Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 16 de agosto, 2018

Juan Ignacio Brito: Las contradicciones del Museo de la Memoria

Periodista Juan Ignacio Brito
Al revés de lo que sostienen los defensores del recinto, proveer contexto no es un capricho justificador de las violaciones a los DDHH, sino una necesidad para estar atentos y reducir la posibilidad de que el horror vuelva a sacudir a nuestra patria.
Juan Ignacio Brito Periodista
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

La efímera gestión ministerial de Mauricio Rojas no sólo ha expuesto la debilidad de un gobierno que decepciona a todos en su afán por nunca quedar mal con nadie, sino que también ha vuelto a poner en el tapete la discusión sobre la pertinencia del enfoque que el Museo de la Memoria usa para abordar las violaciones a los derechos humanos.

 

Los defensores de la mirada que ofrece el museo sostienen que la misión de este no es explicar las condiciones que llevaron al golpe de Estado de 1973 ni el contexto en el que se dieron los atropellos a las garantías fundamentales, sino, más bien, “instituir un recuerdo permanente del valor incondicional de los Derechos Humanos y recordar a las víctimas”, como sostuvo Carlos Peña, miembro del directorio del recinto. Bajo la premisa de que “explicar es justificar”, los promotores del Museo de la Memoria objetan los reclamos provenientes de distintos sectores –no solo de derecha— de que la muestra aporte asimismo consideraciones historiográficas para que los visitantes aprecien el contexto en el que se produjeron los acontecimientos.

 

Parte de la discusión parece surgir de la confusión que despierta el concepto de “memoria”. A diferencia de lo que ocurre con la historia, la memoria busca traer el pasado al presente a través de una selectividad intencionada con objetivos específicos. Por eso los defensores del museo señalan repetidamente que la función de éste no es explicar, sino simplemente recordar las violaciones a los derechos humanos para condenarlas y promover que “Nunca Más se repitan los hechos que afecten la dignidad del ser humano”, como reza la misión institucional del museo. Corresponde preguntarse entonces si la memoria así concebida es el mejor mecanismo para lograr los propósitos descritos, entendiendo que todos compartimos la aspiración de que sean respetados los derechos de los chilenos y que nadie desea el retorno de la violencia política que padeció el país en el pasado.

 

El museo debería entregar a sus visitantes una explicación coherente y amplia de las condiciones que hicieron posible que el odio político llegara a los extremos que registró en Chile.

La respuesta acalorada ante las palabras pronunciadas por Rojas hace un par de años sugiere que hay un sector que no permite que aquella interrogante sea siquiera planteada. Eso es grave, más todavía si se considera que, aunque es manejado por una fundación de derecho privado, el Museo de la Memoria es un proyecto de alcance nacional y subsiste gracias al financiamiento público. La resistencia del museo y sus promotores a proveer contexto debilita el propósito que ellos mismos declaran perseguir. Porque solo es posible rechazar lo que se comprende, el museo debería entregar a sus visitantes una explicación coherente y amplia de las condiciones que hicieron posible que el odio político llegara a los extremos que registró en Chile. Si, por el contrario, ofrece una muestra descontextualizada del horror y la violencia, el mal que hay detrás de ellos no será entendido, pues parecerá brotar de seres bestiales que en nada se pueden asimilar a quienes acuden al museo. Al generar una distancia así entre el visitante y los perpetradores de las atrocidades, el museo genera un efecto contrario al que desea, pues hace creer al público que el mal no habita en el alma de todos los seres humanos, sino solo en las de aquellos monstruos que lo encarnan. Presentado así, el mal descrito se convierte en un accidente irrepetible.

 

La evidencia en Chile y el mundo muestra que en realidad ocurre exactamente al revés: los violadores de derechos humanos, los genocidas, los torturadores, no son seres fuera de lo común, sino personas normales que, enfrentadas a situaciones extraordinarias, se han dejado dominar por sus demonios internos y han terminado masacrando a los mismos que antes saludaban en la calle. En ese sentido, el contexto es sumamente relevante. Se trata de un fenómeno que ha sido descrito. Hannah Arendt fue objeto de toda clase de acusaciones por supuestamente “justificar” a los nazis tras publicar su tesis sobre “la banalidad del mal” en su trabajo sobre el juicio al jerarca SS Adolf Eichmann en Israel. En El Hitler de la historia, John Lukacs plantea el punto con toda claridad: “Nuestra inclinación al mal (se convierta en actos o no) es reprensible, pero también normal. Negar esa condición humana lleva a aseverar que Hitler fue anormal, y con la colaboración simplista de esa etiqueta de anormal, se lo vuelve a eximir de responsabilidad”.

 

La pretensión progresista de que resulta posible erradicar el mal es una utopía que, como tal, está condenada a ser desmentida por la realidad.

 

Por lo tanto, no se trata de anular la indiscutible responsabilidad que les cabe a los perpetradores de las atrocidades, pero sí de reconocer que en determinadas circunstancias se desatan en nuestro interior fuerzas que nos recuerdan a Kurtz de El corazón de las tinieblas, cuyo aterrador grito (“¡Ah, el horror! ¡El horror!”) dormita en nuestras imperfectas almas, atravesadas por el dilema del bien y el mal (“hay en mí tanto de malo como de bueno”, escribió el poeta Walt Whitman). La pretensión progresista de que resulta posible erradicar el mal es una utopía que, como tal, está condenada a ser desmentida por la realidad. De hecho, lo ha sido: ¿cómo entender si no, por ejemplo, las fosas comunes en Srebrenica (Bosnia, 1995), en el corazón de una Europa que supuestamente ya había dejado atrás el genocidio y ese tipo de violencia?

 

Lo que corresponde es tomar conciencia de que el mal no es una exclusividad de personas monstruosas y excepcionales, sino que late en cada uno de nosotros. El antídoto no es transformar al mal en algo extraordinario –como hace el Museo de la Memoria— sino permanecer vigilantes para que el horror que dormita en nuestro interior no despierte ni se apodere de nosotros, como ocurrió a partir de la década de los 60 en Chile. Proveer contexto, entonces, no es un capricho justificador de las violaciones a los derechos humanos, sino una necesidad para estar atentos y reducir la posibilidad de que el horror vuelva a sacudir a nuestra patria.

 

Por eso es tan necesario que ningún sector dé muestras de intolerancia y autoritarismo y se crea con el derecho a cerrar el debate en torno al Museo de la Memoria. Una conversación abierta es un primer paso para avanzar hacia una reforma que permita al recinto convertirse en el proyecto nacional que pretende ser. Para eso, sin embargo, también es urgente que el otro sector se atreva a articular y exponer su punto de vista; que no se comporte como el gobierno de Sebastián Piñera esta semana, cuando desnudó una vez más su peligrosa debilidad conceptual al conceder sin siquiera debatir, prolongando su alarmante deriva doctrinaria y confirmando que no puede defender algo quien parece no creer firmemente en nada.

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más