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Publicado el 14 agosto, 2020

Juan Ignacio Brito: Un plebiscito sin vitaminas

Periodista Juan Ignacio Brito

El diseño constituyente descansa en la idea de que la legitimidad del proceso depende de la participación popular. Pero nadie quiso prestar atención ni reaccionar ante las dudas obvias que surgen respecto de ese objetivo; tampoco ante el hecho de que el plebiscito de octubre aún no logra captar la atención de una ciudadanía distraída por la pandemia y sus efectos. Este sonambulismo seguramente resultará muy costoso.

Juan Ignacio Brito Periodista

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El plebiscito se acerca en medio de la indiferencia generalizada. Puede ser que sea cosa de tiempo o que ella obedezca a la certeza de que se trata de una carrera corrida en favor del Apruebo, pero la sensación que existe es que la sociedad está ocupada en otras urgencias y no le presta demasiada atención a un proceso que todavía no logra captar los corazones y las mentes de la opinión pública.

Lo anterior no significa necesariamente que el plebiscito vaya a fracasar, pero sí que se está dando en medio de circunstancias extraordinarias muy distantes a lo ideal para este tipo de votaciones, y que hoy se encuentra lejos de ser prioridad ciudadana. El riesgo más obvio es que un electorado distraído prescinda de participar.

Una abstención elevada supondría un inicio cuestionable para un proceso que pretende crear una constitución nueva, en especial si la principal crítica que se le hace a Carta vigente es su supuesta falta de legitimidad. Habrá que ver cuánta gente concurre a las urnas. Sin embargo, a no ser que se produzca una catástrofe mayor, una abstención alta no debería ser necesariamente un golpe mortal para el proceso constituyente, porque este contempla otras instancias donde la participación popular seguramente será más elevada, en especial el plebiscito ratificatorio final, que será el que en definitiva aprobaría o no el texto eventualmente redactado por una convención. El único ejemplo de elección relevante en un país fuertemente golpeado por la pandemia es el de la segunda vuelta de las municipales francesas, donde se registró una elevada abstención. Pero es difícil considerar ese dato como un antecedente significativo, porque en Chile lo que está en juego es mucho más importante.

Por lo mismo, hubiera sido deseable que el proceso se diera en condiciones más normales, pues los términos actuales harán muy difícil hacer una campaña como Dios manda. El diseño escogido, de sucesivas votaciones incrementales hasta llegar al referéndum ratificatorio final, descansa en la idea de que la legitimidad del proceso depende de la participación popular. Por eso en este primer acto se da la paradoja de que no hay propuestas sustantivas: nadie sabe a ciencia cierta qué nos depara el futuro si gana el Apruebo, como parece inevitable. Lo único que sabremos es que la Constitución de 1980 (o de 2005) habrá sido repudiada y que el país iniciará una ruta hacia la incertidumbre. Lo que importa en este primer paso es que la gente sea la que decida. La carga se arreglará en el camino.

El diseño suponía un proceso que legitimara desde el origen la vía hacia la ratificación del nuevo texto constitucional. Desde el comienzo hubo problemas, porque no cabe duda de que la violencia fue la partera de esta historia –forzando el Acuerdo por la Paz y una Nueva Constitución de noviembre de 2019— y siguió condicionándola al menos hasta marzo de este año de manera muy visible. Ahora la amenaza ha mutado y adquiere la forma de una pandemia que puede limitar severamente la participación y afectará la campaña. Nadie se atrevió o quiso tomar el fierro caliente para hacer lo que resultaba más lógico dada la continuidad de la violencia primero y la inesperada irrupción de la peste después: revisar el procedimiento y el itinerario constituyente. Ahora hay que conformarse con lo que hay: un plebiscito sin vitaminas que no atrae, que solo encuentra eco en la dirigencia política y que se encuentra amenazado por una posible falta de participación.

Chile se aproxima a una definición que probablemente echará a rodar un proceso crucial en medio de una crisis sanitaria sin precedentes y una recesión económica que está generando una debacle laboral. Eso suponiendo que la violencia –muy presente de nuevo en La Araucanía— no vuelva a brotar en nuestras calles. Sí ha asomado durante ciertas discusiones críticas, como la que condujo a la aprobación de la reforma constitucional que permitió el retiro del 10% de los fondos de pensiones.

Que el país vaya a realizar un plebiscito en semejantes condiciones es una muestra más de que nuestro liderazgo político se encuentra atrapado sin salida: por un lado, sabe que la situación no se presta para garantizar la realización de una campaña que entregue las condiciones para un voto libre e informado; por otra parte, no se atreve a alterar el curso porque se encuentra dominado desde el 18 de octubre por un miedo reverencial a algunos sectores determinados a avanzar en su agenda refundacional.

Esa es la situación y hoy asoma irreversible. Mientras sus dirigentes dudan atemorizados, Chile se acerca a tientas a un plebiscito decisivo. Un sonambulismo que seguramente nos va a pasar la cuenta.

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