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Publicado el 21 octubre, 2020

Juan L. Lagos: El cuento de la Constitución ‘neoliberal’

Investigador Fundación para El Progreso (FPP) Juan L. Lagos

Mientras algunos piensan que el hada constituyente convertirá a las calabazas en carruajes y a las ratas en lacayos, cocheros y caballos, otros sabemos que el hechizo tiene hora de vencimiento. Cuando eso pase, espero que rindan cuentas aquellos que nos arruinaron con puros cuentos.

Juan L. Lagos Investigador Fundación para El Progreso (FPP)
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En un estudio llamado “El mito de la Constitución neoliberal”, el profesor Arturo Fermandois observa el escaso respaldo empírico de los académicos que, una y otra vez, repiten la cantinela de que nuestra actual Carta Fundamental sería ‘neoliberal’. Se trataría, a juicio de Fermandois, de una afirmación poco rigurosa que no tiene un anclaje firme en la jurisprudencia del Tribunal Constitucional.

Considerando muchos de los relatos que adornan este mito, podemos apreciar que en ellos también hay toques de cuento, más propios de Charles Perrault o de los hermanos Grimm que de un catedrático de Derecho Constitucional. Como si se tratara de La Cenicienta, a juicio de algunos constitucionalistas, los pobres de Chile han tenido que padecer los siguientes sinsabores: (1°) La muerte del padre —El Estado—; (2°) la crueldad del padrastro —el mercado— y (3°) el privilegio de sus hermanastros —los ricos—.

1) La muerte del padre

Muchos sostienen que, a causa del ‘cáncer’ de la ‘subsidiariedad’, el pueblo ha quedado huérfano, sin un Estado capaz de protegerlo. Al respecto, señala el abogado Jaime Bassa que «el papel del Estado se ha transformado: dejó de ser un prestador principal de servicios sociales y devino en simple fiscalizador de empresas privadas, desprotegiendo el ejercicio de nuestros derechos y dejándolos a las lógicas del mercado».

¿De verdad está muerto el padre? La verdad es que “muerto” al Estado chileno no lo veo y tampoco corresponde que se haga el muerto. En salud tiene a su cargo a más de 14 millones de chilenos. En educación, más de 1.200.000 niños están en establecimientos municipales y casi 300.000 menores están en instituciones de educación parvularia de la Junji o de la Fundación Integra. Dinero tampoco le ha faltado y acceso al crédito tampoco, a tal punto que en 2019 gastó 2.500 millones de dólares solo en concepto en intereses. Números como estos abundan para demostrar que tenemos un Estado cuyos dramas se acercan más a la obesidad que a la desnutrición.

2) El abuso del padrastro

Como no podía ser de otra forma, el padrastro resultó ser más malo que un dolor. Para Jaime Bassa, quedar a manos del mercado es lo peor que le puede pasar a los derechos sociales, «pues una vez que la prestación es entregada por empresas privadas, los conflictos que puedan producirse en su ejecución son resueltos según criterios propios de la contratación entre privados —donde la asimetría entre prestador y afiliado es brutal— olvidando que estamos en presencia de derechos fundamentales de carácter social».

Ahora bien, el desequilibrio que se acusa en el párrafo anterior ¿es tan brutal como la asimetría entre una persona y el Estado? Basta enfrentarse en tribunales contra el Servicio de Impuestos Internos para ver que la asimetría con el Estado es todavía más dura (véase el notable informe de Observatorio Judicial al respecto). Además, en el mercado, el abuso y el engaño, de una u otra forma —o más temprano que tarde— se paga, con seguridad mucho más que en el Estado. Es posible que la responsabilidad de los particulares explique por qué un colegio subvencionado garantiza de mejor forma la continuidad del servicio educacional durante el año escolar que uno municipal, o por qué, en las noches, la Urgencia de la Clínica Dávila está limpia mientras que —solo a 7 minutos en auto— en la del Hospital San José apenas se puede respirar.

3) Los hermanastros privilegiados

Y si hay un padrastro malo, debe haber un par de niños malcriados que permitan evidenciar de forma más nítida el maltrato al hijastro. En este caso, hay muchos que argumentan que la focalización del gasto social no ha hecho más que privilegiar a los ricos y perjudicar a los que ‘se dice beneficiar’: los pobres.

Lo problemático es que esta parte del cuento la ha comprado de forma culposa una parte nada despreciable de nuestra élite que repite de forma indiscriminada que “son unos privilegiados” pegándose en el pecho. Sin embargo, no toda ventaja es un privilegio y si advirtieran que, un privilegio es una situación ventajosa que por razones de justicia se debería eliminar, lo cierto es que matizarían ese postureo culposo, cerrarían la boca y se pondrían a actuar.

¿De verdad consideran un privilegio que una persona con el fruto de su trabajo —y luego de contribuir a las arcas fiscales— pague la educación de su hijo? ¿Quién le concede tal privilegio? ¿Acaso el Estado por no cobrarle suficientes impuestos? ¿Quién es el propietario último de mis ingresos, el Estado?

Lo cierto es que la limpieza de la Urgencia de la Clínica Dávila no ensucia la del Hospital San José, así como tampoco la continuidad de clases de un colegio subvencionado interrumpe las del INBA o del Instituto Nacional. Debemos entender de una buena vez que si los pobres han visto vulnerados sus derechos más básicos ha sido en buena medida por culpa de una burocracia mediocre y de una clase política que no está dispuesta a tomarse en serio los bienes que hemos decidido garantizar como sociedad, conscientes del costo monetario que estos irrogan.

Mientras algunos piensan que el hada constituyente convertirá a las calabazas en carruajes y a las ratas en lacayos, cocheros y caballos, otros sabemos que el hechizo tiene hora de vencimiento. Cuando eso pase, espero que rindan cuentas aquellos que nos arruinaron con puros cuentos.

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