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Publicado el 02 de agosto, 2018

La Iglesia que queremos

Consultor en comunicación Nicolás Ibieta

Ad portas del término de la asamblea plenaria extraordinaria que están viviendo los obispos por estos días, es urgente que la voz de los laicos, de todos los laicos, tenga un espacio protagonista en la renovación de la Iglesia.

Nicolás Ibieta Consultor en comunicación
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Tras los encuentros de los Obispos chilenos con el Papa en el Vaticano, se dio a conocer una carta del Papa Francisco dirigida “al Pueblo de Dios que peregrina en Chile”. En ella, el Pontífice conmina a los laicos de la Iglesia con toda claridad: “Insto a todos los cristianos a no tener miedo de ser los protagonistas de la transformación que hoy se reclama, y a impulsar y promover alternativas creativas en la búsqueda cotidiana de una Iglesia que quiere cada día poner lo importante en el centro”.

Bajo ese prisma, las incipientes manifestaciones de distintos grupos de miembros de la Iglesia distintos al clero comienzan a surgir. Un esfuerzo en ese sentido es el que han emprendido un grupo de hombres y mujeres preocupados por el presente y futuro de la Iglesia, quienes se han concertado para trabajar y hacer una propuesta. A través de una “Carta Abierta al Papa y los Obispos de Chile”, titulada igual que esta columna, este grupo de laicos ha hecho una serie de propuestas constructivas y que, siguiendo el llamado del Papa, se hacen cargo del momento presente y el camino a futuro de la Iglesia, para clero y laicos. Las propuestas aspiran a una Iglesia centrada en Jesús y su proyecto de vida; que vive y simboliza lo que predica; evangélica y misionera; cuyo magisterio esté centrado en lo esencial; que distinga entre los ideales y las normas morales básicas; y cuya institucionalidad esté acorde a Su mensaje.

El primer llamado es a reorientar los esfuerzos de la Iglesia de forma cristocéntrica, es decir, que sea el ejemplo de vida y palabra de Jesús lo que mueva a su trabajo de evangelización y servicio al hombre, pero en el contexto del mundo actual, con sus propios desafíos y preguntas. Luego, nuestros tiempos también son de mayor escrutinio, transparencia y exigencia, por lo que el llamado es a dar mayor coherencia entre la palabra y los actos; a vivir en coherencia el testimonio de Jesús en la Iglesia y como cristianos, ya sea en el contacto personal como en las expresiones propias de la ritualidad y símbolos de la Iglesia.

La carta de los laicos apunta la necesidad de una reforma también institucional. Claramente la institucionalidad de la Iglesia es, en parte, también una fuente de origen de los males y vicios que hoy vemos explotar con tanta fuerza.

Otra dimensión es la de la misión y evangelización propiamente tal, y un espacio privilegiado para ello es la educación, para lo cual se propone convocar a teólogos y pedagogos que den nuevos aires a la formación cristiana y que se convierta, con libertad, en un verdadero espacio de acercamiento a los niños y jóvenes a Jesús, en todas sus dimensiones. De igual forma, la doctrina y el magisterio deben favorecer el ejercicio de la fe en la vida concreta. Por lo mismo, se hace necesario distinguir una fe basada en lo esencial de otra basada en lo accesorio.

Asimismo, la propuesta aspira a que la Iglesia no sólo sea normativa sino compasiva, al modo de Jesús, y que se aleje de ese perfil sancionatorio para volver a equilibrarlo con la compasión y la acogida, en especial en aquellos casos donde los hombres, por su misma naturaleza, podemos caer, pero que la Iglesia no nos puede abandonar. La Iglesia se beneficiaría de una revisión regular de sus propias posturas, considerando la necesaria distinción entre el comportamiento ideal y un mínimo exigible a cada persona.

Finalmente, la carta apunta la necesidad de una reforma también institucional. Claramente la institucionalidad de la Iglesia es, en parte, también una fuente de origen de los males y vicios que hoy vemos explotar con tanta fuerza. La Iglesia es un caleidoscopio de personas y carismas, en los que se entremezclan también los roles de clero y laicos para darle mayor riqueza. Pero la institución actual está lejos de ser rica. De hecho, desde afuera parece sólo eso: rica. La autoridad también se ha visto distorsionada. El “clericalismo” es uno de los males que ha identificado el Papa y que debemos erradicar. Las mujeres han sido claramente relegadas y los laicos figuramos apenas como espectadores de las instrucciones del clero. Es tiempo de cambio y los laicos debemos ponernos los pantalones.

Ad portas del término de la asamblea plenaria extraordinaria que están viviendo los obispos por estos días, es urgente que la voz de los laicos, de todos los laicos, tenga un espacio protagonista en la renovación de la Iglesia. Por eso el esfuerzo de este grupo de laicos en torno a esta carta y propuesta es un muy buen signo. Es de esperar que muchos otros se sigan sumando y adhiriendo a estas propuestas, incluso las complementen, mientras seguimos a la espera de una respuesta tanto de la Conferencia Episcopal de Chile como del propio Papa Francisco, a este llamado de los laicos a trabajar juntos en la iglesia que queremos, todos.

Nicolás Ibieta Illanes, periodista, Máster en Comunicación Política y Corporativa

 

FOTO: HANS SCOTT / AGENCIAUNO

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