Detrás de la discusión acerca de la licitación del litio se esconde, agazapada, una vieja creencia inscrita a fuego en nuestra mentalidad en vías de desarrollo: el mito de los recursos naturales. La idea de que lo que hace rico a los países no es el trabajo duro ni la productividad, sino la mera posesión de recursos donados por el Creador. Por esta parte del planeta se sigue escuchando que Argentina y Venezuela son países ricos porque la naturaleza les ha regalado condiciones únicas. Pero la cruda verdad es que 40,6% de los argentinos son pobres, mientras que el 76,6% de los venezolanos vive en la pobreza extrema. Son países pobres.

Acá nos hacemos ilusiones porque tenemos el 48% de las reservas mundiales de litio. La ecuación es simple: el mundo está apostando por la energía limpia; el litio es un insumo clave para la fabricación de baterías que usan vehículos eléctricos, celulares y computadores… ergo, todos comprarán litio chileno y nos haremos millonarios.

¡Ah!, si fuera tan fácil.

El mundo está plagado de ejemplos de naciones bendecidas por la naturaleza que no han sabido aprovechar su oportunidad. ¿Habrá alguien oído por estos lados acerca de la llamada “maldición del petróleo”? Esta muestra el derrotero de muchos países donde el oro negro es abundante, pero que terminaron empobrecidos, con instituciones destruidas, corrupción, clientelismo político, asistencialismo desatado y dictadores insensibles. Venezuela, ese “país rico” que hoy está arruinado, es un caso paradigmático.

No se trata de hablar, una vez más, de “Chilezuela”. Más bien, de advertir aquello que no vemos, aunque resulta obvio: no basta con una naturaleza pródiga. Pese a lo evidente, la actitud no cambia y lo que presenciamos hoy es una disputa añeja sobre un mineral nuevo. Parece que lo único que importa es quién posee el litio (¿Estado o privados?), porque el resto viene por añadidura. Existe la convicción de que quien se convierta en su dueño se hará rico.

Lo que se busca es un tesoro, no la prosperidad derivada del trabajo y la perseverancia organizada y consciente. Un atajo para acceder a la riqueza que, a la larga, puede terminar siendo solo un sucedáneo temporal de la misma. Ya pasó con el salitre, el otro “oro blanco” que pasó de moda y nos legó un estilo de vida extinto y unas preciosas atracciones turísticas en el Norte Grande.

Pocos, mientras tanto, parecen alarmados porque en la última década la productividad haya retrocedido y exhiba una tendencia decreciente en el largo plazo. Todo lo contrario, el nuevo gobierno propone acortar la jornada laboral sin incrementar la productividad. Por todas partes se exige que el Estado sea cada vez más generoso en la entrega de ayudas a la población, desde bonos a pensiones. Un senador de derecha, incluso, ha dicho que necesitamos un “Estado súper grande”, como si eso arreglara algo. El gasto público en Chile bordea hoy el 30% del PIB, siete puntos porcentuales más que hace una década. La deuda pública ha subido desde 11% del PIB en 2011 a 37% hoy. El nuevo gobierno plantea llevarla hasta 48% hacia el final de su mandato.

La idea de arreglar los problemas arrojándoles dinero es una práctica común en nuestro país. Recuerdo que en una ocasión un rector de la Universidad de Chile me contó que a su predecesor el gobierno le había pasado un montón de plata para impulsar una reingeniería que hiciera más eficiente el plantel. Sin embargo, optó por despedir a cientos de funcionarios, para contratar a otros, adeptos a su línea ideológica, en los mismos cargos. Cambiaron los nombres, se mantuvo el problema. Y pagó Moya.

Destinar más y más fondos públicos sin consideraciones de eficiencia y justicia presenta varios inconvenientes: los rendimientos son decrecientes (cada peso nuevo que se asigna ayuda menos a arreglar el problema que se quiere solucionar); la plata se la llevan los más cercanos (como en el caso mencionado de la U. de Chile) o quien más cacarea, no quien más la necesita (la gratuidad en la educación la obtuvieron los universitarios que salieron a protestar, no los preescolares); los recursos son escasos y finitos, y la asignación actual afectará el bienestar de las generaciones futuras, que tendrán menos fondos disponibles debido a los compromisos ya adquiridos.

¿A nadie le preocupa en serio? ¿Nadie advierte una tendencia que nos encamina hacia tiempos difíciles? Como trabajadores producimos menos y queremos trabajar menos, y como Estado gastamos cada vez más, mientras la deuda aumenta. Pero no hay problema. El presidente Piñera lo ha dicho esta semana. Tenemos “una trilogía muy favorable”: cobre, litio y sol. A no preocuparse, porque estamos salvados. Por suerte somos un país rico.

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