Si hay un tema sensible permanente en América Latina es la lucha contra el narcotráfico. Y si existe algo tremendamente corrosivo para su economía y su sociedad es justamente la criminalidad organizada, asociada a ese tipo de delitos.

Por eso, el poético discurso del presidente colombiano ante la Asamblea General de la ONU no pasó inadvertido. Aún más, su forma y su contenido obligan a revisar ciertos aspectos con la finalidad de escudriñar (quizás con pocas posibilidades de éxito) dónde se encontraría aquello que denominó una belleza ensangrentada.

Para abordarlo conviene ir haciéndolo mediante algunas preguntas claves.

Primero: ¿tuvo éxito Gustavo Petro al plantear en su discurso que hay un fracaso en la lucha contra las drogas? Desde luego que sí. Sin embargo, su categórica visión es una invitación a examinar cuanto vaya a hacer en esta materia y se entiende que aceptará la evaluación que se haga de su gestión. 

En tal perspectiva, habría que concederle a Petro que, partir de la premisa del fracaso de todos sus antecesores, pronto obsequiará a sus connacionales un plan nunca antes visto. Petro quizás esté pensando en convertirse pronto en un modelo a seguir por los demás países. La región entera debería sentarse a esperar grandes vuelcos.

Segundo: ¿habrá seleccionado bien esas palabras grandilocuentes y el tono para referirse a algo tan complejo, según indica la experiencia mundial? Aquí la respuesta se inclina más bien hacia reparos serios y fuertes. Por de pronto, al cuestionar la lucha contra las drogas, y muy especialmente asociarlas a la destrucción de la Amazonía, a la explotación inmisericorde de los recursos naturales y sostener que, de paso, los esfuerzos en esa dirección demonizan a los campesinos, puede ser interpretado como un grueso error de diagnóstico. Sus palabras reflejan más bien una argumentación confusa. En lenguaje popular, mezcló peras con manzanas.

En esta misma línea, surge una tercera cuestión a partir de una propia interrogante planteada por Petro. ¿Qué es más venenoso para la humanidad, el petróleo, la cocaína o el carbón?. Existe consenso que el auditorio de la Asamblea General recibió atónito dichas expresiones y creyó estar en presencia de una improvisación no menor. Muchos medios de prensa de todo el mundo recogieron con algún grado de estupor estas palabras.

Es tan fuerte esa sensación (la señal visual es que a ratos se salió del discurso escrito), que, muy probablemente, el exguerrillero y su entorno, estén evaluando si fue correcto o no salirse del libreto.

En otro pasaje de su intervención, destaca una crítica habitual -quejumbrosa y visceral- al extractivismo. No deja de llamar la atención que esta peregrina y curiosa idea ha empezado a tomar vuelo en los últimos años y ya circula por las arterias de todo político latinoamericano que se precie de tener vocación maximalista y simplificadora. Resulta curioso en extremo, pues deja en el olvido que hay grandes economías desarrolladas -y admiradas por el progresismo del primer mundo- cuyo éxito se basa justamente en el extractivismo. Basta ver el aporte de esta actividad a la economía australiana, por ejemplo. Un país que suele ser puesto como modelo en muchos planos, sin reparar su cualidad de país minero.

Esta idea es además del todo peregrina. Sin necesidad de entrar a profundizar, baste recordar el obvio carácter energívoro de nuestra civilización. Sin los recursos fósiles (muchos de los cuales Colombia dispone a raudales), la humanidad sería sencillamente inviable. Por eso, el extractivismo es tan vital y abarca el planeta entero, guste o no guste.

Las críticas hacen caso omiso que los seres humanos no desarrollaron la industria petrolífera por simple capricho explotador, sino, lisa y llanamente, porque el costo energético de la energía (energy return on energy investment, EROEI) tiene el retorno neto más elevado de todos, aparte de su alta densidad energética y fácil transportabilidad. Por esto, y por la necesidad de gigajulios por toneladas imprescindibles para que el mundo actual, con sus 9 mil millones de habitantes, funcione, se seguirá dependiendo del petróleo y del gas durante muchísimo tiempo más aún. Eso, independiente de los deseos.

También se pudieron colegir algunas imprecisiones que bordean lo absurdo. Los problemas medioambientales propuestos por Petro en el marco de su preocupación por la Amazonía, no pueden ser más importantes ni más urgentes que los económicos. Como bien grafica V. Smil, cualquier estadista debería saber que todo está relacionado tal cual lo está un cuerpo humano, donde el riñón jamás será más importante que el hígado.

Enseguida, más de algún asistente a tan majestuoso podio, debe haber quedado intrigado con el llamado hecho por Petro a enfrentar este problema con un arma tan curiosa como la aplicación de “más amores”. ¿Habrá sido unas parábola o una estrategia misteriosa?. Hasta ahora sólo se conocía algo muy concreto en dicha dirección, como fue la utilización de la actividad sexual como arma para enfrentar cuestiones aparentemente insolucionables, como eran vistas las guerras en la antigua Grecia.

En tal contexto, el notable Aristófanes escribió Lisístrata, donde las mujeres aplican el arma de una huelga sexual y deciden congelar tan noble y apetecida actividad hasta que los hombres pusiesen fin a la guerra del Peloponeso (“seremos tan frías como el hielo” concuerdan Lisístrata con Cleónica en dicha comedia). Quizás ignoramos que el mandatario es un demiurgo de Aristófanes y buscó inspiración en él.

Sabor a poco dejó entonces la alocución de Petro en la ONU. Dejó entrever un aire voluntarista con demasiadas simplificaciones. Al ser Colombia un país asolado durante décadas por la violencia hubo cierta expectación por las novedades que pudiera haber traído un presidente deseoso de marcar nuevas improntas. Especialmente, porque, como se sabe, la dinámica proyección de las organizaciones criminales está planteando severos retos.

A diferencia de otras zonas del mundo, sacudidas por el juego geopolítico y por las disputas de áreas de influencia entre las democracias occidentales y los regímenes iliberales, los países latinoamericanos enfrentan un problema más específico, como es el carácter cada vez más transnacional del crimen organizado y el retraso en su capacidad de reacción ante las estructuras flexibles de las organizaciones criminales. La futura arquitectura de seguridad regional pasa necesariamente por saber enfrentar este enemigo común. En esa línea, las confusiones divisadas en el discurso de Petro pueden ser interpretadas como una decepción.

Sin embargo, pudiera ser que estemos profundamente equivocados y sus impetuosas palabras, así como el estilo lírico del discurso lo hayan dejado satisfecho. Ir a contrapelo de la tradición más reposada de la diplomacia colombiana quizás es más importante, ya que es consistente con su trayectoria rupturista. El tiempo lo dirá.

Una cosa sí es cierta. Independientemente del tipo de alegorías y la elocuencia utilizados, el narcotráfico y el crimen organizado, difícilmente puedan ser aceptados como bellezas ensangrentadas. La experiencia de cada país demuestra que son, mejor dicho, descensos a los infiernos.

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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