Desde el retorno de la democracia en 1990, a la izquierda le ha resultado muy cómodo hacer campaña contra Pinochet. Después de su decisiva victoria en el plebiscito de 1988, el sector ha buscado convertir cada elección en una contienda entre la democracia y la dictadura. Para la izquierda, derrotar a Pinochet siempre ha resultado más fácil que derrotar a las ideas del progreso y la libertad económica.

Es verdad que la derecha comparte responsabilidad, ya que ha ayudado al éxito de la estrategia izquierdista. La obstinación por aferrarse al modelo de la democracia protegida en la década de los 90 y por negar las limitaciones del modelo de libre mercado en los 30 años que transcurrieron entre el fin de la dictadura y el estallido social de 2019 han permitido a la izquierda repetir, elección tras elección, la misma estrategia de competir contra Pinochet. Salvo en las contiendas presidenciales de 2009 y 2017, la derecha siempre perdió porque su mensaje era demasiado cercano a la dictadura militar que una mayoría de los chilenos, por distintos motivos, quiere sepultar para siempre. 

Es verdad que el Chile de hoy se parece mucho más a lo que quisieron construir los Chicago boys de Pinochet que al sueño histórico de la izquierda. En ese sentido, Chile es mucho más hijo de Pinochet que de Allende. Pero Pinochet es un padre abusador cuya memoria todavía traumatiza a los chilenos. Una metáfora útil es pensar en Chile como Luke Skywalker y en Pinochet como Darth Vader, en La Guerra de las Galaxias. Esa compleja relación entre el padre abusador y el hijo que heredó lo bueno del padre, pero que también debe luchar contra todo lo malo de esa herencia, ha hecho que los chilenos se hayan dedicado buena parte de estos últimos 30 años a buscar formas de matar al padre

Como Pinochet murió en 2006 sin ser juzgado, la búsqueda por redimir los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura ha llevado a la sociedad a definir un chivo expiatorio que permita hacer ese necesario sacrificio de expiación. Por eso, por cierto, la demanda por cambiar la Constitución de 1980 tomó fuerza recién para la campaña presidencial de 2009, cuando ante la ausencia física de Pinochet, la izquierda encontró en ella un buen reemplazo para seguir combatiendo contra la dictadura.

El estallido social de 2019 —que en realidad se gatilló porque la gente demandaba ingresar a la tierra prometida del consumo y el buen vivir, y no porque los chilenos quisieran inventar una nueva tierra prometida indigenista y maximalista— logró matar a la Constitución de 1980. Ante la crisis de legitimidad en que se encontraba, la clase política decidió ofrecer la constitución como chivo expiatorio para salvarse a sí misma y como píldora mágica para solucionar los problemas del país. El líder de esa irresponsable aventura fue el propio presidente Piñera. 

Dos años y medio después, está claro que la nueva constitución es una vacuna que no funcionó. Por eso, ahora la élite política busca una nueva píldora mágica para ofrecer a la población —con un nuevo proceso constituyente o una nueva forma de redactar una constitución que sea la casa de todos

A su vez, ahora que ya no está ni Pinochet ni su constitución, la izquierda desesperadamente busca una forma de revivir la memoria del desaparecido dictador. En la contienda de 2021, José Antonio Kast fue un regalo del cielo para la izquierda. Su discurso, su actitud y su propia trayectoria hacían revivir las ingratas memorias de la dictadura militar. Por eso, mucho más que por sus evidentemente cuestionables méritos y preparación, Gabriel Boric ganó con tanta facilidad la segunda vuelta.

Ahora que el país se prepara para un nuevo plebiscito, la izquierda quiere reproducir el mismo campo de batalla. Aunque como Pinochet ya no está, la ausencia de Darth Vader obliga a la izquierda a combatir a los stormtroopers —esos soldados vestidos de blanco que destacaban por su suicida lealtad con el imperio del mal. Combatir a los stormtroopers es la única forma en que la izquierda puede ocultar sus propias debilidades, su falta de propuestas y su ausencia de hoja de ruta para construir un camino hacia la prosperidad. 

Por su parte, la derecha nuevamente arriesga caer en el juego de defender a Darth Vader. Los mismos rostros que han sufrido derrota electoral tras derrota electoral se alinean, como ineptos e incapaces stormtroopers, para una batalla que saben no podrán ganar. Sin haber aprendido nada de los dos gobiernos de Piñera —que logró convertirse en un punto de referencia tan impopular como el propio Pinochet—, la derecha avanza decididamente a desperdiciar la mejor oportunidad histórica que ha tenido desde 1988 para obtener una victoria electoral decisiva en el plebiscito del 4 de septiembre.

Como la izquierda intentará revivir a Pinochet para derrotarlo una vez más, la derecha debe entender que es momento de recordarle al país que Darth Vader está muerto. Para eso, finalmente, debe sacar del campo de batalla a todos esos rostros e imágenes que recuerdan el abuso y la colusión para dar la pelea con las ideas del progreso, la libertad y la prosperidad que tanto ansían y buscan los chilenos. 

*Patricio Navia es sociólogo, cientista político y académico de la UDP.

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