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Publicado el 27 de diciembre, 2015

La izquierda unida jamás será vencida

Todo político de izquierda, ya sea liberal socialdemócrata, radical o social cristiano, sabe que hay una sola verdad, de la que nunca puede apartarse: la izquierda unida jamás será vencida. Ese es el mal mayor por definición.
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Termina el segundo año de gobierno de la Nueva Mayoría y empieza el verdadero segundo tiempo, los dos siguientes son electorales y se empieza a mirar más la proyección que el despliegue de nuevos afanes. Quisiera, entonces, hablar de esa proyección, especialmente porque ya se delinean discursos en todos los lados del espectro político.

Me sorprende la falta de realismo de aquellos que creen en la viabilidad de volver el tiempo atrás y retornar a los gobiernos de la Concertación, como si ello fuera posible. A los gobiernos, como a las personas, se les aplica la aguda y también manida frase de Ortega y Gasset, esa que dice que yo soy yo y mis circunstancias. Esto a propósito de la nostalgia por Lagos que ya emerge en algunas personas; lo recuerdan como un gobernante moderado, que impulsó la inversión privada en infraestructura, que tuvo una relación constructiva con las instituciones de la defensa y que consolidó tanto las bases del modelo de desarrollo, como el sistema democrático.

Todo eso es verdad, pero ese fue un gobierno de otra época, al decir de Ortega, eran otras las circunstancias.  Ricardo Lagos fue el primer Presidente socialista después de Salvador Allende, su gestión se desarrolla con una democracia instalada, pero todavía no consolidada, de hecho la prueba de fuego era precisamente el resultado de ese mandato. A nivel internacional se vivía todavía el proceso de democratización de los países de Europa del este, los ladrillos del muro de Berlín todavía rodaban por el piso en su caída.

¿Alguien puede pensar que es casualidad que las décadas de los 90′ y los 2000′ fueran un período de líderes socialdemócratas en todo el mundo occidental? Esos fueron los años de Felipe González, de Tony Blair, de Bill Clinton, de Fernando Henrique Cardoso, de Ricardo Lagos. El muro cayó encima de eso que se llamó socialismos reales, que se quedaron sin proyecto, sin líderes y sin discurso, todos aplastados por el fracaso de la utopía totalitaria de la igualdad.

Pero no nos engañemos, ese ciclo ya pasó, la crisis económica del 2008 marcó el despertar de la izquierda, a partir de ahí vinieron los indignados, partidos políticos como Podemos y teóricos como Piketti que volvieron a tener un discurso radical contra el mercado y la democracia occidental (ahora no hablan de democracia burguesa, pero sí de la acumulación de poder económico que anula la igualdad en la participación política). La reciente elección de España muestra el debilitamiento de la opción socialdemócrata respecto de la izquierda radical.

Este proceso también lo hemos vivido en Chile y aunque es efectivo que MEO, el candidato de esa izquierda al estilo Podemos, parece haberse despeñado cuesta abajo, ese solo hecho no revierte la nueva correlación de fuerzas en la izquierda. A ese lado del espectro todos los políticos jóvenes relevantes son de esa “nueva” izquierda, empezando por Giorgio Jackson; los grupos socialdemócratas en todos los partidos están a la baja (la carta del diputado Pepe Auth sobre el PPD es tan certera como deprimente) y ya no hay ninguna razón para que comunistas, Revolución Democrática y otros por el estilo se inhiban de salir a la calle, parar los servicios públicos, las universidades, etc., sólo porque el gobierno no es de derecha. Esa época ya pasó.

Me precio de haber sido uno de los primeros que anunció, hace largo más de un año, que Lagos volvía a la arena política y que sería candidato presidencial. Algunos lo interpretaron como una cierta forma de adhesión a él, como si el meteorólogo adhiriera a la lluvia porque la anticipa. Es posible que Lagos vuelva a gobernar, pero creer que si eso ocurre tendremos políticamente un segundo gobierno de Lagos es simplemente nahif.  Lo que en realidad tendríamos, en ese evento, es un segundo gobierno de la Nueva Mayoría. Las razones son claras.

La izquierda llegó al poder, impuso el discurso de la desigualdad y el abuso, tiene todas las figuras emergentes, consiguió el cambio del sistema electoral y está ad portas de lograr una nueva constitución.  Cualquier Presidente de la Nueva Mayoría, especialmente si es socialdemócrata, tendrá que gobernar buscando los votos de su coalición en el Congreso. El que piense que Lagos puede arbitrar a la izquierda con los votos de la derecha tiene un doctorado en ingenuidad.

Políticamente el gobierno de Bachelet está virtualmente terminado, lo que viene es una agenda funcional a los desafíos electorales: seguir avanzando en la estatalización de la educación, poner la discusión constitucional en el centro y delinear la proyección de la Nueva Mayoría.  Lo único que puede fortalecer el polo socialdemócrata es que la Nueva Mayoría pierda el gobierno, igual como significó un desastre para ese sector haberlo perdido el 2010.

Para los que tenemos una visión de la sociedad fundada en la libertad, que entiende la justicia a partir del esfuerzo individual, que cree de verdad en el mérito, nunca un gobierno de izquierda es un mal menor, por una razón muy simple y clara. Todo político de izquierda, ya sea liberal socialdemócrata, radical o social cristiano, sabe que hay una sola verdad, de la que nunca puede apartarse: la izquierda unida jamás será vencida. Ese es el mal mayor por definición.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO

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