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Publicado el 28 de febrero, 2019

Juan Ignacio Brito: Venezuela y el interés nacional de Chile

Periodista Juan Ignacio Brito

Al insistir en el concepto vacío de la “política exterior de Estado” para lidiar con Venezuela, tanto la oposición como el gobierno dejan de lado un aspecto crucial que lleva demasiado tiempo ausente del debate sobre el posicionamiento internacional de Chile: ¿Cuál es y cómo se defiende nuestro interés nacional?

Juan Ignacio Brito Periodista
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Como ocurre con los conceptos cuyos contornos no han sido bien definidos, la idea de que Chile tiene una política exterior de Estado se presta para un sinfín de interpretaciones. Todo el mundo la repite como si estuviera escrita en las tablas de la ley, pero nadie se esfuerza por aclarar qué significa. La confusión resulta inevitable.

Eso es precisamente lo que presenciamos en el acalorado debate sobre el desempeño de Chile en la crisis venezolana, donde tanto el gobierno como sus críticos aseguran actuar inspirados por los principios de nuestra sacrosanta política exterior de Estado. El problema es que, no obstante la invocación, arriban a conclusiones radicalmente opuestas respecto de qué es lo que hay que hacer frente al régimen de Nicolás Maduro: mientras el gobierno justifica su activismo diciendo que busca defender la democracia y los derechos humanos, la oposición de izquierda señala que debe respetarse el principio de no intervención en asuntos internos.

El hecho de que ambos sectores en disputa usen el mismo argumento de fondo para favorecer aproximaciones contradictorias a la crisis venezolana demuestra por sí solo que seguir recurriendo a la noción de una “política exterior de Estado” resulta insuficiente para explicar y justificar el comportamiento diplomático de Chile. Que ninguno de los dos bandos sea capaz de reconocer esta realidad sugiere falta de reflexión sobre el asunto y/o que les interesa más conseguir una ventaja táctica doméstica que el posicionamiento estratégico del país en la escena internacional.

En lugar de machacar hasta el cansancio con la monserga de la política exterior de Estado y los principios que la inspiran, sería más conveniente discutir cuál es el interés nacional que debe proteger y promover la diplomacia chilena en su participación respecto de la crisis venezolana. Hasta ahora, nadie ha hecho el esfuerzo por hacer algo así. Por el contrario, todos dicen actuar guiados por idealismo puro, unos en defensa de los derechos humanos y otros para proteger la autodeterminación de los pueblos. Pero una política exterior virtuosa no puede basarse solo en elevados principios abstractos, porque ello la conduce a inevitables contradicciones y a errores.

La discusión sobre la actitud que Chile debe tomar ante Venezuela ganaría mucho si las partes en disputa abordaran el impacto concreto que la crisis en ese país está teniendo en aspectos que se vinculan de manera directa o tangencial con nuestro interés nacional.

Si se sigue el razonamiento humanitario del gobierno, surge de inmediato la pregunta de por qué Chile no se muestra interesado por las crisis de Haití o Nicaragua, que hoy viven dramas asimilables a los de Venezuela. Y perseverar en los argumentos de los críticos de izquierda lleva a preguntarse por qué los mismos que hoy abogan por la no intervención en Venezuela no tuvieron en mente dicho principio cuando firmaron una carta en favor de Lula da Silva en Brasil o cuando algunos de ellos aceptaron dinero proveniente del chavismo para financiar sus campañas políticas. La mejor manera de romper con ese empate inconducente es dejar de considerar que la política exterior no solo puede actuar basada en principios, sino que también necesita la luz orientadora que emana de la definición clara del interés nacional.

A mediados del siglo pasado, el teórico Hans Morgenthau definió el interés nacional de un país como “la integridad de su territorio, sus instituciones y su cultura”. Para él, el concepto se reducía a la sobrevivencia nacional. Hoy el concepto es más sofisticado e incluye otras dimensiones, pero el mínimo provisto por Morgenthau sirve para entender por qué, por ejemplo, Chile fue capaz de enfrentar unido las demandas territoriales formuladas en los últimos años por Perú y Bolivia. En lugar de hablar en esa ocasión de una política exterior de Estado, sería más preciso sostener que, salvo contadas excepciones, la sociedad entera consideró que estaba en juego un interés básico e indiscutible como la integridad territorial. Lo que explica la actitud unitaria en esos casos no es entonces una supuesta performance virtuosa de una élite capaz de acordar una indefinida política exterior de Estado, sino una amenaza concreta al interés nacional esencial reconocida por toda la población.

Las fisuras que han salido a la superficie a propósito del comportamiento del gobierno ante la crisis venezolana sugieren la existencia de una división importante respecto de cuál es el rol que Chile está llamado a jugar en la región y acerca de cuál es la definición básica que debe guiar la inserción internacional del país.

Sin embargo, amenazas tan obvias como las planteadas por las demandas territoriales vecinales no son frecuentes. En ausencia de desafíos como esos, nuestra política exterior se enfrenta a situaciones como la venezolana, donde no queda claro a primera vista cómo se ve afectado el interés nacional, lo cual despierta una discusión intensa que es síntoma de un problema mayor.

Sería interesante que el gobierno y sus detractores fijaran su postura en torno a Venezuela sin referirse solo a elevados principios, sino que mencionaran también los efectos reales que tiene para Chile, sus habitantes y la región la marea migratoria de venezolanos; o que expliquen las consecuencias de la hecatombe venezolana en el mercado petrolífero global y cómo eso impacta a nuestra economía;  o cuál es la importancia estratégica (en términos políticos y de seguridad) de la presencia de una dictadura como la de Maduro en el corazón de América Latina; o qué efectos prácticos tiene para Chile y la región la alianza de Maduro con el narcotráfico, etc. La discusión sobre la actitud que Chile debe tomar ante Venezuela ganaría mucho si las partes en disputa abordaran el impacto concreto que la crisis en ese país está teniendo en aspectos que se vinculan de manera directa o tangencial con nuestro interés nacional y, por lo mismo, con el bienestar de los chilenos considerado en un sentido amplio (no solo económico).

Sin embargo, gobierno y oposición mantienen sus desacuerdos y continúan lanzándose recriminaciones mutuas en una conversación de sordos que, en todo caso, es reveladora. En primer lugar, porque, ¡por fin!, desnuda un disenso que debería echar por tierra la noción vacía de la “política exterior de Estado”. En segundo término, porque deja en evidencia un problema mayor de nuestra política exterior que nadie aborda: la falta de definición clara del interés nacional. A principios de los 50, el comentarista norteamericano Walter Lippmann escribió que un país “dividido acerca de la conducta de sus relaciones exteriores es incapaz de arribar a un acuerdo para determinar su verdadero interés”. Esto, añadía, es “un peligro para la república”, pues da pie a una política errática, débil e incoherente, mal preparada para enfrentar adecuadamente los conflictos y garantizar exitosamente la paz.

Las fisuras que han salido a la superficie a propósito del comportamiento del gobierno ante la crisis venezolana sugieren la existencia de una división importante respecto de cuál es el rol que Chile está llamado a jugar en la región y acerca de cuál es la definición básica que debe guiar la inserción internacional del país.

FOTO: SEBASTIÁN BELTRÁN/AGENCIAUNO

 

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