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Publicado el 06 de junio, 2020

La democracia en Jacques Maritain: Exigencias éticas en tiempos de crisis

Académico Correspondiente, Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Asociado de Historia y Filosofía Rodrigo Ahumada

Estas reflexiones han sido escritas como homenaje al filósofo chileno Fernando Moreno Valencia, con motivo de su reciente fallecimiento (1936-2020).

Rodrigo Ahumada Académico Correspondiente, Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Asociado de Historia y Filosofía

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Fernando Moreno fue un discípulo excepcional de Tomás de Aquino y Jacques Maritain. Su obra intelectual en el campo de la filosofía, la teología y la ciencia política no solo ha sido reconocida en Chile, sino también en América Latina y en Europa, siendo asesor del Papa Juan Pablo II y de Benedicto XVI, y Miembro Ordinario de la Academia Pontifica Santo Tomás de Aquino. Tuve la ocasión de trabajar con él durante 40 años, siendo al mismo tiempo mi Maestro y mi padrino en la fe católica.

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La súbita e inesperada irrupción de una patología desconocida hasta hoy (Covid-19), convirtiéndose rápidamente en una letal pandemia que nos recuerda la fragilidad de la existencia humana, nos obliga a rastrear en el pasado “las huellas de nuestros miedos” (Georges Duby). Justo cuando creíamos vivir en una época que había vencido las patologías trágicas del pasado, como fruto del desarrollo científico-tecnológico, el coronavirus ha sembrado la muerte, la inseguridad y el horror a pesar de todos los esfuerzos por detenerlo o controlarlo. Una vez más el mito del progreso necesario e indefinido que intentaba abrirse paso de la mano de la fascinación y obsesión tecnológica ha sido frenado por la dura realidad que nos recuerda que toda moneda tiene su reverso, y que el bien y el mal crecen juntos en la historia; una muestra tangible que el ser humano es demasiado humano (Friedrich Nietzsche). Los diversos países y pueblos de la ecúmene planetaria se han visto en la imperiosa necesidad de aplicar una serie de medidas y restricciones, que limitan las libertades de las personas, y que en algunos casos parecieran comprometer derechos fundamentales de las mismas. No se trata de un tema menor para los países democráticos porque los coloca ante una encrucijada que no es fácil de abordar y resolver.

En las sociedades occidentales, estas medidas se han tomado en nombre de un bien superior, como la salud pública, para evitar que el virus se siga propagando a niveles insospechados, poniendo en riesgo la vida de miles de personas. Esta cuestión ha dado origen a importantes debates intelectuales y políticos, sobre la primacía del bien común sobre el bien individual, o sobre el rol del Estado en una “sociedad de derechos”, no acostumbrada a deberes y menos aún a compromisos con las otras personas o con el todo social. Al mismo tiempo, la pandemia que nos golpea sin piedad ha dejado al desnudo la carencia de hábitos ciudadanos en un porcentaje importante de la población, acompañada de una cierta “rebeldía” a aceptar que el “yo egoísta” nunca debe erigirse por encima del bien común, noción eclipsada por la soberbia de la democracia liberal, que había vivido enorgullecida de haber hecho de la libertad un sujeto (hipóstasis), olvidando que el único sujeto en el orden político, social y económico siempre es la persona. En este contexto, el pensamiento político de Jacques Maritain y su filosofía sobre la democracia nos ofrece una respuesta de plena actualidad a los problemas y dramas que afectan al hombre contemporáneo. Una respuesta que se funda sobre la firme convicción filosófica que la verdad no tiene cronología y prevalece sobre las contingencias temporales.

¿Qué es la democracia? ¿Cuáles son sus principios esenciales? Estas cuestiones fundamentales para la existencia de una sociedad de personas libres hoy se encuentran amenazadas por dos errores de distinta naturaleza. Por un lado, ser monopolizadas por las ciencias sociales, particularmente la concepción anglosajona de la ciencia política (political science), que se concibe a sí misma como un saber empírico, ajeno a cualquier referente de carácter filosófico, vaciando tanto a la política como a la democracia de su fundamento antropológico y de su naturaleza ética (como si esto fuese posible). Por otro lado, ser absorbidas por el pensamiento ideológico que, a diferencia de lo que se creía en la década de los 70 y los 80, en vez de haberse extinguido, ha mutado hacia nuevos problemas, escenarios y actores, al punto de transformarse, para muchos, en la única alternativa para construir una nueva humanidad, sacando de su féretro el mito de la revolución, con la finalidad espuria de encauzar las nobles aspiraciones del ser humano, sobre todo para quienes viven en condiciones de extrema pobreza o marginalidad, para conducirlos como rebaño hacia la utopía del “igualitarismo”, que destruye todo vestigio de humanidad. Sabemos que la ideología es una mistificación de la realidad, como la historia del siglo XX lo ha mostrado hasta la saciedad, sin embargo, ella está ahí presente y al acecho para dar el zarpazo, desmantelando subrepticiamente las instituciones democráticas, no sin antes haberlas vaciado de su savia y espíritu mediante una hábil propaganda.

