El Libertino es presentado por:
Publicado el 02 de marzo, 2020

La dignidad del pirómano o las vicisitudes de un indigno

La culpa de todo la tienen mi papá y mi mamá. A ellos se les ocurrió enseñarme puras cosas indignas, a saber, que robar es malo, que hay que tener cuidado con los incendios, que la violencia no se debe usar, que hay que respetar a la policía y a la ley. En otras palabras, me educaron para el mundo en el que ellos vivieron y no para el que yo iba a vivir.

¿Debiese llegar a más gente El Líbero?

Si tu respuesta es afirmativa, haz como cientos de personas como tú se han unido a nuestra comunidad suscribiéndose a la Red Líbero (0.5 o 1 UF mensual). Accederás a eventos e información exclusiva, y lo más más importante: permitirás que El Líbero llegue a más gente y cubra más contenido.

SUSCRÍBETE AHORA
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Ahora, ya viejote, he caído en la cuenta que he llevado una vida indigna todo el tiempo. Así, chantete, todo el tiempo. Aunque si alguien llevara registro de mis actuaciones no encontraría actos verdaderamente indignos, a no ser que consideremos como tal el robo de dos manzanas en la frutería de la esquina cuando tenía diez años o que copié una respuesta en una prueba de matemática en la secundaria. Tal vez podrían considerarse un par de autogoles, sobre todo que uno fue en una final de campeonato. Podría agregar la vez que, en el gobierno de Allende, le vendí mi puesto en la cola del confort a una señora con guagua. Fuera de eso no recuerdo mucho más. Son muy pocos y de muy poca monta para decir que he llevado una vida indigna. Puede ser que esté exagerando y no he llevado, después de todo, una vida indigna. El problema es que tampoco he llevado una vida digna.

No he alcanzado la dignidad. ¿La razón? No he quemado ninguna iglesia ni estación de Metro. A lo sumo carbón para un asado, pero esto no cuenta; no solo es de baja monta, sino que no sirve para aumentar las pensiones ni para tener pasaje gratis en la locomoción. Para llevar una vida digna hay que, por lo menos, saquear un supermercado o quemar un bus. Si usted hace eso, las pensiones subirán automáticamente. Y si no suben, hay que quemar dos buses. La dignidad está para grandes cosas. No se anda con chicas.

Pero a pesar de que hasta ahora no he hecho nada digno, oportunidades no faltan: quedan muchas cosas por quemar y saquear. Buses, escuelas y supermercados hay por doquier, así que en una de éstas me animo y salgo con mi antorcha. Tal vez me entusiasme con un semáforo.

La dignidad se gana de a poco. No es cosa de salir a la primera a quemar el Jumbo o la Escuela de Derecho. Un semáforo o un tacho de basura están bien para empezar. Puede que sirva para cambiar uno o dos artículos de la Constitución. Para cambiarla entera habría que encacharse con la Moneda o la Catedral. Tengo que prepararme para eso, ahí conseguiría mi dignidad de una. Pero es un trabajo arduo.

A pesar de que ya hemos anulado el trabajo de esos tipos indignos que son los carabineros, no se ha podido conseguir la dignidad total. El General Baquedano y don Pedro de Valdivia nos han impedido ese logro. Don Pedro, montado en su caballo, nos ha impedido derribarlo y quemar la Plaza de Armas que, como todos saben, es un ícono de la indignidad. Don Pedro, al parecer, ha aprendido la lección que hace 500 años le dieron los araucanos: derribarlo del caballo y matarlo de un mazazo, en una acción muy digna, cuando estaba atado. Así que ahora no hay caso que lo bajemos del caballo y desde la altura nos brinda su muy indigna mirada y, por muchas ganas que tengamos de pegarle un mazazo, no hemos podido con él. Ahí sigue, muy altivo, cuidando los restaurantes y los comedores de hot dogs, a los predicadores que nos avisan que Jesús está a la vuelta de la esquina, a los pintores que pintan retratos de los niños por dos lucas, a los eternos fotógrafos que los smartphones los han dejado inútiles y que ahora se dedican a cobrar por el arriendo de su caballo de madera para que los padres se tomen fotos, a los mimos, que hacen los mismos gestos todos los días pero como la gente no es la misma todos los días, se ríen igual y a las prostitutas que, antes marqueteaban su parte delantera pero que, ahora, que son todas colombianas, su marketing se trasladó  a la parte posterior. A todas estas gentes indignas los cuida don Pedro, a pesar de todas nuestras antorcha y mazazos. A lo mejor está esperando que un día aparezca yo con una retroexcavadora. Pero tendrá que esperar, todavía tengo que elegir el semáforo que tengo que quemar.

