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Publicado el 16 de junio, 2020

Juan L. Lagos: “El Presidente”: Altas expectativas, gran decepción

Investigador Fundación para El Progreso (FPP) Juan L. Lagos

El talón de Aquiles de esta serie está en un guion timorato y plagado de lugares comunes, que se vale de un muerto —Grondona— y un paria —Jadue— para humillar a estos dos proscritos como si con Sergio Jadue hubiera empezado (y terminado) la corrupción en el fútbol chileno.

Juan L. Lagos Investigador Fundación para El Progreso (FPP)

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A todos los fanáticos del fútbol chileno nos hizo mucha ilusión que el ascenso y caída de Sergio Jadue fuera llevado a la pantalla en forma de serie. Más todavía al enterarnos que sería una serie exclusiva de Amazon Prime y protagonizada por el célebre Andrés Parra, actor colombiano famoso por su brillante interpretación del narcotraficante y terrorista Pablo Escobar Gaviria, en la imprescindible “Pablo Escobar. El patrón del mal”. Sin embargo, aunque la actuación de Parra no decepciona del todo, el resto de la serie lo hace en reiteradas ocasiones y de muchas formas, entregando un producto final tan pobre como la ceremonia inaugural de la Copa América 2015.

Al escuchar la bochornosa imitación de Luis Gnecco del acento colombiano —el paisa, específicamente— uno se pregunta si el error es solo del gran actor nacional o responde a un mediocre proceso de selección del reparto. Confirmaría la segunda hipótesis el ver que Jorge Sampaoli es interpretado por un actor que mide 30 centímetros y pesa 30 kilos más que el actual entrenador del Atletico Mineiro. Sorprende que las actuaciones más flojas corran por cuenta de tan buenos actores como Gonzalo Robles, Sergio Hernández, Agustín Moya y José Omeñaca; incapaces de representar con mínima credibilidad al venezolano Esquivel, al uruguayo Figueredo, al paraguayo Napout y al boliviano Chávez, respectivamente. El hecho de que Alejandro Trejo haya tenido que ser doblado al portugués para interpretar al presidente de la Federación Brasileña de Fútbol, Jose Maria Marin, es el colmo de un reparto que no supo corresponder al esfuerzo de Andrés Parra.

¡Ni hablar de los escenarios! Puede ser que algunos se hayan dado cuenta que nos quisieron hacer pasar el Portal La Dehesa por Miami, o el Cementerio General por el de Avellaneda, o la cancha de Tigre por la de Arsenal de Sarandí, o el Bicentenario de La Florida por el Maracaná, entre tantos otros. Aunque a veces sorprende y conmueve el ingenio con el cual los realizadores intentaron reemplazar Nueva York, Miami, Zurich y Luque con distintos rincones de Santiago, luego de un tiempo, tanta simulación termina por aburrir, consolidando la idea de una serie poco prolija en su ejecución.

No obstante, todavía no me he referido al punto más débil de la serie. Aunque parezca extraño, lo peor de “El presidente” no son los actores que no dan con la tecla o los desprolijos escenarios donde se desarrolla la carrera de Jadue y el FIFA Gate. El talón de Aquiles de esta serie está en un guion timorato y plagado de lugares comunes, que se vale de un muerto —Grondona— y un paria —Jadue— para humillar a estos dos proscritos como si con Sergio Jadue hubiera empezado (y terminado) la corrupción en el fútbol chileno.