Es en este horizonte histórico y político que podemos apreciar en toda su amplitud y riqueza, la vigencia de la filosofía política de Jacques Maritain, y al interior de ella, de su concepción sobre la democracia. En efecto, para el filósofo de Meudon, una genuina democracia supone una visión de la política cuya textura es esencialmente ética, lo que Maritain denomina en su obra de madurez, El Hombre y el Estado, la “racionalización moral” de la política y que los clásicos llamaban ética social. Dicha visión se encuentra en las antípodas de la “racionalización técnica” de la política, visión que ha caracterizado a la Modernidad y cuyos influjos se extienden hasta nuestra Sociedad de la Información. Esta visión, cuyo origen se encuentra en el pensamiento de Nicolás Maquiavelo, hace del poder la ratio explicativa de la política y el fin de ella misma, estableciendo una ruptura epistemológica y óntica entre la ética y la política.

Esto no significa, como lo recuerda Maritain, que los políticos anteriores a Maquiavelo no hayan vivido generalmente sobre el axioma, que actuar políticamente no tiene relación alguna con actuar éticamente. Lo que hace Maquiavelo es darle una legitimación teórica y práctica, que le permita a “príncipes” o gobernantes alcanzar el éxito al que aspiran, liberándolos del peso de su “conciencia” moral. En esta lógica, un político realista es aquel que entiende con claridad que la política es el arte de obtener el poder, conservarlo y acrecentarlo, y que los medios puestos en obra deben ser coherentes con estos postulados, desterrando cualquier inhibición moral o ética. Los pensadores racionalistas llevarán estos principios hasta sus últimas consecuencias. Tal es el caso de Hobbes, Rousseau, Hegel, Marx, Gramsci o Giovanni Gentile, por mencionar solamente a los filósofos y pensadores que han sido claves en la génesis intelectual y política de los regímenes totalitarios del siglo XX.

El pensamiento político contemporáneo sigue siendo tributario de las premisas de Maquiavelo. Lo más grave es que muchos teóricos y políticos, pretendiendo exorcizar sus tesis con declaraciones o anuncios contra los postulados del fundador de la ciencia política moderna, terminan generalmente inclinándose delante del becerro de oro construido por el maquiavelismo. ¿No son acaso el recurso sistemático a la mentira, las medias verdades, la dramatización de falsos problemas, el engaño, la demagogia o la adulación al pueblo considerado como una “masa informe” las prácticas que han permitido a populistas de toda índole acceder al poder en pleno siglo XXI?

Un segundo aspecto clave para comprender el pensamiento de Maritain sobre la democracia (y la política), es que ella es inseparable de una antropología o visión del hombre. En este caso se trata de una filosofía de la persona y de la libertad (Cf. La Persona y el Bien Común), que tiene en cuenta la condición existencial del ser humano, en cuanto este último es un sujeto histórico y cultural (Cf. Humanismo Integral, Filosofía de la Historia, Religión y Cultura). Se trata de una filosofía de la persona desarrollada de manera notable, a la luz de los principios metafísicos (y teológicos) establecidos por Tomás de Aquino. Al igual que su maestro, Jacques Maritain sabe que “la persona significa lo que es más perfecto en toda la naturaleza, es decir, lo que subsiste en la naturaleza racional” (Tomás de Aquino, Suma de Teología, I, q. 29, a. 3; Quaestiones Disputatae, De potentia Dei, q. 9, a. 4, sol.).

