Dos semanas después de iniciada la invasión rusa, el Responsable de Exteriores y Seguridad de la Unión Europea, el español Josep Borrell, clamaba por la mediación china. “No hay más opción, ni nosotros ni EE.UU. podemos, sólo puede ser China”, constataba con un tono de clara impotencia. 

Las palabras de Borrell dejaban al descubierto, por un lado, las limitaciones de los europeos en cuestiones estratégicas de nivel global y, por otro, apuntaban a la complejidad de este conflicto geopolítico en el flanco oriental del Viejo Continente. Las expresiones de Borrell ayudan a entender, además, que cualquier intento de negociación en el caso ucraniano debe reunir muchos más requerimientos de los ya habituales en este tipo de esfuerzos. Sabido es que cualquier negociación destinada a destrabar conflictos armados, especialmente si son inter-estatales, o intra-estatal con fuerte injerencia externa, requieren algo más que voluntad (por genuina que sea) y deseo (por manifiesto que parezca).

En el caso ucraniano, las negociaciones son complejas porque estas se dividen en dos partes: un alto al fuego y un acuerdo de paz. El primero, se ve posible. El segundo, aún bastante lejano. El problema es cómo hacer perdurable la neutralidad ucraniana. Kiev la quiere con garantes. Eso Moscú no lo puede aceptar.

Como sea, el camino hacia esos difíciles objetivos va a ir de la mano de Turquía, China e Israel, los tres grandes facilitadores que han aparecido en el escenario.

Para comprender las complejidades de estas negociaciones pareciera sugerente mirar ciertas características de algunas consideradas modelo. Sin duda, la de mayor repercusión fue la llevada a cabo por Kissinger y el canciller norvietnamita Le Duc Tho, en París a inicios de los 70. Tras meses de duras, tediosas e intensas conversaciones, con múltiples consultas, retro-consultas, verificaciones, e incluso algunos retrocesos, lograron poner fin a la guerra de Vietnam, aquel episodio bélico que conmocionó a las generaciones de los años 60. El modelo seguido, según admitieron los dos cancilleres, se fue construyendo sobre la marcha. Aseguran haber partido por identificar los puntos de fricción, y luego transparentar sus intereses, para abordar enseguida los objetivos de cada quien. En su libro Diplomacia, Kissinger destaca la impenetrabilidad del lenguaje, la distancia visual, la frialdad analítica y la impecable cortesía de Le Duc Tho, como las facetas más difíciles para hacer fluir las conversaciones. A ambos se les reconoció el esfuerzo con el premio Nobel de la Paz. Fue un proceso muy reconocido, no sólo por sus resultados, sino por el modelo que estableció.

Años más tarde, Kissinger promovió otro modelo exitoso, llamado shuttle diplomacy, pensado para un conflicto de naturaleza distinta, y basado en frecuentes contactos personales de ida y vuelta, promovidos y ejecutados por un negociador con poderoso ascendiente sobre las partes, a las cuales les fue fijando plazos. Se trató de la antigua Rhodesia, país sumido en una guerra civil, que ya había rebasado las fronteras de varios países vecinos, y donde además imperaba un régimen de apartheid, al cual se oponían dos milicias también enfrentadas entre sí. Durante meses, Kissinger viajó por los países involucrados, conversando con todos los intervinientes y con sus apoyos en los países centrales. Fue exitoso por cuanto consiguió el fin del apartheid y la anuencia entre todos para una transición pactada; un momento clave para desactivar grandes conflictos políticos. Posteriormente, trató de replicar la shuttle diplomacy  en el Medio Oriente, pero fracasó de manera estrepitosa. Quedó en claro que no existen modelos exitosos per se, especialmente si no se da un compromiso genuino con el pacto negociado. De hecho, el Presidente francés Emanuel Macron, ha intentado revivir este mecanismo ahora en Ucrania. Sus esfuerzos no han sido en vano, pero no se puede hablar de éxitos.

