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Publicado el 01 de diciembre, 2016

La culpa no es del dron

Si los drones toman fotos (¡O lanzan bombas!) y los autos se manejan solos, ¿no habría que repensar por obsoletas algunas concepciones sobre lo que entendemos por "trabajo"?
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Una de las cosas que debe hacer la mayoría de los periodistas antes de entregar un artículo es incorporar el crédito de las imágenes que acompañan al texto. Me ha tocado hacerlo un montón de veces, ya fuera poniendo el nombre del fotógrafo de una agencia externa o el de uno del mismo medio. A algunos los conocía en persona y a otros no, pero todos tenían algo en común: eran seres humanos.

Hace poco por primera vez le adjudiqué el crédito de una imagen a un robot, en una columna editada para este diario. Mi nuevo colega se llama Sky Rec Drone y tomó varias fotos impactantes de la marcha contra las AFP frente a La Moneda, una de las cuales escogí, reconociendo su labor.

Él no puede darme las gracias, claro, y me pregunto si eso afecta nuestra relación de trabajo. Entiendo que no se manda solo y que alguien —de carne y hueso, por el momento— lo maneja desde tierra. Quizás él o ella merezca el crédito de la foto, entonces, y no el chiche volador. Pero luego pienso que esa persona casi con seguridad no es un fotógrafo profesional, sino más bien un piloto a distancia que captura imágenes. ¿O serán lo mismo? A decir verdad, no lo tengo claro.

Lo que sí tengo claro es que es un ejemplo palmario del tipo de cambios en el mundo del trabajo de los que casi nadie habla por estos lados. Ciertamente no la CUT, que sigue obsesionada con sindicalizarnos a todos, con o sin nuestro consentimiento, ciega tanto a las nuevas modalidades de empleo y capacitación como a los cambios de la sociedad; tampoco la mayoría de los políticos, que reducen la discusión laboral al sueldo mínimo, las cotizaciones y el derecho a huelga.

Y entonces se arma un escándalo porque la tecnología de Uber es una amenaza para el gremio de los taxistas, cuando lo cierto es que el verdadero trastorno vendrá con los automóviles sin chofer, que ya están a la vuelta de la esquina. O se pontifica incansablemente sobre derechos sindicales y jubilaciones justas, cuando muchas actividades que emplean a los trabajadores más vulnerables —los poco educados, los no especializados, los jóvenes, los de tercera edad— están en vía de extinción. ¿O usted cree que poner bencina, atender mesas, limpiar pisos y vender comida rápida son oficios con futuro en la economía del siglo XXI? ¿Qué va a pasar con esa gente cuando se roboticen estas y otras tareas? Si los drones toman fotos (¡O lanzan bombas!) y los autos se manejan solos, ¿no habría que repensar por obsoletas algunas concepciones sobre lo que entendemos por «trabajo»?

Dicho esto, lo anterior NO es dos cosas. Primero, no es un llamado neoludita a destruir enfurecidos las máquinas que nos están cambiando la vida, al estilo de los obreros textiles ingleses del siglo XIX, porque no es la primera vez que esto pasa, aunque ciertamente nunca había ocurrido a esta escala ni a esta velocidad. Lo vivieron antes los monjes copistas, los heraldos, los conductores de carreta, los carteros, los mineros, las costureras, los relojeros, los telegrafistas, las telefonistas, los maquinistas de ferrocarril, los operadores de tranvía, los pintores de carrocerías, los retratistas, los actores de radioteatro y un largo etcétera. Toda la evidencia histórica indica que al avance tecnológico no hay que oponerse, sino adaptarse (que no es lo mismo que capitular de rodillas, ojo).

Segundo, tampoco es un llamado a la intervención estatal en defensa de los oficios desplazados, ni menos a la ampliación de un modelo de sindicalismo trasnochado para proteger a las víctimas de este nuevo mundo laboral, potencialmente más deshumanizado y alienante que el que Marx describió, sin jamás entenderlo. No superaremos con éxito los desafíos del presente y del futuro, ni aprovecharemos las oportunidades, usando los enfoques del pasado. Eso lo han demostrado con creces los miembros de la bancada juvenil, por ejemplo, que entienden el mundo del trabajo con los códigos de la lucha de clases, tal como hacen política con el manual de Gramsci. A esto hay que ponerle cabeza fresca, no ideología rancia.

Un buen punto de partida sería incorporar estos temas al debate nacional sobre educación, que hasta ahora se ha centrado en cualquier cosa menos en educación. De poco va a servir que los estudios superiores sean gratuitos si no reflexionamos en serio sobre qué se enseña en las universidades, cómo y para qué. Y tampoco se entiende cómo ayuda prohibir el lucro en los colegios —suponiendo que fuera una buena idea—, si la discusión sobre calidad se centra en ocurrencias nefastas como eliminar la Filosofía y los liceos de excelencia, con un distorsionado concepto de lo que significa prepararse para el mundo moderno. No es casualidad que el libro Teaching and Learning for the XXI Century, editado por la Universidad de Harvard, afirme que nuestros escolares son débiles en varias de las llamadas “competencias del siglo XXI”, según publicó La Tercera hace unos días.

Sí, sería un buen punto de partida. Pero solo eso, nada más. En la revolución laboral que se nos viene encima la culpa no va a ser del dron, sino del que le da el afrecho. Mejor estar prevenidos.

 

Marcel Oppliger, periodista y autor

 

 

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