El destacado filósofo concibe al ser humano (cada ser humano) como una persona, es decir, como un universo de naturaleza espiritual, dotado de razón y de voluntad, y por lo mismo un centro inagotable de conocimiento, de amor y de libertad. Como lo ha recordado Fernando Moreno Valencia, “es a partir de aquí, a partir de las exigencias de la persona humana, que Maritain elabora una filosofía política, apuntando con ello no sólo a decirnos qué es la política, o qué es la polis, sino más aún, cuál es la ‘buena vida humana del pueblo’, cuál es la norma que debe regular la justa convivencia” (Actualidad de Jacques Maritain, p. 17, también del mismo autor, Iglesia, Política y Sociedad; Libertad y Desarrollo; Lo Cristiano y la Política; Reflexiones sobre la Democracia). Por ello, la persona nunca puede ser considerada bajo la razón de medio (sacrificable para otros fines ajenos a su grandeza y dignidad) o bajo la razón de parte (como la abeja en la colmena).

Jacques Maritain ha comprendido, con una profundidad difícil de encontrar en otros pensadores, que la persona es un fin en sí misma, y que ella es una totalidad o universo, una unidad sustancial de cuerpo y alma espiritual. Es justamente, en cuanto totalidad que ella forma parte de otra totalidad mayor a la que llamamos sociedad política: “cuando decimos que un hombre es persona, queremos decir que no es simplemente un trozo de materia, un elemento individual en la materia, del mismo modo que un átomo, una espiga de trigo, una mosca o un elefante es un elemento individual en la naturaleza. ¿Dónde está la libertad, dónde está la dignidad, dónde están los derechos de un trozo individual de materia? No tiene sentido que una mosca o un elefante den su vida por la libertad, la dignidad, los derechos de la mosca o del elefante” (Los Derechos del Hombre y la Ley Natural).

Ciertamente, el ser humano es un animal (racional), y en cuanto tal individuo de una especie (humana), pero no es un individuo como los otros, el ser humano es un individuo que se gobierna a sí mismo por la inteligencia y la voluntad. En este sentido, “el hombre no existe solamente de una manera física, hay en él una existencia más elevada, sobreexiste espiritualmente en conocimiento y en amor. De esta manera, es, de algún modo, un todo y no solamente una parte, es un universo en sí mismo, un microcosmos en el que el gran universo entero puede ser contenido por el conocimiento y que por el amor puede donarse libremente a otros seres, que son, para él como él mismo, relación a la que es imposible encontrar equivalente en todo el universo físico” (Cf. Los derechos del hombre y la ley natural, La persona y el bien común). Aquí se encuentran los principios metafísicos de la distinción entre persona e individuo, que le cuesta tanto entender al pensamiento actual, incluso a quienes se declaran discípulos del filósofo (Juan Manuel Burgos, miembro del Instituto Jacques Maritain, llega al extremo de señalar que en el filósofo francés hay “una cierta tendencia dualista”, olvidando que no existe ningún discípulo de Tomás de Aquino que defienda algún tipo de dualismo).

El pecado capital de muchos líderes y teóricos de la política contemporánea consiste en la reducción del ser humano a un simple individuo. Esto es algo que observamos no solo en la ideología tecnológica que busca la uniformidad de las personas y de sus conciencias (Cf. Jacques Ellul, Byung-Chul Han, Yuval Noah Harari), sino también en las tendencias que se disputan la hegemonía política en las democracias occidentales. Tanto para los partidarios de la “sociedad de mercado” como para los defensores de una “sociedad colectivista”, la persona en cuanto individuo es tan solo un medio, incluso una estrategia, para hacer tanto del mercado como del Estado, los nuevos sujetos o actores del orden político, social y económico. Con esto se olvida el principio axial de una genuina democracia: solo la persona es el principio y fin de todas las instituciones sociales.

En tercer lugar, Maritain es consciente que los detractores y enemigos de la democracia la asocian a ciertas realizaciones históricas donde el espíritu de ella no está y no ha estado nunca presente. Poco importa si se trata de la democracia “liberal” (concepto por lo demás ambiguo) o de la democracia “jacobina”. El filósofo ha desarrollado esta cuestión de capital importancia en su verdadero terreno, una filosofía política realista (realismo crítico), que supone como exigencia de ese realismo, una filosofía de la historia y de la cultura. Es justamente a propósito del ascenso de las ideologías totalitarias al poder (comunismo, nazismo y fascismo), y la tragedia que significó para Europa y la humanidad, la Segunda Guerra Mundial, junto a los campos de exterminio “institucionalizados” por los regímenes totalitarios, que Jacques Maritain elabora su filosofía política sobre la democracia, en diversas obras entre las que se encuentran, Del Régimen Temporal y de la Libertad, Humanismo Integral, El Crepúsculo de las Civilizaciones, De la justicia Política, A través del desastre, Los Derechos del Hombre y la Ley Natural, Cristianismo y Democracia, Principios de una Política Humanista, A través de la victoria, Por la Justicia y La Persona y el Bien Común, escritas en el periodo que va desde el año 1932 hasta 1947. El filósofo volverá sobre la gran cuestión de la democracia en su obra mayor de filosofía política, El Hombre y el Estado (1951).

