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Publicado el 09 de marzo, 2015

La justicia de la patota

Entre nosotros la patota ha logrado un aura de legitimidad y de justicia.
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El lunfardo, idioma de los bajos fondos bonaerenses, fue extraordinariamente prolífico para capturar conceptos que en su tiempo alimentaron el tango y, a través de él, transitaron de los muelles a los salones.

En esa jerga, y por ende en el tango, el héroe es el guapo. Arquetipo del hombre solo, generalmente de pocas palabras, pero que no se deja intimidar y se “faja” con cualquiera que lo provoque. Al contrario, la expresión de la cobardía era la “patota”, caracterizada por los atributos opuestos; allí donde el guapo era solitario, la patota solo existe en el grupo; donde el guapo es callado, la patota es vociferante; donde el primero deja vivir, la patota vive para agredir, para intimidar.

Soliño, en un tango memorable, precisamente titulado “Patoteros” inmortalizó el concepto:

“¡Patoteros!, Caraduras,

Nenes que viven para cachar,

Que uno por uno, no valen nada

Pero en patota saben guapear”.

En los últimos días he sentido la desazón y la pena, de ver que en nuestro país se instala no sólo en un halo de impunidad, sino con pretensión ética, una suerte de cultura de la patota.

Tengo que reconocer que vi en internet la rutina de Yerkopuchento porque, con razón, me dijeron que era imprescindible para entender el Chile de hoy. Es verdad, es necesario verla, pero como es necesario ver cada cierto tiempo el rostro desfigurado del adicto o el auto destrozado por un choque a 200 kilómetros por hora.

Me cuesta entender que en esta sociedad de lo políticamente correcto, a nadie le importe, ni le llame la atención, que se utilice todo el poder de personas que son rostros de uno de los canales de televisión más importantes del país, en horario prime, con público en vivo, para insultar de todas las formas imaginables a alguien que no se encuentra en el estudio y que no tiene, ni tendría, ninguna posibilidad de defenderse.

Tal vez lo más perverso del programa, es que al verlo se siente en el ambiente, está implícito en toda la rutina, que a Sebastián Dávalos se le puede denigrar, insultar, violentar moralmente, porque es hijo de la Presidenta de la República y, por lo tanto, es un poderoso. Detrás de cada mofa está esa suerte de compensación que permitiría contrapesar sus privilegios por el hecho de ser quien es, con los insultos que la galería siente derecho a escuchar y celebrar, porque así “se hace un poco de justicia”.

Respecto de lo que hemos conocido como el caso “Caval” tengo una opinión lapidaria; lo que se ha sabido que hizo Sebastián Dávalos fue, desde luego, un descriterio mayor, que ha causado un daño enorme no solo a su madre en la dimensión política, sino a la Presidencia de la República, en cuanto institución. Además, debe ser investigado por el Ministerio Público, porque pueden haber conductas reprochables penalmente.

Pero una cosa es que yo, como cualquier chileno, tenga el derecho de formarme y expresar un juicio crítico, incluso en los términos más rudos, sobre su conducta y otra es pretender que las diferencias políticas, o incluso las acciones jurídicamente reprochables, despojan a las personas de su derecho a ser tratados respetándose su dignidad.

Sospecho que nadie de los que estaba en ese estudio le diría al señor Dávalos ni el uno por ciento de lo que en ese programa celebraron a carcajadas, si tuvieran que enfrentarlo y sostenerlo solos.

Pero no es el único caso, ayer al terminar la audiencia de formalización del llamado caso Penta, la televisión mostró como Carlos Bombal fue perseguido, insultado y casi agredido a golpes por un grupo de manifestantes.

La lógica es la misma, el señor Bombal habría hecho algo reprochable y por lo tanto, “la calle” tendría derecho a hacer justicia por su propia mano, él es un “poderoso”, de esos que abusan, así que es justo que las personas comunes y corrientes abusen de él. Igual que en el caso anterior, no me cabe duda que ninguno de los que estaba ahí gritaría lo mismo si tuviera que hacerlo solo e identificándose primero. Eso solo lo hace la patota.

A diferencia del señor Dávalos a quien no conozco, a Carlos Bombal lo conozco, lo respeto y lo aprecio, tengo la más absoluta y total convicción de su calidad humana y ética, por lo tanto de su inocencia. Hago el punto solo para expresar que el respeto a la dignidad y el derecho a ser juzgado en un debido proceso, se aplica por igual a quienes uno reprocha sus conductas, como a quienes uno aprecia y considera inocentes.

La cultura de la patota ha existido siempre y, probablemente, siempre va a existir. Pero las sociedades civilizadas tienen claro lo que es la lícita libertad de expresión y lo que es la agresión y el matonaje. El problema, lo que verdaderamente me afectó de estos casos, es la evidencia que entre nosotros la patota ha logrado un aura de legitimidad y de justicia.

En el primer caso el programa y su contenido fue validado por la línea editorial del canal de televisión que lo transmitió; en el segundo, los responsables de las transmisiones en los canales que yo vi se limitaron a describir lo que ocurría, pero no hubo una palabra de reproche a la agresión.

El que siembra vientos cosecha tempestades, reza el viejo adagio. Lo que estamos viviendo hoy no emergió espontáneamente, hay una enorme responsabilidad en el liderazgo político que por años se dedicó a estimular el discurso de la desigualdad, del abuso y de los poderosos.

Es fácil denunciar a los poderosos y el abuso, cuando la denuncia se radica en otros: la derecha, los empresarios. Pero hoy estamos empezando a ver que los propios políticos, de todos los sectores, que fueron detrás de cada denuncia validando y alentando ese discurso, hoy ya no son capaces de controlar el fenómeno social que crearon y que está devorando todo el sistema político, sin distinguir izquierda ni derecha.

La patota gana terreno entre nosotros y lamentablemente -para cerrar estas ideas con el lunfardo que las abrió- no se ve por ninguna parte un guapo que la enfrente.

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