Fácil es pegarle al que no se puede defender, difícil es atreverse a cuestionar a figuras que siguen vigentes y contestar preguntas incómodas: ¿Por qué no mencionar las dudosas cláusulas del contrato de Jorge Sampaoli? ¿Dónde están los nombres de personajes influyentes en la era Jadue como Pablo Artigues, Nibaldo Jaque, René Rosas o Fernando Felicevich? ¿Por qué Felipe Bianchi aparece como el adalid del periodismo objetivo, cuando fue un claro militante de Mayne-Nicholls? ¿Dónde quedó “El Bautizazo”? ¿Por qué en ningún momento aparece mencionado Claudio Borghi y la traición de Jadue? ¿Por qué los periodistas deportivos siempre cuentan los fraudes una vez caídos los dirigentes? ¿Cómo Jadue pudo gobernar los destinos del fútbol chileno por cuatro años con tanta impunidad? Evidentemente, un guion no puede responder a todas estas interrogantes, pero el hecho de que no se conteste ninguna refleja un relato flojo que termina dando la falsa imagen de que los Jadue Facuse se llevaron solos la ANFP para la casa, cuando cualquier futbolero medianamente informado sabe que no fue así: siempre han existido periodistas comprometidos con dirigentes y representantes, siempre cuando entra una nueva administración a la ANFP denuncian un déficit del presidente anterior y señalan que dejaron las cuentas al día al momento de irse. Jadue no inventó nada, solo ejecutó con más ambición y celeridad un curso de acción que siempre ha estado ahí.

Esto es especialmente grave en una serie que pretende contar “la verdadera historia” y presume estar “basada en hechos reales”. Existen vacíos realmente burdos, por ejemplo, en las escenas cuando están reunidos los presidentes de las federaciones de la Conmebol siempre hay 9 dirigentes cuando todos sabemos que son 10 los países que la integran. ¿Por qué no aparece Manuel Burga, presidente de la Federación Peruana de Fútbol? (ALERTA DE SPOILER EN LAS LÍNEAS QUE SIGUEN, continúe en el siguiente párrafo). A su vez, que al término de la serie se diga que el personaje que hacía el trabajo sucio de Jadue era ficticio y se pusiera en duda la real existencia de la agente Harris, terminan siendo dos recursos efectistas que conspiran en contra de la veracidad de la serie: si el matón era de mentira ¿quién se ensuciaba las manos en nombre de Jadue? Si la agente del FBI nunca existió, ¿cómo se formaron los vínculos de Jadue con el Buró Federal?

Con todo, esta no deja de ser una serie que entretiene a aquel que, en plan “Beverly Ricos”, se quiera mofar de la falta de urbanidad de los Jadue Facuse. En ese caso, la serie sabrá corresponder a su sentido del humor mostrándole a Jadue metiendo los dedos en el frasco de Nutella; dando pena a la hora de hablar inglés o mostrando a su mujer fundiendo las tarjetas de crédito. Como a mí ese plan de burlarse del “roto con plata” no me hace ninguna gracia, no supe valorar las ironías de la serie. Pero en gustos no hay nada escrito.

Si le gustan las frases hechas del tipo «la diferencia entre un ladrón y nosotros es que el ladrón te quita el dinero en contra de tu voluntad», es posible que termine prendado con la narración de Julio Grondona, interpretado correctamente por Luis Margani. Sin embargo, esa clase de cinismo de cuarta: que se autodenomina ladrón o corrupto a la primera de cambio sin el menor problema, no era la marca de la casa del expresidente de la AFA. El verdadero Grondona era más hipócrita que cínico; justificaba en nombre de la eficiencia su proceder oscuro y tramposo. El cinismo en política es muy difícil de caracterizar con estilo —Frank Underwood hay uno solo— y “El Presidente” claramente no lo logra.

En suma, ¿vale la pena apostar por “El Presidente”? Son tantas las expectativas que despertó esa serie que le recomiendo que vea el primer capítulo para salir de la curiosidad. Pero apenas note que no es lo suyo, simplemente déjela porque los próximos episodios nada tienen para enmendar el déficit de los anteriores. En su lugar, invierta esas horas en grandes series que Prime Video tiene para usted como “Goliath”, “Damages”, “The Office” o “Sé quién eres”.

Incluso la cuarentena es demasiado breve como para perder el tiempo con una mala serie.

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