mundo de corrupción blanca, sin embargo, los últimos episodios han develado un panorama más grisáceo en términos de la definición de Heidenheimer.

Por lo tanto, lo relevante para advertir al Ejecutivo es que sin un cambio de rumbo, traducido en una clara priorización y una debida conducción de su errática agenda de transparencia, necesariamente se generará un espacio, en ese vacío de poder, donde la mancha de la corrupción sobre nuestro sistema político bien podría adquirir tonalidad gris oscura. Y limpiar esa mancha podría tener costos mayores para nuestro ordenamiento político-institucional.

 

Jorge Ramírez, Coordinador del Programa Sociedad y Política, Libertad y Desarrollo.

 

 

FOTO: FELIPE FREDES FERNANDEZ/AGENCIAUNO

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