El otro hueso duro de roer ha sido el general don Manuel Baquedano. Don Manuel, que en 1928 se instaló en la plaza que lleva su nombre (otra cosa indigna) arriba de su caballo Diamante y que desde allí ha visto pasar de todo, incluidas las celebraciones del tercer puesto en el mundial del 62, la del Colo Colo por la copa Libertadores, la de Bielsa que logró pasar a la otra ronda en el mundial de Sudáfrica -cosa que ya había hecho el “pelao” Acosta anteriormente, pero que nadie celebró en la plaza. Ha visto pasar desde los bastonazos de los carabineros en las décadas del 30, 40, 50, pasando por los “guanacos” y las modernas bombas lacrimógenas. Pero eso no es nada, lo que lo hace inmune a nuestras grandiosas antorchas, martillos y cuerdas es que don Manuel tiene mucha experiencia en actos indignos: Peleó contra la confederación Perú Boliviana en la batalla de Yungay, en la revolución de 1851 y en la de 1859 y fue el general que dirigió a nuestros indignos militares en la guerra del Pacífico y llegó hasta Lima. Y no perdió ninguna batalla y ganó todas las guerras.

En mi modesta opinión, yo creo que ni con la retroexcavadora los vamos a sacar de ahí. Ni a él ni a don Pedro. Pero no hay que descorazonarse, Chile es un país muy largo y está lleno de estatuas. Y, para el caso, de escuelas, supermercados, buses, semáforos, edificios, malls, comisarías y bosques. Hay mucho que quemar todavía. Y don Pedro y don Manuel no van a dar abasto. Aparte que tienen un problema de movilidad. Así que hay que seguir adelante. Ya hemos conseguido bastante dignidad, pero nos falta. Todavía hay gente que se levanta temprano en la mañana y va a trabajar. Esa indignidad hay que eliminarla.

Ya saben, yo aporto con un semáforo.

La culpa de todo la tienen mi papá y mi mamá. A ellos se les ocurrió enseñarme puras cosas indignas, a saber, que robar es malo, que hay que tener cuidado con los incendios, que la violencia no se debe usar, que hay que respetar a la policía y a la ley. En otras palabras, me educaron para el mundo en el que ellos vivieron y no para el que yo iba a vivir. Ni siquiera me dejaron encender un petardo para el año nuevo. ¿Resultado? Un tipo indigno o, por lo menos, no digno. Y, como ya estoy medio vejete, me es muy difícil cambiar. Incluso, pensar en quemar una cosa poca, como el semáforo, me produce mucha angustia. Capacito que tenga que someterme a terapia antes de llevar a cabo ese acto heroico. Pero si no lo logro, siempre tendré la excusa que don Pedro y don Manuel me lo impidieron y, como contra ellos nadie puede, puede que termine mis días en paz.

Puede.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

¿Debiese llegar a más gente El Líbero?

Si tu respuesta es afirmativa, haz como cientos de personas como tú se han unido a nuestra comunidad suscribiéndose a la Red Líbero (0.5 o 1 UF mensual). Accederás a eventos e información exclusiva, y lo más más importante: permitirás que El Líbero llegue a más gente y cubra más contenido.

SUSCRÍBETE AHORA
Cerrar mensaje

¿Debiese llegar a más gente El Líbero?

Si tu respuesta es afirmativa, haz como cientos de personas como tú se han unido a nuestra comunidad suscribiéndose a la Red Líbero (0.5 o 1 UF mensual). Accederás a eventos e información exclusiva, y lo más importante: permitirás que El Líbero llegue a más gente y cubra más contenido.

Suscríbete