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Publicado el 02 de agosto, 2015

La decisión de Michelle

La verdadera decisión es si la Presidenta resistirá la tentación del populismo o cederá a la presión de los que le dicen que hay que ganar a cualquier costo.

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En 1982, “La decisión de Sophie”, una película protagonizada por Meryl Streep y dirigida por Alan Pakula nos conmovió de una manera inolvidable. La historia narra la decisión que el personaje de Sophie Zawistowski tuvo que tomar en el campo de concentración de Auschwitz: elegir cuál de sus dos hijos debía morir y cuál tendría la posibilidad de salvar con vida al horror del exterminio nazi. Imposible imaginar que una madre, o un padre, pueda verse enfrentada a una situación más cruel e inhumana. La decisión implica no sólo la muerte física de uno de los hijos –en este caso la hija-sino el fin de cualquier esperanza de felicidad o paz de la madre en el futuro; porque lo que viene después, sin importar cuánto dure, es apenas sobrevida, el tiempo detenido en ese momento que marca una frontera imposible de traspasar.

Guardando las diferencias obvias, y sin intención de caer en el melodrama, la historia de Sophie se puede extrapolar a la política con la decisión que la Presidenta Bachelet deberá enfrentar y asumir en lo que le queda de gobierno, y que tendrá en el mentado “cónclave” de la Nueva Mayoría un hito importante. Así como el personaje de Meryl Streep tuvo que optar entre su hija y su hijo, la Presidenta tendrá que hacerlo entre dos opciones: evitar que se profundice la caída de nuestra economía o seguir adelante con sus reformas.

Si se mira la situación desde el pragmatismo propio de la política, los partidos oficialistas saben que tienen por delante dos años electorales, que la economía está detenida, que como van las cosas el desempleo tiene que subir en los próximos 24 meses y que tienen que optar ahora entre una de dos explicaciones que deberán dar en el futuro: por qué las cosas van mal o por qué no se cumplió el programa.

Algunos piensan que si la inversión no se recupera y el país vuelve a crear empleos, la reacción de la enorme clase media será políticamente catastrófica. Sólo pensar en la Presidenta entregándole por segunda vez la banda presidencial a un opositor es una pesadilla, que puede traspasar los límites de la crueldad si ese receptor es, también por segunda vez, Sebastián Piñera. Es imprescindible, para evitarlo, que la economía vuelva a enrielarse. Se puede oir: Realismo con renuncia compañeros, cualquier otra cosa es taparse los ojos a la realidad.

La otra visión es que el descontento se va a centrar en esos chilenos que esperaban reformas que le cambiarían la vida, pero que se sentirán engañados y defraudados con esta Nueva Mayoría que, a la primera, cedió a la presión de los empresarios y volvió a doblegarse ante los intereses neoliberales. “La primera vez tuvimos que ceder ante Velasco y ahora ante Valdés que es, ni más ni menos, un nuevo Velasco”, dirán. Realismo pero sin renuncia compañeros, lo otro es volver a doblegarse ante la derecha económica y volver a perder las elecciones ante la derecha política. También puedo imaginar esos discursos, como si los estuviera oyendo.

El realismo no es otra cosa que contar los pesos, ver para qué alcanzan y el resto tendrá que esperar su momento, porque nadie puede gastar lo que no tiene. Es volver a la lógica de la Concertación, que no era tan estricta en realidad, pero tenía ciertos límites que no traspasaba.

Sin renuncia significa obligar a Valdés a abrir la billetera: “tenemos ahorros y para qué están si no es para gastarlos en tiempos de estrechez”. No hay razón para esperar que se produzcan los ingresos tributarios para financiar la gratuidad “Chile tiene para cubrirla, usemos esos recursos”. Además, eso del balance estructural es un “ideal”, como ya dijo alguien, pero no es un dogma; claro que el Estado puede gastar más de lo que le ingresa en forma permanente, porque tenemos una enorme capacidad de crédito, no hay que tenerle miedo a la deuda.

Este es el discurso que se levantará con más fuerza en el cónclave. La verdadera decisión, que está subyacente y todos esperamos, es si la Presidenta resistirá la tentación del populismo o cederá a la presión de los que le dicen que hay que ganar a cualquier costo. La derecha no puede volver a gobernar, la macroeconomía no puede volver a imponerse al “sueño” de una sociedad más justa.

Pero la Presidenta seguramente sabe que, al igual que el personaje de Meryl Streep, cualquiera sea la decisión que tome, tendrá que sobrevivir con ella para siempre. Es el fracaso electoral y político de la Nueva Mayoría o el fracaso de un proyecto de centro izquierda responsable, que podía tratarse de tú a tú con la socialdemocracia europea.

¿Cómo pasará a la historia: será la Presidenta que dos veces le entregó el gobierno a la derecha; o será la que sepultó el sueño de una centroizquierda de país desarrollado?

Al final, igual que Sophie, es ella sola frente a la historia; es la elección de cuál derrota prefiere. Es vivir para morir o es morir para vivir. Dicen que es difícil gobernar, ella ya lo sabe mejor que nadie.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: AGENCIAUNO.

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