El proceso constituyente que terminó el 4 de septiembre dejó un claro mensaje en el país: el pueblo fracasó elaborando una nueva Constitución. Y fracasó rotundamente, pues 8 millones de chilenos optaron por el Rechazo, más que todos los ciudadanos que votaron en el plebiscito de entrada en que se aprobó tener una nueva Constitución.

Ocho millones de chilenos le dijeron a la izquierda y al gobierno que no estaban dispuestos a aprobar un texto que hubiera significado desconocer más de 200 años de historia para reemplazarlo por un constructo ideologizado, identitario, revanchista y contrario a todos los valores de la chilenidad. 

En resumen, al pueblo se le dio la oportunidad de generar una nueva Constitución y fracasó en el intento.

A mi parecer es importante considerar este hecho, pues lo que hoy se está negociando es cómo volver a darle una nueva oportunidad al pueblo para que genere una nueva Constitución. Pero lo curioso es que simultáneamente, se está intentando acordar las restricciones en cuanto a libertad de contenido que tendrían los constituyentes, lo que está siendo difícil de lograr.

¿Por qué, entonces, no se hace algo más fácil, más económico e igualmente legítimo en su origen, como que sean los propios parlamentarios los que redacten la nueva Carta Magna y que sea esa la que se someta a plebiscito para su aprobación, brindándole de paso un fuerte respaldo a la institucionalidad y a la política, que se requiere urgentemente?

Hay quienes plantean que no sería legítima una Constitución redactada por los parlamentarios, lo cual resulta contradictorio, pues son esos mismos los que gozan de total legitimidad para dictar leyes y aprobar reformas, como la constitucional que permitió que existiera la fracasada Convención Constituyente. Y si cuentan con total legitimidad para eso, ¿por qué no la tendrían para proponerle al país una nueva Carta Magna, sometiendo su aprobación a plebiscito?

¿Acaso los parlamentarios que elegimos menos de un año atrás no son los legítimos representantes del pueblo, por ser Chile una democracia representativa? Y como sí lo son, tienen la absoluta legitimidad de ejercer sus facultades constitucionales y no delegarlas nuevamente en terceras personas, lo que nos podría conducir a un nuevo fracaso. 

Después de volver de España, donde estuvimos diez días con la Expedición Libero, resulta muy relevante reflexionar sobre lo que todos los políticos con que compartimos nos manifestaran sobre el proceso constituyente post triunfo del Rechazo, del cual estaban plenamente informados. Lo que nos dijeron fue que no lograban entender que se estuviera negociando con los perdedores hacer una nueva Convención, cuando el Congreso tiene todas las facultades y atribuciones para redactar la Constitución y someterla a plebiscito para su aprobación.  

Y quienes opinaron así eran destacadas figuras de la  política, pues estuvimos con el expresidente del Senado español, el socialista Juan José Laborda; con Adolfo Suárez Illana, diputado del PP; con José María Aznar, expresidente del Gobierno de España; con Javier Fernández Lasquetty, actual Consejero de Hacienda de la Comunidad de Madrid; con Rocío Monasterio, diputada y vocera de Vox; con Cayetana Álvarez de Toledo, diputada del PP; con Esperanza Aguirre, expresidenta del Senado y de la Comunidad de Madrid. Todos ellos nos expresaron, muy diplomáticamente, que Chile cometería una locura de volver a realizar un nuevo proceso constituyente de resultados inciertos.

Cuesta entender que si en España lograron ponerse de acuerdo desde el PC de Santiago Carrillo hasta Adolfo Suárez González -quien ejercía la Presidencia del Gobierno- para redactar la Constitución de 1978 que fue aprobada por un 92% de la población y continúa vigente, no seamos capaces en Chile de hacer lo mismo.  

Cuando existen grandes dudas, lo sensato es volver a los principios, nos expresó una de las destacadas figuras políticas con las que nos reunimos. Ojalá nuestros parlamentarios volvieran a los principios, decidieran redactar la nueva Constitución, someterla a plebiscito y volviésemos a la sensatez. 

*Jaime Jankelevich es bioquímico y consultor.

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