Lo concreto es que este caso ucraniano presenta numerosas complejidades y particularidades. Quizás lo más excepcional lo grafique la presencia activa en las conversaciones de un potentado y muy influyente oligarca ruso, llamado Roman Abramovich (el propietario del Chelsea), cuya participación como facilitador es promovida, curiosamente, por el gobierno ucraniano. El propio presidente Zelenski ha solicitado a los países occidentales dejar fuera de las sanciones a Abramovic y a sus empresas y propiedades. Dice considerarlo un canal directo con Putin. 

Por estos días ha sido posible ver y escuchar numerosas disquisiciones acerca de esta posición tan excepcional de Abramovich. Se ha sabido que goza de gran respeto en las colectividades judías europeas y en el propio Israel (numerosos familiares suyos murieron en el Holocausto), también se ha sabido de fuertes y vistosas inversiones en Ucrania, Israel y Turquía. Cuestiones algo prosaicas dan cuenta de tal excepcionalidad. En Estambul están anclados varios de sus yates y en estos momentos se encuentra comprando el popular equipo de fútbol Goztepe Izmir. And last but not least, mantiene desde hace un tiempo una estrecha relación con la modelo ucraniana Alexandra Korendyuk. Esto refleja la centralidad de las personas para negociar pactos exitosos.

Estas particularidades le dan el verdadero contexto a las lastimosas palabras de Borrell. Y es que resulta obvio el carácter hiriente a oídos europeos que Turquía e Israel estén jugando un papel mucho más determinante. El primero siempre ha sido considerado socio periférico y el otro un país de dimensiones demasiado modestas e inmerso en una efervescencia propia demasiado fuerte como para ser figura clave en Ucrania. Sin embargo, la habilidad, asertividad y sagacidad han transformado a Jerusalén y Ankara en actores de primera línea, apareciendo muy convergentes y complementarios al papel que necesariamente deberá jugar China. 

Para Turquía, la oportunidad es de oro. El país puede convertirse en un actor clave en la construcción de una nueva arquitectura de seguridad europea. Es muy probable que, si su papel en Ucrania tiene éxito, propondrá una nueva agenda de seguridad, similar a la conseguida por Helsinki en plena Guerra Fría, cuando en 1975 el país nórdico logró articular una primera conferencia conjunta de seguridad entre todos los países europeos y EEUU, más allá de la OTAN y el Pacto de Varsovia. En lo bilateral, Turquía ha estado, desde hace años, dando forma y contenido a relaciones perdurables tanto con Ucrania (vía venta de armas y equipos de telecomunicación civil) como con Rusia, gracias al gas y petróleo y confianzas militares generadas en torno a otros conflictos regionales (Siria y Nagorno-Karabaj). 

Por su lado, Israel ha aprovechado esta oportunidad para aumentar vigorosamente su presencia estratégica. Su diplomacia ha sabido convertir en capital político los intensos lazos comerciales y de seguridad y defensa con los dos contendientes. Es muy probable que, si las negociaciones prosperan, salga fortalecido en todo el marco del convulsionado Medio Oriente.

Desde luego que lo más expectante descansa en la sinergia negociadora que se vaya estableciendo con Pekín; aquel gran factor de poder, según admite Borrell. La verdad es que China y Rusia han desarrollado bajo Xi y Putin una amistad especial, que tiene que ver con maneras similares de ver el mundo, de relacionarse con Occidente y de apoyarse en circunstancias complejas. No extraña que ambos se hayan reunido 38 veces, ni que Moscú haya informado previamente a Pekín de su “operación militar especial”, ni que Xi le haya pedido a Putin postergarla brevemente para no empañar la realización de la Olimpíada de invierno en suelo chino. ¿Puede caber alguna duda entonces que la diplomacia de Pekín no sea gravitante a la hora de sellar las negociaciones en torno a Ucrania?

Lo observado hasta ahora permite suponer que Pekín, Ankara y Jerusalén emergerán -cada uno en el contexto de sus capacidades- como tres nuevos grandes articuladores de la nueva era que se iniciará una vez finalizado este conflicto.  

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