Que Chile se ha polarizado ya no se discute. Una reciente muestra fue la segunda vuelta de la elección presidencial entre los dos extremos del espectro político. La última expresión es la diferencia en la edad de quienes votarían a favor del Apruebo y del Rechazo de la Nueva Constitución en el plebiscito de salida: por Apruebo, el 39% de los menores de 30 años y sólo el 24% de los mayores de 41; y por Rechazo, 30% y 44% respectivamente (según Encuesta Pulso Ciudadano 65, abril).

Considero que esto no refleja solamente una superficial y temporal diferencia de “preferencias políticas”, sino que revela cierto abismo surgido últimamente entre la cultura de los jóvenes y de los mayores. Los argentinos inventaron el término “la grieta” para referirse a esa profunda línea divisoria, tanto política como social y cultural, entre los kirchneristas y macristas. Creo que en Chile también existe esa grieta, zanja o quizás precipicio. Parece ser mucha la distancia entre cómo vemos hoy el mundo, la sociedad, el país, la vida, etc. los menores de 30 años y los mayores de 40 a 60. ¿En qué sentido exactamente? ¿En qué áreas? Esa es la cuestión.

Un área en que me impresiona la distancia mía con los jóvenes (voy a cumplir 75) es en la importancia que le dan ellos y nosotros al costo económico de las políticas públicas que proponen. Considero que ellos casi no los miden ni les preocupan. Es un tema menor o secundario para ellos. Por ejemplo, que la gratuidad de la educación o eliminar el CAE cuesten mil, diez mil o doce mil millones de dólares parece irrelevante para la mayoría de los jóvenes, gente de izquierda y muchos partidarios de Boric. Para nosotros los mayores es determinante o decisivo.

Otra área de profundas diferencias es la de dar suma importancia a reconocer y proyectar las identidades de ciertos grupos particulares: los indígenas, las mujeres, los homosexuales, etc. A tal punto, que podría hablarse de una “ideología de las identidades” con rasgos muy extremos, intolerantes y totalitarios. 

Una tercera área de diferencias es la de atribuir más importancia o prioridad por parte de los jóvenes a la protección del medio ambiente, la reducción del calentamiento global, la protección de glaciares, etc. Esto lleva, por ejemplo, a que a ellos les parezca perfectamente lógico o razonable impedir desarrollar una mina de cobre que planea invertir 3.000 millones de dólares para evitar que haya 3% de probabilidad de afectar un glaciar en los próximos 30 años. Así hay dos o tres temas más en que las posturas de los jóvenes de hoy están muy profundamente separadas de la de los mayores.

Pero hay diferencias que también se dan a otro nivel, son más complejas y tienen consecuencias más profundas. Por ejemplo, referidas a la disposición a buscar acuerdos y negociar para dirimir diferencias. O la disposición a usar la violencia para imponer puntos de vista propios en temas de la sociedad, incluyendo cómo organizar muchas materias. Estas distintas posturas entre jóvenes y mayores tienen que ver, creo, con las emociones desde las cuales cada uno plantea sus ideas o posiciones. Tiene que ver no con en qué tenemos diferencias, sino en cómo expresamos unos y otros nuestros distintos puntos de vista, preferencias o posiciones. Estimo que es esto último lo que conduce a un diálogo de sordos. Detrás de mi rechazo a lo que considero “la inconsciencia de muchos jóvenes sobre los costos económicos de sus propuestas constitucionales para garantizar excesivos y absurdos derechos sociales”, aprecio en mí (y otros) una considerable molestia o rabia contra ellos. “No saben lo que cuesta generar los recursos necesarios”, nos decimos. “Ni lo que cuesta ganarse la vida”. Por parte de ellos estimo que hablan desde emociones de intransigencia, soberbia, y también desprecio y descalificación de lo que pensamos los mayores. Además, muchos nos sentimos acusados de estar buscando sólo defender nuestros privilegios e ingresos mediante “la excusa” del costo económico de ampliar derechos. A esto suele agregársele que buscamos mantener el lucro y el abuso de las empresas privadas. A algunos esta acusación nos ofende profundamente. Entonces, como consecuencia, se nos retroalimenta (a menudo inconscientemente) nuestra molestia y rabia debajo de nuestros argumentos. 

Todo esto lógicamente no ocurre con todos los jóvenes y todos los mayores. Pero sí creo que predomina en la élite juvenil y en muchos otros. También es un fenómeno mundial en nuestra época. En EE.UU. se ha dado el nombre de “Guerreros de la Justicia Social” (SJW, abreviado del inglés) a ciertos grupos feministas, ambientalistas e indigenistas “irracionales, moralistas, sesgados y violentos que se autoexaltan a sí mismos” (Wikipedia).

El punto que pretendo destacar aquí es que si empezamos a incorporar con atención y rigor los fenómenos emocionales en los debates políticos que estamos viviendo hoy, puede que encontremos maneras de reducir la peligrosa grieta que divide nuestra sociedad. En particular, uno, empezar a considerar los efectos dañinos de mucho que hay debajo de los argumentos y palabras que cruzamos. Dos, que ambas partes estamos influidos por ese sustrato emocional y somos inconscientes de ello. Tres, que poco ayuda tratar al otro de irracional. Y cuatro, que si queremos aportar a una salida en que quepamos todos no debemos caer nosotros en los mismos comportamientos que criticamos.

*Ernesto Tironi es economista.

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