En su bello y testimonial libro, cristianismo y Democracia, Maritain plantea con una lucidez inigualable una de sus tesis fundamentales sobre la democracia: “la tragedia de las democracias modernas es que no han sido capaces de realizar todavía la democracia”. ¿Cómo explicar esta suerte de paradoja? Las razones o causas son diversas; entre ellas conviene mencionar a “los enemigos del ideal democrático (que) no se han desarmado nunca y sus resentimientos, su odio al pueblo y a la libertad, no han hecho más que crecer, a medida que las debilidades y las faltas de las democracias modernas les daban más pretextos”. La otra causa, se encuentra en el hecho que la democracia “exigía necesariamente realizarse en el orden social del mismo modo que en el político y esta exigencia no ha sido satisfecha”. Sin embargo, la causa principal “es de orden espiritual y reside en la contradicción interna y el malentendido trágico, del que han sido víctimas las democracias modernas, sobre todo en Europa. En su principio esencial, esta forma y este ideal de vida en común que se llama democrática proceden de la inspiración evangélica y no puede subsistir sin ella” (Cf. Cristianismo y Democracia).

Ha sido el cristianismo que ha enseñado a la “conciencia profana” no solo la idea y la grandeza de la persona (concepto que no está en los clásicos), sino también el principio universal del amor fraternal, que permite reconocer en el otro a un semejante, y no a un enemigo del cual debo defenderme. En este punto Maritain sigue de cerca a su maestro en La Sorbona, el filósofo Henri Bergson, quien señala en su gran obra Las dos fuentes de la Moral y de la Religión, que “la democracia es de esencia evangélica y tiene por motor el amor”. En continuidad con Bergson, Maritain agrega, “el cristianismo ha proclamado que, donde se encuentren el amor y la caridad, está Dios, y que depende de nosotros hacer de cada hombre nuestro prójimo, amándolo como a nosotros mismos y teniendo compasión de él, es decir, de algún modo muriendo a nosotros mismos por él” (Ibid.).

En la hora presente, cuando muchos desesperan de la democracia, sobre todo a causa de la incapacidad de los grupos dirigentes (y sus disputas por el poder) para realizar los ideales más nobles a los que aspira el ser humano, como son la libertad, la justicia social y la amistad ciudadana, pilares que hacen posible una verdadera comunión humana, fundada en el respeto al otro como otro, y garante de un orden político fundado en la paz (el otro nombre del bien común), conviene recordar las enseñanzas del gran filósofo de la democracia: “la democracia lleva en un frágil navío la esperanza terrena y podría decirse que la esperanza biológica de la humanidad. Es cierto que el navío es frágil. Cierto que nos hallamos aún más al comienzo de esta experiencia. Cierto que hemos pagado y pagamos caro graves errores, graves fracasos morales. La democracia puede ser torpe, inhábil e inconsecuente y estar expuesta a traicionarse a sí misma cediendo a instintos de cobardía o de violencia opresora… Sin embargo, la democracia es la única vía por la que pasan las energías progresivas en la historia humana” (El Hombre y el Estado).

Aún más, Maritain nos recuerda una verdad práctica de capital importancia, “solo mediante la democracia puede realizarse una racionalización moral de la política”, en cuanto ella es “una organización racional de libertades fundada en la ley” y cuyo fin no es otro que la realización efectiva del bien común, teniendo en cuenta que este último es ante todo un bien moral (El Hombre y el Estado). ¿Serán capaces las democracias actuales de realizar las exigencias éticas de la democracia? Este es el gran desafío y la gran tarea que deberemos enfrentar y emprender cuando la pandemia inicie su retirada de nuestras abatidas sociedades.

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