El resultado del Apruebo en el plebiscito de 2020 es el más amplio que se haya verificado entre las contiendas democráticas a nivel nacional en más de treinta años desde 1990. Una contundente mayoría votó a favor de la redacción de una nueva Constitución (votó también –rozando el 80%– por una Convención Constitucional para hacer la tarea). No es posible exagerar el significado político de ese inédito acontecimiento electoral. En los hechos, representó el fin de un largo ciclo de 40 años en el que el país se rigió, extrañamente, por disposiciones transitorias de la Constitución de 1980 y por versiones sucesivas que la reformaron profundamente en 1989 y 2005. En definitiva, el plebiscito de 2020 decretó la defunción política de una Carta Fundamental que nunca pudo superar su vicio de origen y que fue convertida por sus detractores en emblema de los males nacionales del último tiempo.

Tanto o más relevante que la cuestión constitucional fue la apuesta del electorado por un camino que entrañaba una esperanza, como ninguna que había abrigado hasta entonces la actual generación de chilenos, de ver resueltos problemas acuciantes de la sociedad chilena que el sistema político dejó estar por demasiado tiempo. En efecto, una parte significativa del electorado dobló su apuesta un año después con la elección de Gabriel Boric, el más novel de los candidatos presidenciales, apoyado por una alianza con escasa experiencia en el poder, para dirigir los destinos del país en uno de sus momentos más inciertos y turbulentos. Un arriesgado doble o nada.

A la luz del trabajo realizado hasta aquí por la Convención Constitucional que en gran medida ya puede juzgarse sin temor a equivocarse– y del infortunado accionar del gobierno en sus primeros meses, esa esperanza se ha desvanecido abruptamente, y en su lugar se ha instalado una profunda decepción ciudadana, como lo muestran numerosas encuestas. La doble apuesta en la que tantos chilenos pusieron sus fichas, y algunas de sus más sentidas ilusiones, no ha dado el resultado esperado. Mientras se agravan problemas y campea a sus anchas la violencia, el gobierno y el sistema político parecen inermes para enfrentarlos con eficacia.

La decepción y el desengaño son sentimientos que nada bueno auguran, sobre todo en una sociedad que los viene sintiendo y acumulando desde la frustrada promesa de superar la desigualdad (segundo gobierno de Bachelet), seguida de la también frustrada recuperación de la prosperidad –la promesa de los tiempos mejores del segundo gobierno de Piñera–. ¿Podrá tolerar una tercera frustración en línea, causada esta vez por un sistema político renovado hasta sus cimientos para acometer cambios, mas no una refundación? ¿A qué más, a quienes más, se podrá echar mano?

Lo cierto es que el nuevo ciclo político despunta bajo un cielo cargado de gruesos nubarrones. De esos que anuncian chaparrón y tormenta.

*Claudio Hohmann es Ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones.

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