Esta columna es un plagio. La idea me la dio un destacado economista chileno, profesor de una universidad del nordeste de Estado Unidos. Mientras nos tomábamos un café me recomendó un libro: The Spin Dictators; lo usaría para escribir una columna, lo que hizo en abril. Sin embargo, a la luz de la discusión que se ha dado respecto del proyecto de Constitución, me parece pertinente reflotar la idea central de este ensayo: los dictadores de hoy no utilizan la fuerza o el terror para afianzarse en el poder; en su lugar tuercen la verdad con el fin de conseguir el apoyo de aquellos a quienes oprimen. 

La estrategia descansa en cinco reglas: primero deben ser populares. Manipular la información es clave, apoyándose en la prensa obsecuente con el régimen. Deben convencer de que son los responsables de las bonanzas y culpar a los enemigos del pueblo cuando la cosa anda mal. El principal obstáculo es la gente informada capaz de descubrir estas mentiras. A ellos se les tilda de elitista, de estar confabulados con el poder fáctico y falsear la verdad para beneficiar a los poderosos. 

La segunda regla es usar esta popularidad para debilitar las instituciones democráticas, desbaratando los mecanismos de control y contrapesos, y generar cambios constitucionales que les permitan perpetuarse en el poder. La tercera regla es pretender ser un demócrata; una vez modificada las reglas del juego pueden argüir que ocupan su cargo gracias a elecciones populares. 

Mientras, la cuarta regla consiste en estar abierto al mundo, unirse a organismos internacionales, usar la propaganda digital para atacar a sus detractores fuera de las fronteras e invertir en el extranjero para proteger su dinero y coaptar las élites de otros países. La última regla, es evitar a toda costa represiones violentas o camuflarlas cuando se hacen inevitables. Esto no significa que sean pacifistas, pueden ser brutales al enfrentar, por ejemplo, guerras civiles. 

Según los autores, hallamos en este grupo a Putin, Chávez, Maduro, Fujimori, Orbán, entre otros; sin embargo, el dictador puede no ser unipersonal, sino que también un linaje monárquico o un partido político.

Para frenar los intentos sutiles de hacerse con el poder de estos dictadores es necesario que no sólo estemos informados, sino que bien informados, buscando evidencia y poniendo a prueba los argumentos que se esgriman en la discusión. Debemos entender la importancia de las instituciones democráticas, el valor de los mecanismos contra mayoritarios, que protegen a la sociedad de mayorías circunstanciales y sospechar cuando se busque eliminarlos o usarlos según convenga. 

Hablar de candados y lealtades para evitar el funcionamiento de las instituciones democráticas no es una buena señal. Tampoco lo es gobernar mediante el uso de decretos con fuerza de ley. 

Las buenas instituciones son cruciales para el progreso, el bienestar y la libertad y, por lo tanto, es nuestra responsabilidad protegerlas de eventuales dictaduras mediante el debate honesto, poniendo en evidencia, con pruebas, cuando se manipula la información, y ejercitando la democracia, que tan en tela de juicio pareciera estar en el mundo contemporáneo, pero que sabemos es la mejor forma de gobierno que existe para vivir en armonía.

*Miguel Vargas es Decano de la Facultad de Economía y Negocios (FEN) de la Universidad Andrés Bello (UNAB).

Deja un comentario

Cancelar la respuesta