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Publicado el 19 de marzo, 2015

La justicia estética

Que no nos extrañe si la gente prefiere rutinas humorísticas como las de Yerko Puchento, porque el juicio estético es lo único que va quedando en pie para mantener unida a la comunidad.
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En una reciente columna publicada en este medio, Gonzalo Cordero dijo sobre la transmisión por TV del caso Penta que la pregunta de fondo “es si estas transmisiones contribuyen o no al objetivo primordial que la sociedad debe resguardar y que es, fuera de toda duda, el acceso del imputado a un juicio imparcial y justo”.

Me gustaría matizar esa afirmación, aprovechando que, como pocos, Cordero habla los tres idiomas de la discusión: el jurídico, el político y el comunicacional. Los chilenos hemos empezado a dudar de que nuestro objetivo primordial sea el acceso imparcial a un juicio y lo hemos reemplazado por un objetivo más bien de carácter estético.

Tal como afirma el abogado, los jueces creen que “no se dejan influir por la opinión pública y resuelven con total independencia del clima social”. Los periodistas nos creemos objetivos y no toleramos presiones de los avisadores. Los ejecutivos y empresarios se remiten a maximizar las utilidades de sus negocios, a agregar valor para sus accionistas y a dar empleo. Cada sistema ha construido su propia ficción auto-justificatoria y se desentiende del efecto que produce en el resto de la sociedad, creando una elite.

Al desentenderse la elite de los efectos que provoca en el resto de los chilenos, le hemos perdido el afecto a las ficciones que justificaban la legitimidad de sus decisiones: No vemos la independencia en el sistema encargado de administrar justicia, ni la probidad en el que administra el poder, ni la objetividad en el responsable de informar o el que hace circular bienes y servicios.

Toda sociedad puede soportar ciertas ficciones, incluso cierto grado de hipocresía de parte de sus elites. El vínculo social que da legitimidad a la vida en común tolera ciertas transgresiones, mientras mantengan formas estéticas tolerables. Esas ficciones son positivas en la medida que la justicia parezca justa, que los negocios parezcan limpios, las noticias parezcan objetivas y el poder parezca democrático, para que entre todos afrontemos los costos y efectos que producen esas operaciones.

En Chile, ni la justicia ni los negocios, ni las noticias ni el poder parecen ser lo que dicen ser, y tampoco nos contentamos con que la lógica de uno se imponga en el campo de acción legítimo del otro (por ejemplo, no toleramos más la influencia del dinero en la justicia o en el poder). Cuando ya no se cree en la ficción jurídica cae una parte de la elite; si no se cree en la ficción económica, se desploma otra elite, y así. Cuando las cosas no son lo que parecen, lo único que queda es un juicio estético: la situación ya roza la grosería y la obscenidad.

Que no nos extrañe, entonces, si la gente prefiere rutinas humorísticas como las de Yerko Puchento, porque el juicio estético es lo único que va quedando en pie para mantener unida a la comunidad. Y es el único lugar donde la dimensión estética de la justicia se sostiene, al menos por unos minutos.

 

José Agustín Muñiz, Periodista.

 

 

FOTO: ALVARO COFRE/AGENCIAUNO

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